El cordobés Juan José Aguirre deja Bangassou, la diócesis africana que convirtió en símbolo de paz y resistencia
Desde Bangassou, el obispo cordobés denunció en múltiples ocasiones el abandono de África por parte de Occidente, la hipocresía de la ayuda humanitaria condicionada y la indiferencia de los gobiernos europeos ante conflictos que matan a miles pero no generan titulares
El papa León XIV ha aceptado la renuncia de monseñor Juan José Aguirre Muñoz a la diócesis de Bangassou, en la República Centroafricana, una de las regiones más pobres, olvidadas y castigadas por la violencia del planeta.
Con este gesto, se cierra uno de los capítulos más luminosos y silenciosos del episcopado español contemporáneo: el de un sacerdote cordobés, comboniano de vocación y de alma, que llegó a África siendo joven y nunca quiso marcharse, aunque el mundo se empeñó varias veces en expulsar al misionero que no quería ser héroe.
Aguirre no era un obispo de despacho ni de comunicado. Era un obispo de trinchera, en el sentido más evangélico del término: el que se mete entre los refugiados y los milicianos, el que negocia con los señores de la guerra, el que convierte su catedral en campamento de desplazados y su fe en escudo para los que no tienen nada. Y el que compartió su vida entera (sufrió varios infartos) con los más olvidados de los pobres de la tierra.
Una diócesis en el fin del mundo
Bangassou no aparece en los mapas que importan al mundo rico. Es una ciudad del sureste de la República Centroafricana, un país que lleva décadas desgarrado por conflictos armados, pobreza estructural y el abandono sistemático de la comunidad internacional.
Aguirre llegó allí como misionero comboniano y fue nombrado obispo de esa diócesis en 1997 por Juan Pablo II, una designación que muchos interpretaron entonces como una condena y que él recibió como una gracia.
Durante casi tres décadas al frente de Bangassou, monseñor Aguirre protagonizó momentos que deberían figurar en los libros de historia de la Iglesia. En 2017, cuando los grupos armados antibalaka atacaron la ciudad y masacraron a civiles musulmanes, fue él quien abrió las puertas de la catedral y del obispado para proteger a centenares de personas de otra fe. No preguntó si eran cristianos. Preguntó si tenían miedo. Esa imagen de un obispo católico salvando musulmanes en una catedral africana dio la vuelta al mundo y resumió mejor que cualquier encíclica lo que significa ser pastor.
El peso de los años y la herencia dejada
La renuncia de Aguirre llega tras años de salud precaria -él mismo reconoció en 2024 que llevaba tiempo pidiendo ayuda al Papa- y después de haber guiado la diócesis durante casi tres décadas en condiciones de extrema dureza. Su decisión de retirarse, y la aceptación de León XIV, responde a la lógica de una vida entregada hasta el límite.
Aguirre deja una diócesis que resurgió de sus ruinas en varias ocasiones. Deja una comunidad que aprendió a resistir, escuelas, dispensarios, estructuras de diálogo interreligioso y, sobre todo, la memoria viva de que un hombre solo, con una cruz y sin ejército, puede cambiar el destino de miles de personas.
Gazzera, el sucesor que ya conoce el terreno
El relevo ha recaído en monseñor Aurelio Gazzera, carmelita descalzo italiano, que no llega como foráneo sino como alguien que ya conoce la casa. Francisco lo había designado obispo coadjutor de Bangassou en febrero de 2024, precisamente con esta sucesión en mente, y fue el propio Aguirre quien lo presentó entonces con entusiasmo a sus fieles, describiéndolo como "un crack, ingeniero, pintor y pastor cercano a la gente".
La transición, por tanto, no ha sido un salto al vacío sino un relevo planificado y acompañado: los dos obispos han compartido la conducción de la diócesis durante más de un año, en un proceso de traspaso que hace honor a la cultura del cuidado que siempre caracterizó el episcopado de Aguirre.
Gazzera hereda una diócesis gigantesca -más de 135.000 kilómetros cuadrados, la mitad en zona de alto riesgo- con la ventaja de haber aprendido directamente del maestro. Tiene ante sí el reto de continuar el diálogo interreligioso, mantener las estructuras humanitarias construidas con tanto esfuerzo y seguir siendo la voz de los sin voz en una región que el mundo sigue ignorando.
La voz que Europa ignoró
Hay otra dimensión de Aguirre que merece no ser olvidada en esta despedida: su papel como testigo incómodo ante Europa y ante la Iglesia institucional. Desde Bangassou, el obispo cordobés denunció en múltiples ocasiones el abandono de África por parte de Occidente, la hipocresía de la ayuda humanitaria condicionada y la indiferencia de los gobiernos europeos ante conflictos que matan a miles pero no generan titulares. Habló con la libertad de quien no tiene nada que perder y todo que ganar para su pueblo.
Por eso, la Iglesia española (mejor dicho, la jerarquía episcopal), que demasiadas vecesse mira al ombligo, debe a monseñor Aguirre el reconocimiento que pocas veces le tributó mientras estaba en activo.
