"No se puede servir a Dios y al nacionalismo" Julio Puente: "¿Evangelio o política?"

La Iglesia está en el mundo para  iluminar con su mensaje
La Iglesia está en el mundo para iluminar con su mensaje

“Has corrompido tu sabiduría por causa de tu esplendor” (Ez 28, 17). El profeta y el ángel caído

La Carta Pastoral de los obispos de Cataluña de 1985, “Raíces cristianas de Cataluña”, podría haberla escrito algún político cristiano representante del pujolismo de aquellos años. Tal es su carga política

Hay muchas comunidades cristianas en Cataluña que no pueden respirar en el estrecho cercado del nacionalismo con el que muchos párrocos y algunos obispos catalanes parecen identificarse

¿Puede afirmarse que la Iglesia catalana tiene una actitud de adhesión a esta doctrina del concilio Vaticano II?

Entendemos lo que J. M. Castillo ha querido decir al afirmar en su libro El Evangelio marginado que en la Iglesia veneramos más los templos y las cofradías “que la dignidad y los derechos de tantas personas que se ven obligadas a sufrir más de lo que pueden soportar”. El afán de poder y de riqueza ha cegado a los hombres de Iglesia. No se ha marginado todo el Evangelio, pero sí ciertas propuestas y exigencias de Jesús.

Es innegable, como dice Castillo, que hay cristianos, curas y laicos, ejemplares, pero, al mismo tiempo, no se puede negar que existe con frecuencia una contradicción entre lo que la Iglesia enseña y lo que la Iglesia hace.

En ese contradictorio cristianismo vivía también Europa hasta que la tragedia de la guerra y Auschwitz convirtieron sus campos y ciudades en un cementerio. Como en España la guerra civil. Y esa contradicción existe también hoy en la sociedad española. No tardaremos en verlo si el Gobierno quiere revisar la fiscalización y hacer cuentas con la Iglesia.

La renuncia a la violencia. La Iglesia vasca

El concilio Vaticano II propuso como ideal cristiano “el firme propósito de respetar a los demás hombres y pueblos”, la paz como fruto de las obras de justicia y del amor, la exigencia de derechos “renunciando a la violencia” (GS, 78). La violencia, lo sabemos, engendra más violencia. “El que a hierro mata, a hierro muere” (Mt 26, 52).

El sacerdote vasco Juan Mari Lechosa defendió aquí, en RD, la postura de la Iglesia vasca en los años de la violencia terrorista. Pero frente a los que dicen que la Iglesia vasca hizo todo lo que pudo - y nadie duda de que condenó el uso de la violencia terrorista - hay otras voces que afirman que la Iglesia vasca podía haber hecho más. Tal vez se dio importancia a los ritos y se espiritualizó la fe y no se atendió suficientemente la enseñanza de Mt 25, 31-46 que nos hacía comprender el inviolable valor de cada persona.

Ciertamente siempre se puede hacer más, siempre se puede testimoniar más fielmente el Evangelio. Incluso ahora, cuando ha cesado la violencia, hay políticas nacionalistas, las relativas al euskera por ejemplo, que en democracia pueden ser abusivas y discriminatorias. Un gobierno no debe manipular desde el poder los hábitos lingüísticos de los ciudadanos ni hacer de un idioma un privilegio. La Iglesia olvida su función profética frente al poder y deja hacer. Y es solo un ejemplo. Los vascos pueden ser buenos cristianos. Pero ningún partido político puede decirse cristiano. Tampoco el nacionalismo vasco tiene un alma cristiana. Discrimina y excluye al otro.

Sigue siendo una ideología radical, extrema a la derecha y a la izquierda, con un grave déficit democrático. Sería injusto olvidar que a la Iglesia vasca pertenecen también Alfredo Tamayo Ayestarán y Antonio Beristain. Dieron un claro testimonio de su fe cristiana al permanecer al lado de las víctimas de ETA, de sus familias y del resto de los vascos que rechazaban públicamente el uso de la violencia. Alfredo Tamayo Ayestarán sí que habló de “una cierta falta de compasión”, de un “cierto grado de fracaso de la Iglesia vasca” en el tema del terrorismo y de la defensa de las víctimas. A él también le parecía que la Iglesia marginaba en cierto modo el Evangelio, pues hablaba mucho de sexo y se olvidaba de lo que era evangélicamente importante: la unión de los pueblos, no sucumbir ante la codicia del poder y del dinero…

Tamayo, Beristain. Dos nombres solamente. Pero hubo muchos otros. Maite Pagazaurtundúa y Fernando Savater podrían darnos una larga lista de compañeros, de ciudadanos vascos, que les acompañaron en su valiente oposición a la locura de aquellos conciudadanos cuyos exacerbados sentimientos nacionalistas habían privado de compasión a sus corazones y de luz a su entendimiento hasta convertirlos en seres capaces de quitar la vida a sus hermanos. Aunque el cristiano vasco recordaba cada día las palabras de Jesús “perdónales, porque no saben lo que hacen” el ciudadano tenía que hacerles frente desde la política, mientras las fuerzas del orden procuraban impedir los atentados.

Y, puesto que el miedo al nacionalismo siempre está ahí, y más cuando aparecen nuevos partidos extremistas en España y en Europa, no podemos tampoco olvidarnos de la situación en Cataluña. También allí hay una Iglesia, clero y laicado, que parece haberse alejado un tanto del Evangelio. Dentro de unos años alguien dirá que cumplió con su misión y dio testimonio de la fe cristiana. Otros dirán que podía haber hecho mucho más.

Por ejemplo, tener una posición menos complaciente con el nacionalismo defendiendo por igual los derechos y las libertades de todos los ciudadanos, siendo una instancia crítica frente a las clases económicas y políticas que detentan el poder en Cataluña.

Barcelona

Las raíces cristianas de Cataluña

El 11 de septiembre de 2009, un grupo de laicos cristianos, apoyado por personas e instituciones religiosas, fundó catalunyareligio.cat, un portal de Internet. El consejo editorial está formado por fundaciones como la fundación Joan Maragall o la Fundación Blanquerna y por una veintena de órdenes y congregaciones religiosas de Cataluña.

Con fecha del 14 de diciembre de 2009 ofrece un editorial presentando la fundación. El Consejo Editorial de la fundación nos habla en ese texto de dos actitudes determinantes de la Iglesia catalana. Una es la adhesión a la renovación del concilio Vaticano II. La otra actitud es “la identificación con la cultura y la lengua catalana como expresión de la identidad propia de Cataluña. Es el catolicismo que se expresa en Arrels Cristianes de Catalunya (Raíces Cristianas de Cataluña) y en las resoluciones del Concilio Provincial Tarraconense”.

Aquí veo yo una clara contradicción. No se puede servir a Dios y al nacionalismo. Porque si una de las actitudes de la Iglesia es su identificación con una determinada lengua y cultura entonces estamos traicionando la esencia del cristianismo, que se encarna en todas las lenguas y culturas, pero no se identifica con ninguna de ellas. Esto es lo que enseñó el concilio Vaticano II coincidiendo con la visión que del cristianismo tenía Ferdinand Ebner, el gran pensador austriaco. Y yo creo, con tantos otros cristianos que conocen y aprecian su obra, desde Romano Guardini a Karl Rahner, que Ebner acierta al entender así la fe cristiana.

Veamos. Si se da esa identificación ¿qué “buena nueva” puede aportar el mensaje cristiano? A un cristiano catalán le bastaría con ser un “buen” nacionalista catalán. De hecho el texto habla de la “fidelidad de la Iglesia a Cataluña”, en vez de preguntarse si la Iglesia es fiel al Evangelio. Desparecería entonces el aspecto profético del mensaje cristiano, el que nos lleva a cuestionar los sistemas faltos de humanidad y contrarios al Evangelio y a enfrentarnos al poder desde el dolor de las víctimas y de los pobres.

La Carta Pastoral se olvidó de la enseñanza del Vaticano II que nos dice, como apuntaba Ebner, que la Iglesia “no está ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni a sistema alguno político, económico o social” (GS, 42). ¿Cómo pudo la Iglesia catalana olvidar eso? Servir al pueblo, avanzar con la humanidad es “actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios” (GS, 40). De “fermento evangélico” habló el Concilio en GS, 26.

El cristianismo no cambia en principio la forma de una cultura, pero tampoco renuncia a su anuncio del reino de Dios para adherirse a los valores de una cultura, sino que actúa sobre el contenido, actúa como fermento. En la cultura siempre se va del contenido a la forma, y no al revés.

Y el contenido de la cultura catalana, como el de tantas culturas donde hay injusticias sociales y desigualdades, donde “la vanidad y la malicia” pueden transformar la actividad humana en instrumento de pecado (cf. GS, 37), no siempre es cristiano. La semilla del Evangelio cae con frecuencia en terreno pedregoso o lleno de abrojos (cf. Lc 8, 5-8). ¿Y no es desde hace décadas el nacionalismo el que trabaja para manipular el contenido del mensaje de la Iglesia a cambio de garantizarle su influjo y respetabilidad social con las ayudas que el poder sabe repartir entre sus adeptos? Ambos poderes, el religioso y el temporal, se apoyan y protegen mutuamente.

¿Ha de extrañar entonces que en el texto de la Carta Pastoral no haya más que una cita de la Biblia, una cita de la carta a los Efesios? Sólo al final, en el epílogo, se dan cuenta de que están hablando demasiado de política y poco de fe cristiana.

La Carta Pastoral de los obispos de Cataluña de 1985, “Raíces cristianas de Cataluña”, podría haberla escrito algún político cristiano representante del pujolismo de aquellos años. Tal es su carga política. De hecho la redactó un nacionalista, también sacerdote, que luego fue consagrado obispo, Joan Carrera. Conocía bien el mundo de la emigración, el mestizaje de la sociedad catalana, pero en esta Carta esa sociedad apenas tiene voz.

Los obispos se creen en el deber pastoral de dar fe del hecho nacional catalán. “La existencia de la nación catalana exige una adecuada estructura jurídico-política”.

Catedral

Es verdad que en la carta hay un capítulo dedicado a la justicia social en el que se aboga con citas del papa Juan Pablo II por una economía al servicio del hombre. Ese servicio al hombre que se olvida cuando tocamos el tema de la educación. Entonces todo se pone al servicio del proyecto nacionalista. El último capítulo de la carta está dedicado a “els qui han vingut de fora”. Pero si citando a Vicens i Vives se recuerda que los catalanes son “fruit de diversos llevats”, un producto de diversas levaduras y fermentos, se debería dar más importancia a la realidad del mestizaje. La frase de Vicens i Vives, que la carta no cita completa, dice así: “somos producto de diversos fermentos, y, por tanto, cultural y biológicamente mestizos”. Y este mestizaje debería hacer ver que no tiene mucho sentido hablar en 1985 de los “venidos de fuera”. Todos somos caminantes y no tenemos más raíces que las huellas que dejamos a nuestro paso por este mundo.

Y en una sociedad democrática como es la catalana, donde se deberían respetar los derechos de todos y todas las lenguas no debería ser necesario hablar del respeto a las diversas culturas como recomiendan los obispos que se haga en las parroquias con población emigrante. Debería ser algo obvio que el mestizaje es una seña de identidad de la cultura catalana.

El clasismo y el clientelismo como defectos de la práctica política en Cataluña se ve también en el hecho de que la participación de cristianos emigrantes en los consejos parroquiales de esas zonas se proponga como ejemplo a seguir por la clase política catalana. Aquí, en esta denuncia indirecta de una discriminación, sí que reconocemos, como al hablar de la justicia social, el espíritu del Evangelio.

En esta Carta Pastoral no se habla de pluralidad de culturas y de lenguas en Cataluña. ¿Por qué esconden los obispos que, además del catalán, los catalanes tienen también como lengua propia el español, una lengua que comparten con varios cientos de hablantes en el mundo? Porque esa es la realidad social. Pero no hablan de una identidad plural. Cuando se habla de pluralidad es para hablar del pluralismo religioso.

La Iglesia catalana aparece en este documento como un firme pilar del pensamiento nacionalista. La fidelidad de la que se siente orgullosa es la fidelidad a Cataluña, aunque quizá habrá que entenderlo como fidelidad al nacionalismo. Afirman los obispos que todas las culturas cambian y evolucionan con el hombre. Pero los cambios no afectan a la visión que tienen de la identidad política de Cataluña, que es estática y no dinámica. Lo muestran cuando dicen que la parroquia fue “la única presencia activa durante años de la sociedad catalana en las zonas de más emigración”. Los obispos no consideran las zonas con población emigrante parte integrante de la “sociedad catalana”, aunque olvidada. Solo la parroquia.
¿Una Iglesia sin profetas y al servicio del nacionalismo?

Ese es el concepto un tanto excluyente, monolítico, homogéneo de Cataluña que la Iglesia ha defendido hasta hoy. ¿No se parece demasiado a aquel concreto proyecto político “basado en un nacionalismo radical que buscaba una sociedad vasca homogénea en el sentimiento de pertenencia y en el que solo cabía una identidad, la radical nacionalista”? Es así como otro demócrata vasco, Joseba Arregi, ha descrito al nacionalismo vasco.

Bernabé Dalmau, monje de Montserrat, ha señalado que el documento “Al servei del nostre poble” del Concilio Provincial Tarraconense recoge esa misma enseñanza de la carta “Arrels Cristianes de Catalunya”. Bien, pues ahora ya sabemos que había manipulación y adoctrinamiento nacionalista no solo en las escuelas y en TV3, sino también en las parroquias. Se comprende así mejor el aumento del secesionismo en Cataluña y los hechos de 2017.

La Iglesia catalana ha sido un elemento determinante en la configuración de Cataluña como país. Da la impresión de que han sido los clérigos los que han inspirado el pensamiento nacionalista, la forma en que debe entenderse la identidad política de Cataluña, pero no animando la cultura catalana con el espíritu del Evangelio, sino generando en el seno mismo de la Iglesia un pensamiento político y cultural que se ha ido desarrollando a lo largo de la historia, alejándose progresivamente del Evangelio y haciéndose en sí mismo una religión de ritos y doctrinas invariables al servicio de los sectores sociales dominantes. ¿No nació Convergència Democràtica en 1974 en el monasterio de Montserrat?

La Iglesia y la religión en Cataluña están politizadas. Como lo estaban en toda España en tiempo de la dictadura. La Iglesia catalana es hoy día lo más parecido a una Iglesia “estatal”. Es, por tanto, un “modus vivendi”. Es un poderoso entramado de intereses políticos y religiosos controlado por una parte de la burguesía catalana, la nacionalista, reacia a compartir el poder. Las misas de los monjes de Montserrat acaban, a veces, en aplausos cuando las homilías repiten lo que a los feligreses secesionistas les agrada oír. Se olvidan estos fieles de que lo primero es ir a reconciliarse con el hermano dejando la ofrenda delante del altar (Mt 5, 24). Es la religión de los lazos amarillos y de los “presos políticos”, con cientos de párrocos detrás. La religión de la “estelada” en los balcones y en los campanarios.

¿Es esta la misión de la Iglesia de Jesús de Nazaret? ¿Qué tiene que ver todo este tinglado político-religioso con el mensaje cristiano? ¿En qué se está convirtiendo la fe cristiana? ¿Dónde están las voces proféticas? ¿No hay en Cataluña un Alfredo Tamayo, un Antonio Beristain? Tenemos a González Faus, con una posición clara a favor de los excluidos del sistema y contra las desigualdades sociales, pero que tiene que nadar entre dos aguas. Pocas voces más.

¿Iglesia nacionalista?

El nacionalismo radical secesionista también está produciendo en Cataluña muchas víctimas y no es momento para decir “me vuelvo al desierto”, Je retourne dans le désert! como recordaba Víctor Hugo en su poema “La Fonction du poète”. “Honte au penseur qui se mutile et s’en va, chanteur inutile, par la porte de la cité”. Hacen falta buenos pensadores independientes, sin partidos ni prebendas.

Hannah Arendt nos habló en su libro “Los orígenes del totalitarismo” de cómo las clases populares y las élites pueden apoyarse mutuamente y sentir atracción por los movimientos con tintes totalitarios. Habla de “la terrible lista de hombres preclaros a los que el totalitarismo puede contar entre sus simpatizantes, compañeros de viajes y afiliados del partido”. ¿Extravagancia artística o ingenuidad académica, como decía Arendt? El totalitario no es ni justo, ni compasivo. ¿No es una prueba de haber perdido toda capacidad para “sentir con el otro”, esa “falta de compasión” de la que hablaba Alfredo Tamayo, la situación de la enseñanza en Cataluña?

Podremos creer, desde posiciones nacionalistas o desde posiciones de izquierda que vean la independencia como un ideal, que no resulta pertinente hablar de derechos lingüísticos. Pero ¿hay algo más pertinente, en el sentido de adecuado y conveniente, que hablar del derecho a recibir la educación en la lengua que mejor domina uno cuando esta, además, es la lengua común y oficial de la sociedad y del país en que uno vive?

También podemos intentar justificar ese trato injusto y falto de toda empatía de la necesidad de combatir la diglosia. Pero ¿tendría sentido impedir la enseñanza en inglés en la República de Irlanda a los irlandeses de expresión inglesa para solucionar la situación de diglosia en que viven el inglés y el irlandés? No es justo promover el navajo o el español en Nuevo México impidiendo que los hablantes de inglés sean educados en su idioma. Creo que está ciego quien no lo vea.

El Ángel Caído

Probablemente es eso, simplemente ceguera, no maldad. Porque los nacionalistas son personas normales. Pero ocurre que el mal es, con frecuencia, banal. El nacionalismo, ese virus que contagia también a hombres preclaros, a intelectuales afamados y genios de las artes, nos ha dejado ciegos y nos ha hecho insensibles ante el dolor del otro. Un mal así puede ser nuestra perdición. Lo dijo Robert Musil en su novela “El hombre sin atributos”: “Sí, a pesar de todo lo que se diga en contra, Kakania era quizá un país de genios, y probablemente fue esta la causa de su ruina”. El “procés”, como la “Acción paralela” en la novela de Musil, era un proyecto hacia la nada que trajo a todos de cabeza durante mucho tiempo. Las ideas delirantes de unos pocos arrastraron tras de sí a las masas.

¿Qué es lo que llevó a tantos a embarcarse en una aventura que puso en grave peligro nuestra convivencia? ¿Fue ese espíritu de vanidad y de malicia (“vanitatis et malitiae”) del que hablaba el texto de la Gaudium et Spes? Es muy posible, porque ahí está la raíz de todos los males, en nuestra soberbia ante el otro.
Non serviam! Interpretamos como esclavitud lo que en democracia es vida en relación y en interdependencia, porque toda entidad política surge en un cruce de caminos y nuestro bienestar también se lo debemos a otros.

Todos conocemos esos textos de la Biblia en los que se nos habla del orgullo y de la caída (Is 14, 11). En el profeta Ezequiel leemos: “Has corrompido tu sabiduría por causa de tu esplendor. Yo te he precipitado en tierra” (Ez 28, 17). “Tú que habías dicho en tu corazón: Al cielo voy a subir”, “…al seol has sido precipitado” (Is 14, 13 y 15). John Milton lo plasmó literariamente con gran maestría en su “Paraíso perdido” y Gustavo Doré lo ilustró magníficamente con sus láminas, como aquella del ángel arrojado del paraíso. Ricardo Bellver nos ha dejado en el parque del Buen Retiro de Madrid su magnífica escultura, El Ángel Caído (1877). Representa bien la visión de las palabras de Isaías: “Ha sido precipitada al seol tu arrogancia. ¡Cómo has caído de los cielos, Helel ben Shahar! (Is 14, 11-12).

La Iglesia catalana tiene que anunciar y testimoniar el Evangelio y renunciar a apoyar con su actitud el pensamiento político acusador y excluyente del nacionalismo radical. No es propio de un cristiano acusar de ladrones a sus hermanos ni tratar de lavar sus pecados buscando chivos expiatorios. Del acusador de los hermanos que fue arrojado y vencido habla también la Escritura (cf. Ap 12, 10).

Hay muchas comunidades cristianas en Cataluña que no pueden respirar en el estrecho cercado del nacionalismo con el que muchos párrocos y algunos obispos catalanes parecen identificarse. Los pastores tienen que cuidar de todas sus ovejas (cf. Jn 10, 16) y ser fieles a su misión, que no es teñir de un determinado color político la fe ni definir lo que constituye la identidad política y cultural de una comunidad.

La Iglesia está en el mundo para iluminar con su mensaje toda la actividad humana, pero “no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno”, promueve, eso sí, “la libertad y la responsabilidad política del ciudadano” (GS, 76). ¿Puede afirmarse que la Iglesia catalana tiene una actitud de adhesión a esta doctrina del concilio Vaticano II?

El ángel caído

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