Josemari Lorenzo Amelibia, un creyente con doble vocación: sacerdote y casado

In memoriam

"Un creyente que se negó a aceptar que la fidelidad al amor humano fuera incompatible con la fidelidad al Evangelio"

Josemari Lorenzo
Josemari Lorenzo

José María Lorenzo Amelibia, fundador y alma de la Asociación de Sacerdotes Casados de España (ASCE), ha muerto después de haber entregado su vida a una causa tan humilde como teológicamente explosiva: demostrar, con su biografía, que la vocación sacerdotal y la vocación matrimonial no solo no se excluyen, sino que pueden iluminarse mutuamente.

Fue un hombre de fe recia, de lucidez histórica y de una paciencia evangélica que solo se entiende desde la cruz; medio siglo de lucha sin concesiones por el reconocimiento eclesial de los curas casados no le arrancó jamás la esperanza ni el amor a la Iglesia, por muy ingrata que esta se mostrara con él y con los suyos. Muere sin haber visto cumplido su sueño, pero deja tras de sí una estela de dignidad y un legado teológico, pastoral y humano que la Iglesia española tardará, pero no podrá esquivar para siempre. Y un legado que puede visitarse en sus libros y en su blog 'Secularizados, mística y obispos' en Religion Digital.

José María Lorenzo
José María Lorenzo

“Salí del clero en el año 1970 para poder contraer matrimonio, muy consciente de mi doble vocación: sacerdote y casado”. En esa frase programática está su vida entera: no abandonó el ministerio por desamor, crisis de fe o cansancio, sino por fidelidad a una llamada interior que le pedía vivir el sacramento del matrimonio sin renunciar al sello indeleble del orden. No se consideró nunca un ex–sacerdote, sino un sacerdote que había tenido que dejar el ministerio activo para poder amar a una mujer y formar una familia, sin por ello renunciar a seguir sirviendo al Evangelio desde otras formas de presencia y compromiso. En lugar de ocultarse o resignarse, “asentado ya en la vida matrimonial, comencé con esta iniciativa: reunirnos los sacerdotes casados que nos seguíamos sintiendo sacerdotes”. Esa decisión, aparentemente pequeña, se convirtió en el germen de un movimiento que daría voz a miles de biografías silenciadas.

ASCE nació, así, de una doble certeza: la de la vocación indeclinable y la de la injusticia estructural. “Cuando en el año 1976 dimos los primeros pasos para organizarnos los sacerdotes casados de España (ASCE), fuimos conscientes de que se había establecido una incongruencia dogmática: anular prácticamente el uso de un sacramento que imprime carácter. No podría durar mucho, pensábamos: ¿cinco años? ¿diez?”.

El estupor teológico de Lorenzo Amelibia era tan sencillo como contundente: si el orden imprime carácter, si el sacerdocio no se borra, ¿cómo puede la Iglesia tratar a los curas casados como si hubieran dejado de ser lo que un día la propia Iglesia proclamó que serían para siempre? En esa pregunta se condensa toda su teología laica, su eclesiología sufriente y su sentido de la justicia: no pedía privilegios, pedía coherencia.

Libro de Josemari Llorenzo
Libro de Josemari Llorenzo

No fue un teórico de despacho. “Revolvimos Santiago con Roma para que nos escuchara la Conferencia Episcopal Española. Estuvimos con el cardenal Tarancón en repetidas ocasiones. Entregamos al cardenal un estudio elaborado por Roque Losada Cosme”. La historia de la ASCE es, en buena medida, la historia de esas gestiones discretas y tenaces, de despachos episcopales, de informes cuidadosamente elaborados, de viajes pagados de su bolsillo y de esperas interminables en pasillos donde se decide quién es escuchado y quién no. Durante décadas, entre 1977 y 2000, “hemos enviado cartas personalizadas a todos los obispos de España. Incluso en TVE se dedicó un programa de los de más audiencia, ‘La Clave’, en 1981, a este tema”. No hubo puerta que no llamaran, ni canal público o eclesial que no intentaran utilizar para hacer visible una realidad que muchos preferían enterrar bajo el silencio o el estigma.

Su balance, formulado ya en la vejez, es tan honesto como doloroso: “En estos casi cincuenta años no hemos conseguido nuestro objetivo. Tan solo hemos logrado que se nos mire como personas normales; no como infieles e indignos. Seguiremos en nuestra labor reivindicativa”. Con esa frase reconoce el fracaso parcial de su proyecto –no hay reconocimiento canónico ni cambios estructurales significativos–, pero también subraya un triunfo no menor: haber pasado, en la mentalidad de buena parte del pueblo de Dios, del estereotipo de traidores al de creyentes normales, matrimonios cristianos, padres de familia que siguen amando a la Iglesia que los dejó a la intemperie. Lorenzo Amelibia entendía que, en la historia de la Iglesia, las victorias no siempre se miden en decretos, sino en cambios de sensibilidad y en heridas que dejan de supurar.

“Medio siglo laborando sobre el tema y nada hemos recogido. Y habrá que decir como los Apóstoles después de una noche de pescar en balde: ‘En tu nombre, Señor, lanzaré las redes’”. Ese giro evangélico revela la fuente de su resiliencia: no era un activista amargado, sino un hombre de fe que dejaba el resultado en manos de Dios. Si la pesca había sido infructuosa, no se debía a la falta de entrega, sino al misterio de una Iglesia que siempre llega tarde a las llamadas del Espíritu.

Josemari Lorenzo
Josemari Lorenzo

Su esperanza, sin embargo, seguía intacta: “Pero esta labor corresponde a nuestros jóvenes curas casados, que también son muchos. Nosotros ya hemos roto muchas lanzas. Es hora que nos hagan caso por el bien de la Iglesia”. En esas palabras de despedida hay testamento y relevo: él sabía que su generación había abierto brecha, había puesto el cuerpo, había asumido el coste social y eclesial de ir en contra de la corriente; ahora tocaba ceder el protagonismo a otros, a quienes viven hoy la misma doble vocación en una Iglesia distinta, pero igualmente temerosa de la libertad del Espíritu.

Recordar a José María Lorenzo Amelibia es, por tanto, mucho más que repasar la biografía de un sacerdote que dejó el ministerio para casarse. Es hacer memoria de un creyente que se negó a aceptar que la fidelidad al amor humano fuera incompatible con la fidelidad al Evangelio, de un militante incansable que dedicó décadas a tejer redes entre curas casados, a sostener conciencias, a evitar el aislamiento y la culpa. Es agradecer a un pionero que se supo “alma” de la ASCE, no por ansia de liderazgo, sino porque entendió que muchos compañeros necesitaban un rostro, una voz, un nombre propio detrás del que sentirse acompañados.

Ahora que su vida se cumple en Dios, quizá la Iglesia que no quiso escucharle durante medio siglo pueda, al menos, leer su itinerario como una parábola incómoda del Espíritu: allí donde las estructuras no quieren moverse, Dios suscita hombres y mujeres que recuerdan, con su sola existencia, las “incongruencias dogmáticas” y las injusticias históricas. José María Lorenzo Amelibia muere sin haber visto derrumbarse el muro del celibato obligatorio, pero deja tras de sí una grieta por la que entra aire nuevo, la certeza de que hay sacerdotes casados que siguen sintiéndose sacerdotes y que algún día, cuando la Iglesia sea menos temerosa y más evangélica, serán reconocidos no como problema, sino como don. Descanse en paz quien no dejó nunca de lanzar las redes “en su nombre”, aun después de muchas noches de pesca en balde.

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