El lamento del obispo Zornoza frente a su próximo proceso en Roma: “La Iglesia me ha traicionado”
Durante la instrucción, además del denunciante, declararon varios testigos. Entre ellos, uno cuyo testimonio habría sido clave: testificó que sorprendió al obispo en la cama con la víctima
La coraza de poder e impunidad que rodeó durante años a Rafael Zornoza, obispo emérito de Cádiz, se está deshaciendo a golpes de realidad. El resultado de la instrucción canónica por abusos, que propone la apertura de un proceso penal en Roma, ya le ha sido comunicado, y el todavía obispo —replegado en un piso en Madrid y refugiado en la misa doméstica— recorre ahora pasillos y sacristías, lamentándose de que “la Iglesia me ha abandonado” y de que el interrogatorio “ha sido un calvario”, mientras la tolerancia cero contra los abusos, inaugurada por Francisco y mantenida por León XIV, le alcanza de lleno.
Según relatan fuentes eclesiales, el informe de la investigación previa sobre Rafael Zornoza —acusado de abusos a un seminarista cuando era formador en Getafe— ha concluido y recomienda la apertura de un proceso penal en el Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Es la fase en la que Roma debe decidir si sienta en el banquillo canónico a un obispo que durante años se movió con soltura entre despachos de la Conferencia Episcopal, oficinas curiales en Madrid y amistades bien colocadas en la Curia romana. La noticia ya le ha sido comunicada, y el círculo de protección en torno al prelado se ha encogido de forma visible.
Mientras tanto, el escenario cotidiano de Zornoza ha cambiado por completo. Lejos del obispado de Cádiz, reside ahora, según cuentan, en un piso de la calle Eduardo Dato de Madrid, en la zona de influencia de la parroquia de San Jorge, el centro neurálgico desde el que saltó a la fama y que, ahora, lo vuelve a acoger.
En la citada parroquia se da por hecho que el alquiler del apartamento, así como los emolumentos de la señora que acude dos horas al día a atenderle, corren a cargo de la diócesis de Cádiz, la misma que durante años financió su autoridad incontestada y que hoy carga presuntamente con los costes de su caída.
"El obispo sigue celebrando misa en casa, en círculo estrecho, mientras va llorando por las esquinas” y repite a quien le presta oído: “La Iglesia me ha abandonado, me ha traicionado, me han dejado solo y el interrogatorio ha sido un calvario”, según nos confirman fuentes cercanas al caso.
El contraste con su pasado reciente es brutal. Acostumbrado a mandar, a disciplinar sacerdotes y a cortar carreras (léase las de los curas gaditanos Rafael Vez y Antonio Casado), Zornoza se presenta ahora como víctima de una maquinaria eclesial que habría girado en su contra.
Lo que en su boca suena a queja —“me han dejado solo”— otros lo leen como un síntoma del cambio de época: la Iglesia ha dejado de blindar automáticamente a sus obispos, cuando hay denuncias graves de abusos, y la tolerancia cero de Francisco sigue siendo política de Estado bajo León XIV.
Donde antes bastaba con la presunción de inocencia y un comunicado exculpatorio, hoy se impone la lógica de investigar, escuchar a las víctimas y, si hay indicios suficientes, abrir proceso penal, también contra un prelado con amigos influyentes.
En Cádiz, el silencio dice más que muchas notas oficiales. De Zornoza no se habla nada, salvo en las chirigotas del carnaval, que lo ponen ‘a caldo’ entre cuplés y pasodobles.
Los apoyos que en los primeros días se le acercaron —algún sector clerical, su equipo de gobierno durante su etapa gaditana y algún columnista dispuesto a comprar la narrativa del ‘obispo mártir de la progresía’— se fueron apagando sin apenas eco en la gente. Nadie apostó por él.
La diócesis quiere pasar página; los fieles, también. En los corrillos de curas y laicos la sensación es clara: el ex prelado es ya pasado incómodo, un lastre que se prefiere mantener lejos, en un piso madrileño, mientras Roma estudia qué hacer y algunos de sus colaboradores más estrechos empiezan a ser señalados como cómplices.
En la parroquia de San Jorge, donde se ha dejado ver y donde algunos feligreses comentan sus lamentos, circula una teoría que resume bien el clima reinante engtre sus feligreses: Zornoza sabría que hay indicios sólidos contra él y que, al final, lo declararán culpable, y lo que se estaría intentado ahora es que el caso salpique lo menos posible a la institución.
Entre los datos que alimentan esa lectura está el pasado. Según cuentan en la diócesis de Getafe, cuando fue consagrado obispo ya ‘circulaban rumores’ sobre sus conductas inapropiadas, y, aun así, la maquinaria eclesial lo elevó al episcopado, mirando hacia otro lado. Si ahora el castillo se hunde, no es solo por el peso de la denuncia actual, sino porque llueve sobre mojado.
El peso del expediente no se sostiene solo en la palabra de una víctima. Durante la instrucción, además del denunciante, declararon varios testigos. Entre ellos, uno cuyo testimonio habría sido clave: testificó que sorprendió al obispo en la cama con la víctima. Ese relato, según cuentan en San Jorge, habría inclinado definitivamente la balanza a favor de abrir proceso penal.
La víctima, por su parte, tardó años en denunciar y esperó a hacerlo hasta que murió su madre, quizás para evitarle el impacto emocionad de la denuncia. En la decisión del denunciante principal habrían influido también algunos sacerdotes secularizados de Getafe, a los que Zornoza habría captado y manipulado hasta ordenarlos y que terminaron pidiendo la secularización y escribiendo varias cartas a Roma, narrando sus respectivos casos y patrones de conducta del prelado, que hoy vuelven a cobrar sentido.
El resultado es un cuadro que apunta más allá de un episodio aislado: un estilo de ejercicio del poder, una manera de relacionarse con seminaristas y sacerdotes jóvenes, una forma de usar la autoridad espiritual que se convierte en caldo de cultivo para abusos de conciencia, de poder y, según la denuncia principal, también sexuales.
Si en su momento las señales de alarma no bastaron para frenar la carrera de Zornoza, ahora son precisamente esos hilos los que se están hilvanando en Roma para entender qué sucedió, quiénes le auparon al episcopado (qué arzobispo le promovió y qué nuncio le colocó en las ternas episcopales) y por qué se mantuvo tanto tiempo en puestos de responsabilidad.
Ante este panorama, el discurso del obispo que se dice ‘traicionado’ suena hueco. La Iglesia no le ha abandonado a él. La institución ha abandonado —tarde y a trompicones, pero con creciente determinación— una cultura de la impunidad y del ocultamiento, que protegía más a los clérigos que a las víctimas.
El interrogatorio quizás haya sido un ‘calvario’ para Zornoza, pero el verdadero calvario ha sido el de la víctima, que cargó durante años con el peso del abuso, esperó a que muriera su madre para romper el silencio y decidió enfrentarse a un obispo que parecía intocable.
En los próximos meses, el foco se trasladará a Roma. Allí se decidirá si el caso Zornoza termina en condena canónica ejemplarizante o en una salida discreta, con renuncia formal, suspensión de sus funciones y retiro definitivo.
Pase lo que pase, algo ha cambiado ya de forma irreversible. Monseñor Zornoza, el obispo que se creía impune, convencido de que sus contactos en España y en la Curia lo blindaban, ha descubierto que el viento ha cambiado. Y que, mientras en Cádiz solo resuenan las chirigotas que se burlan de él, en Madrid ya no queda casi nadie dispuesto a poner la mano en el fuego por él. Ni siquiera en la parroquia de San Jorge, antaño su feudo y hoy, su cobijo.