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Jorge Zazo: "¿Son nuestras parroquias hogares para la gente solitaria, hospitales para los heridos, casas de misericordia para los pecadores?"

El vicario de pastoral de Ávila ha dedicado mucho tiempo al estudio de la parroquia y a su inevitable transformación toda vez que el mundo en el que se gestó ya no existe. Desde esa perspectiva, apunta, en entrevista con RD, algunas pistas por las que, como ha desgranado en su libro La parroquia en la Europa postmoderna, deberían venir los cambios

Jorge Zazo | RD/Captura

"¡Claro!". Así, sin dudarlo, responde Jorge Zazo Rodríguez (Ávila, 1978) a la pregunta de si tenemos en España parroquias ancladas en el pasado. Lo sabe bien este sacerdote, actual vicario de Pastoral en la diócesis de Ávila, que se ha dedicado en los últimos años a estudiar cómo afecta a este tradicional centro de evangelizacióin el profundo cambio cultural y demográfico que está experimentando Europa, y que ha plasmado en el libro La parroquia en la Europa postmoderna (BAC).

Convencido de que este es uno de los retos principales que tiene que afrontar la Iglesia en nuestros días, Zazo reflexiona sobre ellos en conversación con Religión Digital, destacando la aportación que puede y debe hacer la sinodalidad a esta mertamorfosis, advirtiendo de sus riesgos –que los hay, según sostiene–, pero también de la tentación de algunos párrocos de considerar su tarea como "una ocupación «de segunda categoría», o se entrega a un movimiento determinado que abole la pluralidad constitutiva de una realidad, la parroquia, llamada a ser reflejo de la catolicidad de la Iglesia".

Pregunta.Acaba de participar en las Jornadas “La parroquia: presente y futuro”, celebradas en Vitoria, donde se dibujaron algunos tintes preocupantes. ¿Cómo es el presente de las parroquias en España? 

Respuesta. Comencemos subrayando lo positivo. Las parroquias son actualmente lo que siempre han sido: una concreción en un territorio, para un pueblo o vecindad determinados, de lo que la Iglesia es en su conjunto. Por supuesto, ninguna parroquia agota el misterio de la Iglesia. Este se verifica propiamente en las diócesis, en las cuales y desde las cuales existe la Iglesia católica una y única (cf. CIC 368). Pero dado que las diócesis, a partir del siglo IV, son tan grandes que resulta imposible el conocimiento personal de todos sus miembros –lo cual se requiere humanamente para que pueda hablarse con propiedad de comunidad o de fraternidad–, por eso surgen las parroquias.

El sacerdote Jorge Zazo

R. De aquí se derivan dos consecuencias. La primera, que por su analogía con la diócesis, la parroquia, para serlo realmente, tiene que tener sus mismos elementos constitutivos: la presidencia de un ministro ordenado, la centralidad de la Eucaristía, una comunidad plural de bautizados unida por el Espíritu Santo y el amor al Señor que, a través de un acompañamiento adecuado, anuncia el Evangelio, lleva a cabo la Iniciación cristiana y es testimonio de la caridad de Cristo para con los enfermos, los pobres y los necesitados. Y la segunda, que las parroquias, como no son Iglesias locales, tienen que estar en comunión afectiva y efectiva con el ministerio del Obispo, para que no terminen actuando como si fueran una especie de «iglesias autónomas».

Las parroquias siguen siendo en España el principal instrumento a través del cual la Iglesia realiza su misión evangelizadora en medio del mundo

R. En este sentido, las parroquias siguen siendo en España el principal instrumento a través del cual la Iglesia realiza su misión evangelizadora en medio del mundo. 

R. Sin embargo, a la luz de cuanto acabo de decir, se perciben también las principales dificultades que afrontan hoy las parroquias. En una sociedad cada vez más marcada por la movilidad y las relaciones virtuales, ¿sigue siendo el pueblo o el barrio el ámbito de arraigo existencial de las personas? ¿Puede decirse que sean propiamente parroquias las comunidades en las que, por carestía de clero o por dispersión de la población, ya no vive el párroco ni se puede celebrar la Eucaristía cada domingo? Las fórmulas con las que se está intentando paliar esta situación, ¿forman parte de procesos encaminados a recuperar la dimensión eucarística y mistérica (sacramental) del ser eclesial, o simplemente garantizan la prestación de «servicios religiosos»? ¿Están siendo eficaces los procesos de Iniciación cristiana, fundamentalmente encomendados a las parroquias? En las grandes ciudades, con parroquias de más de veinte mil personas, ¿no se están convirtiendo las parroquias en meros cauces de coordinación y oferta de infraestructuras para otros grupos más pequeños, perdiendo así su constitutivo carácter comunitario? Dado que estamos llamados a la nueva evangelización en un mundo secularizado, ¿cómo tienen que evolucionar las parroquias para llevarla a cabo, habida cuenta de que surgieron y se desarrollaron en contextos en los que ya está establecida la Iglesia?

R. A estas cuestiones hay que añadir otra, de la que quizá se habla poco. Ya a mediados del siglo pasado, Karl Rahner hizo notar que se estaba valorando más lo que él llamaba la «pastoral extraordinaria» –la de movimientos, asociaciones, colegios, universidades, etc.– que la «ordinaria» de las parroquias. Desgraciadamente este proceso hay ido en aumento. Entre el clero, a veces se aprecia más a quien se ocupa de otras cosas que a quien es sólo párroco… ¡Como si acompañar a una comunidad concreta, introducir en la vida divina y socorrer personalmente a los más descartados de un barrio no fuera precisamente lo más grande, bello y auténtico que puede hacer un sacerdote! Si a esto se le añade la tendencia postmoderna a no echar raíces en ningún sitio, a buscar el aplauso de las redes sociales por iniciativas más o menos originales y al deseo de unirse sólo a «los que son como yo y piensan como yo», el resultado es que la parroquia se termina considerando una ocupación «de segunda categoría», o se entrega a un movimiento determinado que abole la pluralidad constitutiva de una realidad, la parroquia, llamada a ser reflejo de la catolicidad de la Iglesia.

Jorge Zazo, en una asamblea de diócesis castellanas

P.Entiendo que la situación no es homogénea en todo el país. ¿Hay parroquias que están más en el pasado?

R. ¡Claro! Están anticuadas las parroquias ancladas en el clericalismo propio del siglo XVI, en las que el cura lo es todo, lo hace todo y lo decide todo; pero también las que se estructuran según la utopía colectivista, extendida en ámbitos cristianos entre las décadas de los setenta y ochenta del siglo pasado, que olvidan que la comunidad entre nosotros sólo puede nacer auténticamente de la comunión con Dios. Viven de nostalgia quienes actúan como si estuviéramos aún en una sociedad de cristiandad y conciben los distintos procesos que ofrecen dando por supuesta la fe de los destinatarios, en vez de comprender que lo primero que hay que hacer es procurar el encuentro personal con Cristo resucitado, del que muchos no han hecho nunca experiencia, aunque estén bautizados y quieran recibir un sacramento o formar parte de una cofradía.

R. Están anclados en un mundo que no existe los que, al acoger a la gente, no tienen en cuenta que todos somos pecadores necesitados de perdón, heridos que requieren salvación y meras criaturas sin referencias que necesitan saberse amadas por Dios a través de los hermanos. Yerran los obispos que se plantean cuántos curas –autóctonos, importados o, en su defecto, laicos con funciones de suplencia– necesitan para mantener la estructura pastoral que han heredado, en vez de acoger con gratitud el regalo que Dios les hace de vocaciones –clericales, misioneras o laicales– y preguntarse qué pastoral pueden hacer con los dones que el Señor ha concedido a esa Iglesia particular, liberándose así de la ignominiosa esclavitud de tener que depender necesariamente de unos números.

Son vetustas las opiniones de quienes constituyen unidades pastorales desde el criterio del párroco, preguntándose cuántos pueblos puede un solo cura atender, en vez de hacerlo desde el criterio de la comunidad, planteándose cuál es la cercanía geográfica y el grado de vecindad imprescindible

R. Son vetustas las opiniones de quienes constituyen unidades pastorales desde el criterio del párroco, preguntándose cuántos pueblos puede un solo cura atender, en vez de hacerlo desde el criterio de la comunidad, planteándose cuál es la cercanía geográfica y el grado de vecindad imprescindible para que pueda hablarse de una misma comunidad cristiana presente en varias localidades.

P.¿Tienen futuro esas parroquias?

R. Sólo Dios conoce el futuro. La conversión misionera no debe equipararse a la proyección que pueda hacer una empresa cualquiera para seguir siendo viable en los días venideros. Al contrario, nace de la certeza de que es el Espíritu quien guía a la Iglesia y ordena providencialmente los acontecimientos del mundo. Nuestra tarea principal, la de todos los bautizados, consiste en invocarlo, intentar escucharlo, discernir sus mociones y reconocer cómo está plasmando la imagen de Cristo en cada persona y en cada acontecimiento.

R. Un creyente no rechaza el pasado, pues en él estuvo presente el Señor; pero no queda encerrado en el pasado, pues el Resucitado sigue caminando entre nosotros. Hemos recibido las parroquias de nuestros mayores como un medio valiosísimo para la misión de la Iglesia. No las despreciemos, ni pretendamos convertirlas en algo que no son. Simplemente tratemos de descubrir cuáles de sus dimensiones constitutivas, hasta ahora quizá inadvertidas o infravaloradas, son las que el Espíritu nos alienta a animar dadas las circunstancias de los tiempos presentes.

Zazo, en las jornadas sobre la parroquia | Diócesis de Vitoria

P.En contexto de secularización, envejecimiento de la población, también de la que más va a la parroquia, ¿cómo se ponen la bases desde el ahora para la parroquia del futuro? ¿Vislumbra en ellas algún papel especial para el laicado?

R. Creo que el Papa Francisco nos ofreció la clave con el concepto de sinodalidad. Se trata de recordar que la misión de la Iglesia es competencia de todos los bautizados, que su auténtico protagonista es el Espíritu, a quien invocamos y escuchamos entre todos. En este sentido, me parece necesario recordar algunos aspectos de la sinodalidad que juegan un papel importante en las parroquias y que quizá puedan pasar en ocasiones inadvertidos.

R. En primer lugar, la sinodalidad es para la misión. Tiene que estar muy claro que el objetivo es que todos se encuentren personalmente con Cristo resucitado y, aceptando la amistad que Él les ofrece, se incorporen a la santa Iglesia mediante los sacramentos. Si hay que tratar cuestiones organizativas será exclusivamente en función de ese fin. En una parroquia, y en toda la Iglesia, la sinodalidad debe protegerse contra la tentación de la autorreferencialidad.

R. La sinodalidad es un «caminar juntos» que hacen, por supuesto, los miembros de una parroquia, sin olvidar que el camino lo comparten con el resto de la Iglesia, extendida por toda la Tierra y a lo largo de los siglos. En este sentido, es fundamental, en la dinámica del todos-algunos-uno, el papel del uno que, en el caso de la parroquia, es el párroco. Su función no es imponer autoritativamente su criterio «porque aquí mando yo»; sino asegurar que las iniciativas de la parroquia estén en comunión con el resto de la Iglesia y de su Tradición. Por ejemplo, no tendría sentido que una parroquia, excusándose en un supuesto «discernimiento sinodal», se negara a aplicar el plan pastoral diocesano. La misión del párroco es garantizar que eso no suceda, lo cual puede suponerle, por cierto, una gran cruz. Aceptar ser el «uno» en una comunidad sinodal no es por superioridad respecto del resto; sino por responsabilidad a favor de la comunión de la Iglesia entera y de la revelación que ella custodia y transmite en fidelidad.

R. La parroquia es un ámbito privilegiado en el que incluir al «todos» de la sinodalidad. Un reto importante es ofrecer ámbitos de escucha no sólo de los círculos más cercanos a la vida de la parroquia, sino también a quienes sólo vienen a Misa los domingos, a los practicantes ocasionales, o a los alejados con domicilio en el barrio. Crear equipos o consejos con dinámica sinodal es imprescindible; pero no caigamos en la tentación de pensar que con eso ya hemos hecho todo. Tenemos que procurar medios para seguir atentos a la voz del Espíritu, que habla donde quiere.

Por desgracia, en España todavía hay parroquias sin consejos, donde el párroco lo decide todo y, si tiene consejos, éstos son meros cauces de transmisión o ejecución de lo que él ya ha decidido

R. Finalmente, el grupo de los «algunos» –normalmente los consejos parroquiales– también tienen que protegerse de algunos riesgos. El primero es no existir o no ser tenidos en cuenta. Por desgracia, en España todavía hay parroquias sin consejos, donde el párroco lo decide todo y, si tiene consejos, éstos son meros cauces de transmisión o ejecución de lo que él ya ha decidido. El segundo riesgo es que sus miembros sean elegidos directamente por el párroco entre quienes le son más afines. De esta manera, no habría una sana pluralidad de posturas. Habría que introducir procesos de elección directa entre colectivos, de forma que los miembros electos siempre igualaran o superaran en número a los natos o elegidos directamente por el párroco. El tercer riesgo es la falta de renovación. Si siempre están los mismos, es natural que siempre se siga la misma línea y que, al cabo de unos años, se eche en falta alguna novedad. Sería imprescindible exigir, por estatutos, una renovación periódica.

R. El cuarto riesgo consiste en confundir los niveles de responsabilidad. Al plantear los temas, el párroco debería dejar claro para qué cuestiones pide sólo consejo, reservándose él la decisión final, y cuáles somete al discernimiento del grupo, comprometiéndose a asumir la decisión del grupo, si es que alcanza consenso. Creo que esto ayuda a la madurez de los curas y de los laicos. Los primeros asumen que, en la mayoría de las cuestiones de la vida parroquial –los que no afectan a la doctrina, la moral, la sintonía con la Iglesia diocesana y universal, o tocan puntos sensibles de la comunión de la parroquia– a veces es bueno actuar contra el criterio propio y dejar que la comunidad adquiera una responsabilidad adulta. Mientras que los laicos, por su parte, entienden que hay temas que, por su naturaleza, están reservados al ministerio ordenado, aunque su opinión también sea tenida en cuenta. El quinto riesgo, y el más grave a mi parecer, es que el consejo sea un mero foro de deliberación humana. La implantación del discernimiento comunitario, con métodos como el de la «conversación en el espíritu» u otros similares, resulta esencial para que no sea una mera reflexión humana, sino una auténtica escucha comunitaria de Dios.

Portadilla del libro de Jorge Zazo

P."La parroquia, si no evoluciona, se puede tornar ineficaz para el anuncio del evangelio", ha dicho usted en esas jornadas. ¿Tan grave es la situación?

R. Sí, por varias razones que explico detenidamente en mi libro. Las fundamentales ya las he apuntado: tal como están constituidas actualmente, obedecen a un mundo y a unos criterios eclesiales y pastorales que ya no existen. La Revolución Industrial, con sus distintas oleadas –ahora vivimos la más reciente, la informática– ha introducido varios factores que afectan a los presupuestos que asumían históricamente las parroquias. Por ejemplo, el vaciamiento de los pueblos y el éxodo a las grandes ciudades, con lo que conlleva de pérdida de las raíces, de ruptura de relaciones históricas y de creación en las urbes de comunidades amplísimas y desvinculadas entre sí. Dinámica que, en nuestros días, se incrementa con la cuestión de la inmigración. Además, el capitalismo ha introducido una «mentalidad de mercado», en la que con frecuencia las parroquias se conciben más como «dispensadoras de servicios religiosos» que como auténticos referentes para una vida comunitaria. Si uno se construye un «cristianismo a la carta», quizá piense que su párroco tiene que atenderle si le pide las exequias para su padre, pero no comprenda la insistencia de éste en la Misa dominical.

R. Por otro lado, la revolución sexual ha incidido gravemente en el concepto de pertenencia y de identidad. Una parroquia se puede definir como una comunidad de hermanos que se saben hijos del mismo Padre del Cielo. Pero, ¿qué entienden, al oír esto, quienes no tienen hermanos, o quienes visitan a su padre sólo un fin de semana cada dos, o son hijos de las diversas formas de generación cada vez más en boga?

Jorge Zazo

R. En lo que respecta a las cuestiones eclesiales, para no extendernos, baste hacernos algunas preguntas. La primera parte del cambio que se ha dado en los documentos oficiales de la Iglesia, que actualmente definen la parroquia más desde la comunidad que desde el párroco, como se hacía hasta hace no mucho. Pero, siendo sinceros, ¿hay vida comunitaria en la mayoría de nuestras parroquias? ¿Real? ¿De todos sus miembros o sólo de unos pocos? ¿A qué niveles? La segunda cuestión se refiere a la Iniciación cristiana, que es una de sus misiones fundamentales. ¿De verdad la comunidad parroquial está implicada en ella, o la delega, desentendiéndose, en el párroco y los catequistas? ¿Hay una suficiente integración en la comunidad al concluir el proceso o estamos administrando sacramentos a gente que, en el fondo, no ha asumido la identidad católica? Finalmente, ¿son nuestras parroquias verdaderos hogares para la gente solitaria, hospitales para los heridos, casas de misericordia para los pecadores? ¿Son capaces de acoger, de escuchar, de sanar, de acompañar? ¿Su centro auténtico es Dios, y la vida divina que Él nos ofrece a través de los sacramentos? Me parece que todas estas cuestiones son tan importantes que no sería prudente postergar su resolución.

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