Omella pide que Barcelona mida su grandeza por la manera en que trata a las personas
En la misa de la Mercè, el cardenal reivindica una ciudad y una Cataluña más humanas, solidarias y capaces de hacer que todos se sientan "como en casa"
La basílica de la Mercè ha vuelto a ser este jueves el corazón religioso de Barcelona. En la solemnidad de la patrona de la ciudad, el cardenal Juan José Omella ha presidido la misa pontifical ante más de 300 personas y con una amplia representación institucional. Pero en su homilía, más allá de la belleza de Barcelona y de su patrimonio, el arzobispo ha querido poner la mirada en las personas.
Omella ha pedido que las diócesis de Barcelona, Terrassa, Sant Feliu de Llobregat y, en definitiva, toda Cataluña, continúen siendo "una tierra bella y habitable", no solo por sus monumentos históricos o por sus prestaciones materiales. Ha reclamado una sociedad con "sensibilidad humana, solidaridad y respeto a los valores humanos y trascendentes".
La Sagrada Familia, símbolo universal de Barcelona, también ha aparecido en su reflexión. "Tenemos una ciudad maravillosa, admirada, tenemos la Sagrada Familia", ha recordado el cardenal. Pero inmediatamente ha desplazado el centro de la mirada: "La grandeza de una ciudad no se mide por los edificios", sino por la capacidad de sus habitantes de reconocerse y vivir "como hermanos".
Es aquí donde Omella ha situado lo que ha definido como el gran proyecto de la ciudad: una fraternidad capaz de ofrecerse también a los demás. Además, ha recordado que María ha ayudado a Barcelona a mirar más allá de sí misma y a abrirse a los pobres, a los necesitados y a quienes llegan de lejos. La Mercè, ha subrayado, continúa siendo un don para Barcelona porque recuerda que nadie ha nacido para vivir encadenado y que Dios abre caminos de libertad.
La palabra libertad ha recorrido buena parte de la predicación. Omella no se ha referido únicamente a las cadenas de la pobreza material, sino también a aquellas que pueden nacer del egoísmo, del vacío interior o de la obsesión por el éxito. Y ha dejado una pregunta a los fieles: "¿De qué soy cautivo? ¿Qué cadenas no me permiten vivir?".
En el tramo de la predicación pronunciado en castellano, el cardenal también ha puesto a María como ejemplo de una actitud marcada por la escucha. "María escucha más que habla. Hay que aprender de esto", ha afirmado. Una interrupción de la iluminación durante la celebración ha introducido, sin embargo, una nota espontánea en medio de la solemnidad. "¿Aquí se paga la luz?", ha preguntado Omella, antes de bromear con la colecta.
La celebración ha tenido también una dimensión especialmente significativa con la presencia de seis internas de la prisión de mujeres de Wad-Ras, que participan por tercer año consecutivo. Dos de ellas, Paula y Assumpció, han proclamado la primera y la segunda lectura.
Han concelebrado con el cardenal Omella el obispo de Sant Feliu de Llobregat, Xabier Gómez; el obispo de Terrassa, Salvador Cristau, y los obispos auxiliares de Barcelona, David Abadías y Javier Vilanova.
En el interior de la basílica, la celebración ha contado con una notable presencia institucional. Han asistido el presidente del Parlament de Catalunya, Josep Rull; el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, acompañado de miembros del gobierno municipal y concejales, y el conseller de Justicia, Ramon Espadaler. También han estado presentes representantes del ejército y de los cuerpos de seguridad, así como diputados, representantes de las universidades con sede en Barcelona y el director general de Asuntos Religiosos de la Generalitat, Ramon Bassas.
La dimensión popular de la fiesta también ha tenido su espacio. El séquito, con figuras como el Águila y los caballitos, se ha desplazado desde la plaza de Sant Jaume hasta la basílica, en una jornada en la que la ciudad ha vuelto a unir tradición religiosa, vida ciudadana y celebración festiva.
Antes de terminar, Omella ha felicitado al Parlament por el inicio del milenario de Paz y Tregua y ha expresado el deseo de que esta conmemoración dé frutos "para nuestra ciudad y toda Cataluña".
Y una vez terminada la misa, el cardenal todavía ha querido dejar una última petición a los presentes: "¡Que no se pierda el nombre de Mercè!". Desde el altar también ha señalado a los jóvenes vestidos de blanco que había en la basílica, que eran seminaristas. Ante la constatación de que a menudo se habla de la falta de vocaciones, Omella ha jugado con la idea de un posible "efecto papa León XIV" o "efecto sequía". Pero él mismo ha ofrecido otra lectura: "Es el efecto de Dios; los jóvenes responden".