Joseba Segura: “Vamos hacia una Iglesia más pequeña, pero más consciente de lo que es y de lo que quiere ofrecer”
El obispo de Bilbao analiza cómo la Iglesia puede encontrar su voz en tiempos de cambio y diversidad social
Discreto por carácter y poco amigo de los focos, Joseba Segura confiesa que uno de los peores días de su vida fue, paradójicamente, el de su ordenación sacerdotal: “No me gusta ser el centro de atención”, admite. Esta forma de ser —reservada, más inclinada a la escucha que al protagonismo— atraviesa también su estilo pastoral. El obispo de Bilbao, que este 19 de marzo celebró su santo, dibuja su recorrido vital con pinceladas sencillas pero reveladoras: una infancia compartida con sus hermanos hasta los 11 años, seguida de una etapa con su abuela en una casa pequeña, donde ella se convirtió en “como una madre”; una familia con raíces eclesiales, con un hermano sacerdote en Tarragona y un tío también sacerdote; y el recuerdo presente de una madre ya fallecida.
Los domingos, explica, intenta mantener un hábito que conecta con esa dimensión más íntima: comer con la familia. Quizá es desde ese sustrato personal —hecho de vínculos, discreción y cierta distancia del ruido— desde donde afronta los grandes debates que interpelan hoy a la Iglesia. Aún no ha conocido al papa León XIV: el día que debía hacerlo, en Roma, una enfermedad le impidió asistir al encuentro con el pontífice agustino. Mientras tanto, lidera una diócesis en transformación, consciente de que “el modelo de cristiandad ha quedado atrás” y de que el futuro pasa por “una Iglesia más pequeña, pero quizá también más consciente de lo que es y de lo que quiere ofrecer”.
Pregunta. Desde su llegada al obispado de Bilbao en mayo de 2021, usted ha insistido en que la Iglesia vive un cambio de época. ¿Cuál ha sido, en este contexto, el eje central de su acción pastoral?
Respuesta. Preparar a la Iglesia para un nuevo tiempo, asumiendo que el modelo de cristiandad ya no es operativo. Esto implica gestionar una herencia muy grande —patrimonial, educativa y económica— mientras, al mismo tiempo, se acompaña una transformación profunda. En Bilbao, por ejemplo, hay una red importante de escuelas episcopales y un presupuesto educativo muy elevado, que aún responde a una realidad pasada. Pero en paralelo vivimos una secularización muy rápida: en solo dos generaciones, hemos pasado de ser una sociedad mayoritariamente vinculada a la Iglesia a otra en la que muchos se sienten alejados. El objetivo es hacer esta transición con realismo y sin nostalgia.
P. En varias ocasiones ha defendido que la Iglesia debe “salir” a encontrar a las personas, en lugar de esperar a que acudan. ¿Cómo se traduce este planteamiento en iniciativas concretas dentro de la diócesis?
R. Se concreta sobre todo en una pastoral más personalizada y flexible. El trabajo con niños en la catequesis o con jóvenes en procesos de confirmación sigue siendo importante, pero ya no se puede dar por hecho que todos seguirán esos itinerarios. Hoy la gente llega a la Iglesia por caminos muy diversos, a menudo tras recorridos personales complejos. Los modelos masivos han dejado de funcionar, pero en cambio crecen fenómenos como los bautismos de adultos o la búsqueda espiritual en jóvenes. Ante esto, la tarea es acompañar, escuchar y ayudar a dar forma a estas demandas sin miedo ni rigidez.
P. Usted mismo ha calificado en algún momento a la Iglesia europea como “irrelevante”. ¿Cómo describiría hoy su identidad y su peso real dentro de la sociedad?
R. Decir que es “irrelevante” puede ser excesivo, pero sí ha perdido la centralidad que tenía. Ha pasado de ser una institución dominante a ser un actor más dentro de una sociedad plural. Esto obliga a redefinir su manera de estar presente: no desde el poder, sino desde el testimonio. En un contexto marcado por la fragmentación social, la polarización política y la pérdida de referentes compartidos, la Iglesia puede aportar una voz propia si es capaz de vivir con coherencia aquello que propone. La clave es encontrar esa voz sin imponerla.
P. En una sociedad cada vez más secularizada y diversa, ¿qué papel cree que debe asumir la Iglesia, especialmente en el acompañamiento de las personas?
R. Sobre todo, estar disponible para acompañar procesos personales de búsqueda espiritual. El problema es que esta demanda, aunque minoritaria, es muy diversa y exige una atención individualizada. Esto requiere tiempo y recursos humanos que no siempre tenemos. En la diócesis de Bilbao hay unos 190 presbíteros, con una edad media de 72 años, lo que limita la capacidad de respuesta. Por eso hay que repensar estructuras y formas de actuar, porque el desfase entre demandas y posibilidades es cada vez más evidente.
P. Antes de ser obispo tuvo experiencias en Ecuador y en Estados Unidos. ¿Ha podido volver en los últimos años y qué peso tienen aún en su trayectoria?
R. No, desde que fui ordenado obispo no he tenido ocasión de volver. La responsabilidad dentro de la Conferencia Episcopal, especialmente en el ámbito de misiones, hace que tenga que priorizar otros compromisos. Aun así, Ecuador sigue siendo un lugar muy significativo en mi trayectoria personal y espiritual. He vivido allí experiencias importantes que me han marcado, y me gustaría poder regresar con calma, probablemente cuando llegue el momento de la jubilación.
P. Recientemente ha participado en un encuentro en Montserrat sobre evangelización en Europa. ¿Qué reflexiones destacaría, especialmente en relación con el valor simbólico de este espacio?
R. Montserrat tiene una fuerza simbólica extraordinaria, que va mucho más allá del hecho religioso. Representa una síntesis entre espiritualidad, historia e identidad cultural catalana difícil de encontrar en otros lugares. Esta dimensión simbólica es clave en la transmisión de la fe, porque conecta con la sensibilidad de la gente. En el País Vasco ha habido referentes como Arantzazu, pero hoy se encuentran en un contexto más débil y secularizado. Esto muestra también cómo cambian los tiempos y la manera en que los símbolos son percibidos.
P. En relación con conflictos internacionales como el de Gaza, ¿qué lectura hace desde una perspectiva humanitaria y moral?
R. Es una situación muy dolorosa y compleja, en la que la población civil sufre de forma continua. El pueblo palestino en Gaza vive en condiciones muy duras desde hace años, y a menudo se produce un trato indiscriminado que no distingue entre personas y grupos armados. Esto genera una gran injusticia. Al mismo tiempo, hay factores geopolíticos que agravan el conflicto, con actores internacionales que intervienen sin que esté claro cuál será el desenlace. Todo ello dibuja un escenario muy preocupante.
P. Ante este contexto europeo, ¿considera que hay que repensar el modelo de evangelización? ¿Cómo debería ser esta nueva propuesta?
R. Más que un modelo nuevo, hay que recuperar el espíritu de la primera Iglesia: comunidades pequeñas, con convicciones fuertes, en un entorno que no las comparte. Hoy la mayoría de la sociedad europea no parte de la idea de que Dios sea relevante en su vida. En este contexto, evangelizar no significa llegar a todos, sino generar espacios donde la fe pueda vivirse de manera significativa. Paradójicamente, en un futuro con mayor incertidumbre social y económica, puede crecer la necesidad de sentido y de acompañamiento espiritual.
P. Ha coincidido con otros obispos jóvenes como Xabier Gómez. ¿Qué perfil cree que aportan estos nuevos liderazgos dentro de la Iglesia?
R. Tiene un perfil interesante porque combina una trayectoria peculiar con una gran profundidad espiritual. Esto le da frescura y autenticidad en el discurso. Además, tiene una convicción clara de que la Iglesia no es una idea abstracta, sino una realidad que debe asumir riesgos e impulsar transformaciones. Esta actitud es importante en el momento actual, aunque luego la realidad siempre obliga a modular expectativas y a hacer los cambios de forma gradual.
P. En el debate sobre los nombramientos episcopales, a menudo se plantea si un obispo debe ser originario del territorio que gobierna. ¿Cuál es su opinión?
R. No necesariamente. Lo más importante es que sea capaz de conocer e identificarse con la realidad concreta de la diócesis. Cada Iglesia local tiene su historia, su cultura y sus dinámicas propias. Limitarse a nombrar solo personas del lugar puede empobrecer la visión. Al mismo tiempo, es necesario un mínimo de arraigo y comprensión para poder servir adecuadamente a esa comunidad.
P. Ha abordado en diversas ocasiones cuestiones como la identidad de género. ¿Cómo cree que la Iglesia debe afrontar estos debates, especialmente entre los jóvenes?
R. Es un tema delicado que requiere mucha prudencia. Lo primero es escuchar y acompañar a las personas y a las familias que viven estas situaciones, que a menudo son complejas y generan sufrimiento. Al mismo tiempo, hay que evitar planteamientos simplistas o extremos, como pensar que la identidad puede desvincularse completamente del cuerpo. Este tipo de enfoques pueden generar tensiones y angustia, especialmente en adolescentes. Es necesario encontrar un equilibrio entre respeto y realismo.
P. La migración es uno de los grandes retos sociales actuales. ¿Qué papel debe tener la Iglesia?
R. Es un ámbito en el que el compromiso debe ser claro. No se puede defender el Evangelio y al mismo tiempo cerrarse completamente a la acogida. Esto no significa que no sean necesarios criterios o cierta ordenación de los flujos migratorios, pero el punto de partida debe ser siempre la dignidad de la persona. Además, la migración planteará retos importantes a identidades como la catalana o la vasca, que tendrán que repensarse en un contexto más diverso.
P. En los últimos años han emergido expresiones culturales —cine, música— con referencias espirituales. ¿Cómo interpreta este fenómeno?
R. Indican que hay una mayor apertura a hablar del hecho religioso sin prejuicios negativos, algo que hace unos años era más difícil. Tanto en el cine como en la música aparecen referencias espirituales que conectan con inquietudes reales. Esto no significa que haya una adhesión a la Iglesia, pero sí que hay un terreno más abierto para el diálogo. Es una oportunidad, aunque no garantiza nada.
P. La campaña de la “X” de la declaración de la renta genera debate cada año. ¿Cómo defiende su utilidad y sentido?
R. Muchas personas, especialmente jóvenes, desconocen lo que implica marcarla. No se trata solo de financiar la estructura eclesial, sino también una gran labor social, educativa y asistencial. En zonas con poca población o con menos recursos, esta aportación es clave para mantener servicios básicos. Además, existe un gran desequilibrio entre diócesis: algunas tienen muchos recursos y otras dependen mucho más de esta asignación.
P. Aún no ha podido conocer personalmente al papa León XIV. ¿Cómo se produjo esta situación?
R. Todavía no. Curiosamente, el día que debía conocerlo, en Roma, enfermé y no pude asistir al encuentro con él. Fue una oportunidad perdida que espero poder recuperar en el futuro. Estos encuentros, más allá del protocolo, son importantes también desde un punto de vista personal y pastoral.
P. Más allá de la responsabilidad episcopal, ¿cómo mantiene el vínculo con su vida familiar y personal?
R. Intento mantener cierta normalidad dentro de las limitaciones del cargo. Los domingos, siempre que puedo, como con la familia, lo que me ayuda a mantener los pies en la tierra. Vengo de una familia con presencia eclesial —un hermano sacerdote y un tío sacerdote— y eso también influye. Mi madre ya ha fallecido, y la figura de mi abuela fue muy importante: durante años fue como una segunda madre para mí.
P. En el contexto actual, con pocas vocaciones, a menudo se habla del sacerdocio como de un “milagro”, como decía el rector del seminario vasco, Ignacio Fernández. ¿Comparte esta visión?
R. En el contexto actual, sí se puede decir así. Las vocaciones no cuentan con el apoyo social de otras épocas, e incluso dentro de las familias pueden generar reticencias. En el seminario de Bilbao hay solo cinco seminaristas, y cada uno llega con un recorrido muy personal. En este sentido, se vive como un hecho extraordinario. Como decimos a menudo, hay que seguir pidiendo estos “milagros”.
