Nueva tragedia en la ruta migratoria atlántica: África no puede seguir exportando su mayor riqueza. Europa tampoco puede ignorar su propia responsabilidad
Una vez más, nuestros corazones están llenos de tristeza. Al menos 144 migrantes africanos habrían muerto o desaparecido frente a las costas de Mauritania… Nuestros jóvenes merecen oportunidades, no tumbas
(Comisión Episcopal para la Pastoral Social y la promoción humana).- Hace apenas un mes, durante su visita a las Islas Canarias, el papa León XIV alzó la voz con firmeza ante el drama humano que se vive en la ruta migratoria atlántica, reclamando que el sufrimiento y la muerte de miles de personas no caigan en la indiferencia. Desde el Departamento de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española, integrante de la Red Eclesial de Hospitalidad Atlántica, queremos hacernos eco de ese llamamiento compartiendo la reflexión del padre Peter Alpha Leo Konteh, presidente de la Unión Regional de Sacerdotes de África Occidental (URPAO/RUPWA), tras la reciente tragedia ocurrida frente a las costas de Mauritania.
Una vez más, nuestros corazones están llenos de tristeza. La noticia de que al menos 144 migrantes africanos habrían muerto o desaparecido frente a las costas de Mauritania no es simplemente otro titular. Es un doloroso recordatorio de que las rutas migratorias del Mediterráneo y del Atlántico se han convertido en cementerios silenciosos para miles de nuestros jóvenes, cuyo único delito fue soñar con un futuro mejor.
Entre las víctimas había jóvenes que partieron de Gambia con esperanza en el corazón. Después de pasar veinticinco días a la deriva en el mar, muchos nunca llegaron a un lugar seguro. Solo unos pocos sobrevivieron, entre ellos dos niños que, según los informes, perdieron a toda su familia. Detrás de cada estadística hay un rostro, un nombre, un sueño y una familia sumida en un dolor inimaginable.
La dolorosa pregunta que debemos hacernos es: ¿cuántos jóvenes africanos más deben morir antes de que dejemos de considerar estas tragedias como algo normal? Como sacerdote al servicio de África Occidental, no puedo permanecer en silencio. Esta no es solo una crisis humanitaria; es también una crisis moral. Interpela nuestra conciencia como gobiernos, líderes religiosos, familias, comunidades y como comunidad internacional.
Mirar más allá de la tragedia
Cada vez que ocurren desastres como este, nos apresuramos a condenar a quienes subieron a esas embarcaciones. Decimos que fueron imprudentes o impacientes. Pero si realmente deseamos encontrar una solución, primero debemos tener el valor de afrontar las causas profundas que siguen empujando a nuestros jóvenes a emprender estos peligrosos viajes.
Los gobiernos deben asumir su responsabilidad
Muchos gobiernos africanos han fracasado en proporcionar las oportunidades que permitirían a los jóvenes soñar y prosperar en sus propios países. Millones de jóvenes con formación permanecen desempleados. Otros terminan la universidad solo para descubrir que no hay puestos de trabajo esperándolos. Muchos carecen de acceso a una educación de calidad, formación profesional, créditos asequibles o apoyo para crear sus propios negocios.
Cuando los jóvenes pierden la esperanza en sus propias naciones, comienzan naturalmente a buscarla en otros lugares. La migración, con frecuencia, no es una elección nacida del lujo; es una decisión fruto de la desesperación. Los gobiernos no pueden seguir celebrando el crecimiento económico mientras miles de sus jóvenes ciudadanos creen que su única posibilidad de supervivencia consiste en arriesgar la vida en el mar.
El falso sueño de Europa
También debemos hablar con sinceridad sobre otra dolorosa realidad. Algunos africanos que han alcanzado el éxito en Europa crean, sin quererlo, expectativas irreales en sus países de origen. Las familias ven hermosas casas, coches costosos, ropa elegante y fotografías en las redes sociales. Rara vez ven los años de dificultades, soledad, discriminación, trabajo agotador, problemas legales y sacrificios que precedieron a esos logros.
Por ello, muchos jóvenes crecen creyendo que, en el momento en que pongan un pie en Europa, la prosperidad está garantizada. Esta ilusión es peligrosa. Europa no es el paraíso. Muchos migrantes pasan años luchando sin documentos, trabajando en condiciones difíciles, separados de sus familias y viviendo en una incertidumbre constante. Debemos a nuestros jóvenes la verdad, no una versión editada del éxito.
Europa también debe reflexionar
Europa tampoco puede ignorar su propia responsabilidad. Si bien toda nación tiene el derecho legítimo de proteger sus fronteras, las políticas migratorias no deberían ser tan restrictivas que las personas desesperadas lleguen a la conclusión de que no existe ninguna vía legal disponible. Cuando la migración legal se vuelve casi imposible, las redes criminales de tráfico de personas se vuelven más atractivas.
Los países desarrollados deberían ampliar los canales de migración segura y legal, las oportunidades de estudio, los programas de empleo estacional y unos procesos de visado justos
Los traficantes de seres humanos se benefician de la desesperación. Cada vía legal cerrada crea nuevas oportunidades para quienes explotan a las personas más vulnerables. Los países desarrollados deberían ampliar los canales de migración segura y legal, las oportunidades de estudio, los programas de empleo estacional y unos procesos de visado justos que reduzcan la tentación de emprender mortales travesías marítimas. Salvar vidas debe seguir siendo siempre una responsabilidad compartida.
Nuestros jóvenes también deben elegir sabiamente
Al mismo tiempo, debemos interpelar con cariño a nuestros propios jóvenes. No todos los sueños requieren cruzar el Mediterráneo. África es rica; no es pobre en potencial, sino que con frecuencia es pobre en liderazgo, gestión, inversión y confianza.
La agricultura sigue siendo una de nuestras mayores oportunidades desaprovechadas. La agricultura moderna, la transformación de alimentos, la pesca, la tecnología, las energías renovables, la industria manufacturera y el emprendimiento pueden transformar nuestro continente si nuestros jóvenes reciben el apoyo y la formación necesarios. En lugar de esperar empleo, muchos pueden convertirse en creadores de empleo. Esto exigirá sacrificio, paciencia, innovación y determinación, pero el desarrollo duradero nunca se ha construido sobre atajos.
¿Ha terminado realmente la esclavitud?
La historia nos enseña que la esclavitud fue abolida oficialmente hace generaciones. Sin embargo, debemos plantearnos una pregunta inquietante: ¿Ha desaparecido realmente la esclavitud o simplemente ha cambiado de forma? Hoy, muchos jóvenes africanos entran voluntariamente en sistemas en los que quedan atrapados en la explotación, los abusos, el trabajo indocumentado y la trata de personas.
Muchos abandonan sus hogares buscando libertad y terminan viviendo bajo el miedo, la explotación y la dependencia. Esta no es la libertad que imaginaron. Ningún ser humano debería correr el riesgo de convertirse en víctima de una esclavitud moderna simplemente por buscar una vida digna.
La Iglesia no puede permanecer en silencio
La Iglesia tiene la responsabilidad de acompañar a nuestros jóvenes con esperanza, verdad y apoyo práctico. Debemos seguir formando las conciencias, promoviendo la educación, alentando el emprendimiento, apoyando la formación profesional y recordando a cada joven que su dignidad no depende de llegar a Europa. Cada parroquia, cada diócesis, cada institución gubernamental y cada organización de la sociedad civil deben convertirse en parte de la solución. El silencio ya no es una opción.
¿Qué debemos hacer?
Para revertir esta dolorosa tendencia, son necesarias varias acciones urgentes:
-Los gobiernos africanos deben invertir seriamente en educación, creación de empleo, agricultura y emprendimiento juvenil.
-Las naciones desarrolladas deberían ampliar las vías de migración seguras, legales y transparentes, al tiempo que desmantelan las redes de trata y tráfico de personas.
-Las familias y los migrantes que han tenido éxito en el extranjero deben presentar una imagen honesta de la vida fuera de África, en lugar de crear falsas expectativas.
-Las comunidades religiosas, las escuelas y los medios de comunicación deben educar a los jóvenes sobre los peligros reales de la migración irregular.
-Los jóvenes africanos deben redescubrir la confianza en su propio potencial y participar activamente en la construcción del futuro de África.
Reflexión final
Cada joven africano que muere en el mar representa mucho más que una tragedia individual. Es la pérdida de un futuro maestro, médico, ingeniero, agricultor, emprendedor, sacerdote, madre, padre o líder nacional. África no puede seguir exportando su mayor riqueza —su juventud— al fondo del mar. Nuestros jóvenes merecen oportunidades, no tumbas.
Que esta última tragedia despierte nuestras conciencias antes de que otra embarcación zarpe, otra madre espere en vano una llamada telefónica y otra generación sea entregada a las olas. Oremos por quienes han muerto, consolemos a quienes lloran y trabajemos incansablemente para que la esperanza pueda volver a encontrarse aquí, en África, y no únicamente al otro lado del mar.
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