Fray Bernat Folcrà: "La primera muestra de amor por el lugar al que vas es encarnarte en su lengua"
El monje cisterciense repasa un itinerario vital marcado por el servicio, la gratitud y la voluntad de echar raíces en Cataluña.
El 10 de junio de 2026, cuatro días antes de su ordenación sacerdotal, fray Bernat Folcrà se encontraba en la Sagrada Familia. Había acudido con monjas de Poblet, Vallbona y Valldonzella y allí coincidió con el papa León XIV. Este monje cisterciense todavía lo recuerda con una emoción viva: "Fue una experiencia providencial, una preparación para la ordenación, el mejor regalo que podía recibir".
La coincidencia, explica a la Agencia Flama, tenía incluso una carga simbólica que le cuesta pasar por alto. "Se llama León XIV y yo era ordenado el 14 de junio", observa con una sonrisa. Pudo estrechar la mano del pontífice cuando pasó ante él: "Una de las experiencias más maravillosas". Aquella visita, añade, se convirtió también en "una manifestación simbólica de la unidad del pueblo catalán".
Pocos días después, el 14 de junio, llegaría la ordenación. Fray Bernat la describe sin grandilocuencia, pero con una profunda convicción: "Fue un regalo de Dios". Y precisa: "Recibí unas fuerzas que no tenía y un gran sentido de la responsabilidad". Para él, aquella experiencia tiene un nombre claro: "Es la fuerza del servicio".
A su lado, aquel día, había también una parte esencial de su historia. "Las calcuttas estaban sentadas junto al presbiterio", señala, en referencia a las Misioneras de la Caridad. También estaba un amigo italiano con quien había convivido durante un año en Sabadell. "Ellas rezaron durante muchos años por mi sacerdocio", recuerda.
La memoria de Colombia, siempre presente
El hilo de esta historia se remonta a Colombia, a una infancia marcada por la ausencia del padre y las dificultades materiales. "La figura de mi padre estaba ausente y mi madre se encargaba sola de la familia, en medio de la pobreza". En aquellos años, reconoce, él y su hermana a menudo no tenían "ni dónde dormir ni posibilidades de estudiar".
Su madre, sin embargo, encontró un refugio singular para sus hijos: una biblioteca. "De pequeños no teníamos una casa fija en Colombia y, para mí, mi casa era la biblioteca", sostiene. Era allí adonde su madre los llevaba para protegerlos. "La biblioteca nos preservó", afirma, como si aquella frase resumiera toda una manera de entender la cultura como cobijo.
Entre los libros de aquella biblioteca hubo uno que acabaría abriéndole una ventana inesperada. Hojeó un volumen sobre Gaudí, escrito en catalán, y descubrió por primera vez la Sagrada Familia. "Parecía un origami de piedra", recuerda, fascinado por un templo que, a sus ojos, "desafiaba las leyes de la gravedad".
Aquel libro también fue una puerta de entrada a la lengua. "Aprendí catalán leyéndolo", comenta desde una de las numerosas salas del Real Monasterio de Santa María de Poblet. Entonces no podía imaginar que acabaría viviendo en Cataluña y haciendo de Poblet su hogar. "Ni la menor idea de que yo acabaría aquí". De aquel descubrimiento inicial conserva también un recuerdo más popular: Baixant de la font del gat, canción que aprendió "instrumentalmente con una flauta".
Para fray Bernat, esta aproximación a la lengua no es una anécdota, sino una forma de pertenencia. "La primera muestra de amor por el lugar al que vas es encarnarte en la cultura y en la lengua del pueblo", manifiesta. Y habla de una "voluntad de encarnación al máximo posible", de aprender a vivir con los demás y también de compartir su lengua y su pasión.
Antes de Poblet, otro libro había dejado una huella decisiva en su vida. "En Colombia encontré un libro de Teresa de Calcuta y pensaba que hablaba de mí", revela. Aquella lectura sería una de las semillas de un camino que, años más tarde, lo llevaría a conocer a las Misioneras de la Caridad y, finalmente, a la vida monástica.
Poblet, la comunidad que lo transformó
La vida en Poblet lo ha ido transformando, explica, a través de las personas que ha encontrado allí. "Josep Alegre y Octavi Vilà, junto con el actual abad Barruè, han hecho de mí la persona que soy ahora", repasa. De Octavi Vilà conserva también un recuerdo especialmente cercano: "Me abrazaba muy fuerte cuando estaba aquí, alguna vez". Ya como obispo, asistió en Roma a la defensa de su tesis doctoral.
En la capital italiana también vivió otro momento histórico: el cónclave que eligió a León XIV. "Yo estaba allí", rememora. Cuando conoció el desenlace, salió "corriendo hasta la plaza del Vaticano desde el monte Aventino, donde residía". Aquella vivencia, dice, "me marcó porque era un momento histórico".
Del nuevo papa destaca especialmente su mirada sobre el mundo. "León XIV conoció América Latina, de donde soy yo, uno de los continentes con más católicos". Esta experiencia le proporciona, según fray Bernat, "capacidad de ver las cosas con mayor amplitud", en una línea que asocia también con el papa Francisco y con una mirada menos exclusivamente centroeuropea.
Ve, además, un hilo conductor muy definido: "La llamada a la paz desde el primer momento de su elección papal". Y, ante los grandes desafíos contemporáneos, especialmente los relacionados con la técnica, fray Bernat reivindica una jerarquía clara: "Primero el amor, después la técnica bien utilizada al servicio de la humanidad".
En Poblet, sin embargo, las grandes cuestiones del mundo conviven con una experiencia mucho más cotidiana. "Me gusta mucho caminar", confiesa. Un día, de camino a Montserrat, decidió no subir en el tren cremallera y hacer el trayecto a pie. Es una imagen que parece encajar con su manera de entender la vida: avanzar lentamente, con el cuerpo y el espíritu implicados en el camino.
También la pobreza continúa siendo una palabra central en su manera de comprender la vocación monástica. "Al vivir la vida monástica —reflexiona—, nos adentramos en la vida de quien no tiene techo; nuestra vida debe ser lo más pobre posible". Pero se apresura a precisar que "no podemos reducir el tema de la pobreza a la cuestión económica". "La llevamos en el corazón", resume.
Esta memoria personal volvió a aflorar recientemente con la visita del rey de España al monasterio. Después de comer, algunos monjes pudieron conversar con él en el claustro. Fray Bernat le expresó un agradecimiento que conservaba desde su juventud: en Colombia, en medio de las dificultades, habían recibido ayudas procedentes de España para poder estudiar, pagar un alquiler y tener alimentos.
"Siempre he llevado esta gratitud en el corazón", dice. Y es esta misma memoria de la fragilidad la que lo impulsa a mirar a los demás, especialmente a los más jóvenes. "Hay jóvenes que reciben el rechazo de sus familias cuando quieren convertirse al catolicismo", lamenta. Él, hoy el monje más joven de la comunidad, conoce bien lo que significa tener que buscar un lugar donde sentirse acogido.
Quizá por eso, en el relato de fray Bernat Folcrà, Poblet nunca aparece únicamente como un conjunto monumental o como un destino espiritual. Es, sobre todo, el punto de llegada provisional de un camino improbable: el niño que encontraba refugio en una biblioteca colombiana, el joven que aprendió catalán leyendo sobre Gaudí y el monje que, el 14 de junio, descubrió en la ordenación "la fuerza del servicio".
