Cardenal Ravasi: “En una Barcelona secularizada, la Sagrada Familia es una presencia que no domina, pero interpela”

En una conversación antes de regresar a Roma, destaca el valor del templo como síntesis entre cielo y ciudad

Gianfranco Ravasi, en Barcelona.
Gianfranco Ravasi, en Barcelona. | Agencia Flama

Este pasado miércoles, pocos minutos antes de salir corriendo hacia el aeropuerto —tenía el vuelo de regreso a Roma a las tres de la tarde—, el cardenal Gianfranco Ravasi atendió a los periodistas con gran amabilidad en el despacho del rector del Ateneu Universitari Sant Pacià. Venía de inaugurar el Congreso Internacional sobre Antoni Gaudí con una ponencia en la que definió la Sagrada Familia como “poesía en piedra”. Algunos de los otros ponentes, con admiración, decían que se sentían “hormigas” al lado de su conocimiento. Él, saludado por todos, respondió con serenidad y profundidad.

Pregunta. Usted distingue entre secularidad y secularización. ¿Qué diferencia hay?

Respuesta. La secularidad es positiva y, de hecho, cristiana. Jesús no era sacerdote, era laico: pertenecía a la tribu de Judá, no a la de Leví. El cristianismo introduce la distinción entre Dios y César: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

R. La secularidad implica esta distinción sana entre el ámbito civil y el religioso. No podemos imaginar una “República Católica” como existe una República Islámica. En cambio, la secularización es otra cosa: es la reducción del hecho religioso a la esfera puramente privada o ritual, sin incidencia cultural o social.

R. El mayor riesgo hoy no es el ateísmo militante, como el de Marx o Nietzsche. El verdadero riesgo es la indiferencia, el gris, la niebla moral en la que ya no está claro qué es bien o mal, justo o injusto.

P. Usted subió a las torres de la Sagrada Familia en 2010. ¿Qué impresión espiritual le dejó aquella experiencia?

R. Gaudí podría haber hecho una catedral neogótica, imitando las grandes catedrales medievales. Pero no lo hizo. Tomó las categorías esenciales del gótico —la verticalidad, la luz filtrada y el simbolismo— y las reescribió con una gramática nueva.

“Gaudí es como un alumno genial que desarrolla un tema con creatividad propia, sin limitarse a repetir al maestro”, admite el cardenal Ravasi.
“Gaudí es como un alumno genial que desarrolla un tema con creatividad propia, sin limitarse a repetir al maestro”, admite el cardenal Ravasi. | Agencia Flama

R. Eso es lo que me impresionó: reconocía el alma del gótico, pero no su copia. La verticalidad que eleva, la luz que no es renacentista sino tamizada, casi mística, y el rico universo simbólico. Es como un alumno genial que desarrolla un tema con creatividad propia, sin limitarse a repetir al maestro.

P. Ha hablado de la dialéctica entre horizontalidad y verticalidad en el templo. ¿Qué significa eso espiritualmente?

R. La verticalidad es evidente: las torres, el ascenso, el movimiento hacia el cielo. Es el símbolo clásico del deseo de Dios, propio del gótico. Pero también hay una horizontalidad, que es la dimensión histórica, humana, la narración concreta de la vida de Cristo en las fachadas.

R. La Sagrada Familia no es solo un impulso hacia arriba; es también una narración que se despliega ante los ojos. La verticalidad expresa la trascendencia; la horizontalidad, la historia de la salvación. En el fondo, es la síntesis entre cielo y tierra.

P. ¿Por qué la fachada de la Gloria es la más difícil de representar?

R. Porque la Natividad y la Pasión tienen referentes narrativos muy concretos: el nacimiento, el sufrimiento, la muerte. En cambio, la Gloria trata del “más allá”, de la escatología. ¿Cómo representar aquello que supera la historia?

R. Aquí se necesita una gran riqueza simbólica. Hay que multiplicar los temas, buscar todas las imágenes posibles que ayuden a sugerir el misterio. No se trata de explicarlo todo racionalmente, sino de abrir una puerta hacia lo trascendente.

Para el cardenal, “la Sagrada Familia no es solo un impulso hacia arriba; es también una narración que se despliega ante los ojos”.
Para el cardenal, “la Sagrada Familia no es solo un impulso hacia arriba; es también una narración que se despliega ante los ojos”. | Agencia Flama

P. Ha definido la Sagrada Familia como una “mistagogía”. ¿Qué quiere decir exactamente?

R. La mistagogía es una introducción al misterio. En la Edad Media, muchos fieles no sabían leer, pero comprendían la fe a través de las imágenes: era la Biblia pauperum. Aquí sucede algo parecido.

R. El templo es una escritura convertida en piedra. El cristiano formado descubre en él la doctrina; el no creyente percibe al menos el sentido del misterio, de lo divino. No es un discurso abstracto, es una experiencia visual y simbólica.

P. En una sociedad como la catalana, profundamente secularizada, ¿qué papel puede desempeñar la Sagrada Familia?

R. Quizá la respuesta esté precisamente aquí. No se trata de recuperar estructuras de poder ni de imponer una hegemonía cultural. La presencia de un símbolo como la Sagrada Familia, visible incluso desde el avión cuando se llega a Barcelona, es como una espina significativa en el corazón de una cultura laica.

R. Es un signo que provoca. No domina, pero interpela. Cuando hablo en ambientes muy seculares en Italia, a menudo la mayoría no son creyentes. Pero escuchan con curiosidad. El problema no es el ateo coherente; es el indiferente.

P. Ha dicho que el peligro actual no es tanto el ateísmo como la indiferencia. ¿Por qué?

R. El ateo coherente, el pensador que argumenta —como Marx, Nietzsche o muchos autores franceses del siglo XX—, obliga al diálogo. Es un interlocutor.

R. La indiferencia, en cambio, es más difícil: es la superficialidad, la niebla moral. Cuando el bien y el mal, lo justo y lo injusto, lo verdadero y lo falso se vuelven relativos, construcciones individuales, entonces hay una enfermedad cultural.

R. Este es el verdadero desafío de la secularización negativa.

El cardenal presidió la inauguración del congreso, el pasado miércoles por la mañana.
El cardenal presidió la inauguración del congreso, el pasado miércoles por la mañana. | Agencia Flama

P. ¿Qué papel deben tener los intelectuales cristianos en este contexto?

R. No se trata de dominar estructuras ni de imponerse culturalmente. Se trata de ser una presencia significativa. Personalidades preparadas, auténticas, que no se diluyan.

R. En una ciudad como Barcelona, profundamente secularizada, el hecho de que su perfil más característico sea un templo es muy sugestivo. Es una presencia que interpela sin imponer. Pero eso exige coherencia y calidad.

P. Ha utilizado una expresión fuerte: la Iglesia debe ser “escándalo”. ¿En qué sentido?

R. En el sentido evangélico. Jesús dice que ha venido a traer fuego, incluso espada. No violencia, sino provocación espiritual.

R. Si la Iglesia se vuelve genérica, si simplemente sigue la ola cultural del momento, pierde su mordiente. La sal debe salar. El cristianismo, cuando es auténtico, no es decorativo; es una voz que despierta, que cuestiona, que propone otra medida de las cosas.

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