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Carme Lleyda, religiosa Vedruna: "El derecho a la vivienda se comprende mejor cuando se mira desde la calle"

La religiosa tarraconense reflexiona sobre el compromiso de su congregación con la vivienda, basado en la suma de pequeños gestos, redes y proyectos

La religiosa Carme Lleyda. | Cedida

Algunos problemas dejan de ser una estadística cuando tienen un rostro delante. Para Carme Lleyda, religiosa de la comunidad Vedruna de Tarragona, la vivienda es uno de estos problemas. Hace años que lo conoce de cerca, primero a través de su mirada sobre la realidad social y, desde 2014, también desde su vinculación con la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). "Mientras ellos tuvieran el problema, también lo tendría yo", explica a Flama.

Su reflexión llega este lunes, 5 de octubre, Día Mundial del Hábitat, en un momento especialmente intenso. En España, la cuestión residencial ha saltado al centro del debate político y del malestar ciudadano, con movilizaciones y acampadas en varias ciudades a raíz del desahucio de Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años, del piso en el que vivía desde que era adolescente. Este mismo lunes, Pedro Sánchez ha anunciado la convocatoria de elecciones generales anticipadas para el 29 de noviembre, después de que el Congreso rechazara dos decretos del Gobierno relacionados con esta materia.

Campaña nacida del bicentenario

Es en este escenario donde las escuelas Vedruna culminan una campaña que, en realidad, comenzó antes de que la vivienda ocupase las portadas. La iniciativa forma parte de la conmemoración del bicentenario de la fundación de las Carmelitas de la Caridad Vedruna y nació desde la comisión de Justicia, Paz e Integridad de la Creación (JPIC), de la que forma parte Lleyda. La intención era mirar el entorno con los ojos que, según la religiosa, tenía también Joaquina de Vedruna: atentos a las necesidades de su tiempo.

La cuestión residencial apareció así como una emergencia social compartida. "Vimos que era un tema candente", reconoce Lleyda, que señala que el problema se repite, con diferentes intensidades, en distintos territorios del Estado. La propuesta se trasladó a los diferentes ámbitos de la misión Vedruna y, en el caso de las escuelas, encontró un encaje natural en el trabajo que los centros desarrollan en torno a los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, especialmente el ODS 11.

Del pupitre a la calle

En Cataluña, el trabajo educativo se desplegó a lo largo del curso pasado. Varias escuelas escogieron cursos de diferentes etapas —primaria, ESO y bachillerato— para profundizar en la realidad de la vivienda, analizar sus consecuencias y convertir la reflexión en propuestas. El proceso desembocó también en el concurso "Un techo para soñar", celebrado en Vic el mes de mayo, con la voluntad de poner en valor la mirada y la creatividad de los alumnos.

Pero para Lleyda la educación no puede quedar encerrada dentro del aula. El derecho a la vivienda, sostiene, "se comprende mejor cuando se mira desde la calle y cuando se pone en relación con las vidas concretas de las personas". "Una casa no es simplemente un techo: es protección, intimidad, descanso, seguridad y un lugar donde los niños puedan jugar, estudiar y crecer", continúa.

Manifestación por el derecho a la vivienda | Vía Javier Baeza (@14kilometros)

Tarragona, a pie de barrio

En Tarragona, esta realidad tiene para Lleyda una geografía concreta. Nacida en Manresa, hace 25 años que vive en la ciudad y forma parte de la comunidad de cuatro hermanas instalada en Campclar. Desde allí dice haber conocido de cerca realidades de Campclar, Bonavista, Torreforta y otros barrios. Su manera de entender el compromiso social, subraya, "no es llegar a un lugar para explicar a los demás qué tienen que hacer, sino estar allí, escuchar y compartir espacios con las personas que viven estas situaciones".

Esta proximidad explica también su vinculación con la PAH. Cuando se jubiló, en 2014, comenzó a acercarse después de ver las camisetas verdes por los barrios y la movilización de personas afectadas. Con el tiempo, aquel acercamiento se convirtió en una presencia continuada.

Cuando tener casa deja de ser seguro

Desde esta experiencia, Lleyda describe una situación que considera cada vez más difícil de resolver. Habla de hipotecas, alquileres y procesos de desahucio, pero sobre todo de personas que quedan atrapadas en una precariedad que se prolonga. "Cada vez es más difícil solucionar dignamente este problema", señala. Y pone el acento en una dimensión que a menudo queda en segundo plano: las consecuencias psicológicas y familiares de no tener un lugar seguro donde vivir.

"Una casa no es simplemente un techo: es protección, intimidad, descanso y seguridad", dice la religiosa. | Cedida

Los niños son, en este sentido, una de sus principales preocupaciones. La presión que genera una posible pérdida de la vivienda, la incertidumbre familiar o el hecho de tener que compartir una única habitación pueden acabar afectando también a la educación y al bienestar de los más pequeños.

Una respuesta que va más allá de la asistencia

La congregación ha intentado responder a esta realidad también desde la práctica. Durante 2024 y 2025, once comunidades Vedruna han compartido su vida cotidiana con personas en situación de vulnerabilidad residencial, con acogidas temporales de familias y niños, jóvenes, mujeres y otras personas. En paralelo, se han cedido espacios residenciales a entidades sociales y se han mantenido proyectos de acompañamiento.

Es una manera de entender la acción social que Lleyda contrapone a una respuesta puramente asistencial. La Iglesia institucional, admite, "queda muy lejos" de determinadas realidades, pero defiende que las comunidades deben seguir buscando formas concretas de acompañamiento y, al mismo tiempo, de denuncia. Porque ofrecer una ayuda puntual puede aliviar una situación, pero abordar las causas exige también conciencia, implicación ciudadana y voluntad política.

Los jóvenes ya no miran desde la distancia

En este punto, la religiosa observa con atención las movilizaciones protagonizadas estos días por personas jóvenes. Las acampadas y concentraciones aparecidas en diferentes ciudades a raíz de la crisis de la vivienda han introducido una energía nueva en un conflicto que, durante años, había sido asumido casi como un dato más de la realidad social. En Madrid, la Puerta del Sol se ha convertido en uno de los epicentros de esta protesta, con una movilización que ha crecido rápidamente en torno al derecho a la vivienda.

Una toma de conciencia generacional: quienes protestan hoy son, en muchos casos, los mismos que mañana tendrán que hacer frente a alquileres que consideran inasumibles y a un mercado en el que encontrar una vivienda propia parece cada vez más lejano

Lleyda no sabe todavía qué trascendencia tendrá este movimiento, pero considera importante que los jóvenes estén presentes. "Peor es decir que los jóvenes no se mueven", apunta. También ve en ello una toma de conciencia generacional: quienes protestan hoy son, en muchos casos, los mismos que mañana tendrán que hacer frente a alquileres que consideran inasumibles y a un mercado en el que encontrar una vivienda propia parece cada vez más lejano. La pregunta que plantea es tan sencilla como incómoda: "¿Una habitación de 700 euros? Eso se ve que es un despropósito", dice.

"Estar para los demás"

La misma congregación define su compromiso con la vivienda como una suma de pequeños gestos, redes y proyectos. En el conjunto de España e Italia, las entidades con las que trabaja acompañaron a más de 10.800 personas durante 2024 y el primer semestre de 2025, con apoyo en ámbitos diversos y más de un centenar de plazas residenciales. La cifra es importante, pero para Lleyda el valor esencial continúa siendo otro: estar al lado de las personas cuando la vulnerabilidad deja de ser una palabra abstracta.

En este sentido, cuando se le pregunta qué haría Joaquina de Vedruna ante la actual crisis de la vivienda, la respuesta pasa por mirar. Por escuchar. Por estar. "En nuestra vida hemos hecho opción por estar para los demás", resume la religiosa. Y es desde esta opción, más que desde las paredes de una escuela o de una comunidad, que las Vedruna quieren convertir la casa en una cuestión de dignidad.

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