Mi visita a Tierra Santa (IV) Panes y peces: comida y comensales (de Tabgha a Noche Dame de Jerusalén)

Panes y peces: comida y comensales (de Tabgha a Noche Dame de Jerusalén)
Panes y peces: comida y comensales (de Tabgha a Noche Dame de Jerusalén)

Aunque no solo de pan viva el hombre, según la contundente réplica de Jesús a su tentador, lo cierto es que no puede vivir sin él. Y Jesús mismo, atento a todo lo humano, en Tabgha se preocupó también del hambre de los miles de personas que habían ido a escucharle

Los cristianos no deberíamos tener duda ni sobre que “comer” sea una de las claves más esclarecedoras del mensaje evangélico que predicó Jesús, ni sobre que la “comida milagrosa” de panes y peces presagiaba lo que iba a ocurrir en la “Última Cena”, cuando instituyó la eucaristía, partiendo y compartiendo el pan

Toda la fuerza constitutiva de la eucaristía, asentada sobre el pan y el vino como soportes sacramentales, está en la imperiosa orden de Jesús de “tomad y comed”, “tomad y bebed”, que cumple claramente la esencial función del pan y del vino utilizados como materia

Temprano, la mañana del día 20 de noviembre, ataviados de nubes y lluvias, viajamos de Tiberias a Tabgha, en la costa del Mar de Galilea, donde se cree que Jesús hizo el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. La multitud le había seguido y escuchado todo el día como embobada por la sublimidad de sus palabras, sin ni siquiera reparar en las necesidades primarias de sus estómagos, pero la naturaleza humana es lo que es y de ahí que siempre vuelva por sus fueros. Aunque no solo de pan viva el hombre, según la contundente réplica de Jesús a su tentador, lo cierto es que no puede vivir sin él. Y Jesús mismo, atento a todo lo humano, en Tabgha se preocupó también del hambre de los miles de personas que habían ido a escucharle. ¿Hubo multiplicación mágica o milagrosa de panes y peces o fue más bien un reparto fraternal generoso entre todos de lo que los más afortunados llevaban consigo?

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Sin tratar de dilucidar tal dilema, es fácil calibrar que, de tratarse de lo segundo, el milagro habría sido todavía mayor. Sin darnos cuenta, a diario asistimos a lo que posiblemente sea, por un lado, el más hermoso de los milagros y, por otro, el más deleznable de los escándalos: gran milagro es, desde luego, que un porcentaje relativamente pequeño de la humanidad produzca hoy alimentos sobrados para que podamos saciar el hambre y nutrirnos como es debido los casi ocho mil millones de seres humanos que poblamos el planeta, pero también es gran escándalo que una minoría ínfima de aprovechados se apropie de muchos de ellos para despilfarrar o para almacenar especulativamente, como si unos pocos pretendieran vivir mil años mientras mil millones de seres humanos pasan hambre y muchos de ellos mueren por desnutrición.

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Los cristianos no deberíamos tener duda alguna ni sobre que “comer” sea una de las claves más esclarecedoras del mensaje evangélico que predicó Jesús, ni sobre que la “comida milagrosa” de panes y peces a que nos hemos referido, visto el Evangelio como un todo homogéneo, presagiaba lo que iba a ocurrir en su despedida, en la “Última Cena”, cuando instituyó la eucaristía, partiendo y compartiendo el pan. Que todos los seres humanos puedan comer, tema que claramente preocupaba a Jesús, debería ser uno de los más grandes retos pastorales de la Iglesia actual. La quiebra en este terreno se carga de un plumazo no solo las bienaventuranzas, sino también la eucaristía misma, es decir, lo más esencial y lo más hermoso del cristianismo.

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Las maravillas evangélicas de Tabgha, las referidas a la predicación de Jesús y a la multiplicación milagrosa de los panes y los peces, revivieron cuando, en la mañana del día 21, visitamos el Cenáculo en el Monte Sion, donde se cree que Jesús celebró con sus discípulos su Última Cena. Hoy sorprende tanto la robustez del entorno monumental como la sobriedad del Cenáculo mismo. Al comentarle esta visita a un amigo, muy sensibilizado con la religión, me alertó y decepcionó un poco al decirme que ese Cenáculo estaba siendo “profanado” por los musulmanes que entran en él para realizar sus rezos.

Efectivamente, durante la media hora que nosotros pudimos permanecer en él, cinco o seis jóvenes musulmanes entraron para rezar postrados y, tras hacerlo, sacar algunas fotografías del lugar. Lejos de incomodarme por el parecer de mi amigo, me pareció que la devota presencia allí de aquellos jóvenes musulmanes más bien realzaba la universalidad de la dimensión cristiana de la Última Cena de Jesús, algo así como si la orden de “tomad y comed”, “tomad y bebed”, no tuviera límite alguno. Creo francamente que hay gran diferencia entre profanar un rito y realzar su alcance y su plenitud.

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Como ese día era domingo, nadie en el grupo, tampoco yo, se resignaba a no asistir a la celebración de una misa celebrada en Jerusalén. Pensábamos que no habría problema para hacerlo al final de la tarde, cuando estuviéramos en el Santo Sepulcro. Tras la visita al Cenáculo, nos desplazamos paseando tranquilamente hasta el Muro de las Lamentaciones. Nos detuvimos un buen rato en la explanada, dando rienda suelta para que cada cual se comportara allí y viviera aquellos minutos a su modo. Algunos nos acercamos al Muro y, tras orar devotamente, yo introduje en las ranuras de sus piedras, como un devoto judío más, un papel con nombres de amigos e instituciones.Digamos de paso que, comportándome así, espero no haber escandalizado a ningún judío devoto ni haber profanado el más sagrado de sus lugares de culto.

Acto seguido, continuamos nuestro paseo hacia la capilla de la coronación de espinas y la iglesia de la flagelación. Nos detuvimos un buen rato en ellas, rememorando todo lo acontecido en aquel lugar, e iniciamos allí mismo el recorrido de la Vía Dolorosa. Caminamos por ella sin prisa, parando en cada una de las “estaciones del viacrucis”. Quienes no conocían todavía el lugar, no pudieron menos de sorprenderse al toparse de golpe, como saliendo de un túnel o de una encrucijada, con la plazoleta en la que está emplazado, como dijo alguno de ellos, “el templo más importante de toda la Cristiandad”.

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A la entrada del Santo Sepulcro, en torno a la piedra del embalsamamiento de Jesús, que tantos besan arrodillados, una procesión de monjes católicos, acompañados solo por un puñadito de fieles, entonaba cánticos en latín con motivo de la celebración de la festividad de Cristo Rey. Nos sumamos a la procesión. Los monjes se detuvieron unos minutos a la entrada del edículo mientras seguían cantando. El ambiente, iluminado por las candelas que los monjes llevaban grapadas a sus libros de canto, invitaba al recogimiento, a la intimidad, a la oración.

La procesión concluyó en la capilla católica, donde se cantó, una vez más, el “Pater noster” y el “Pange lingua”. El oficiante, revestido con los ornamentos de rigor, dio la bendición con el Santísimo a todos los presentes. La verdad es que aquel Padrenuestro, cantado con tanta unción y fuerza por los monjes, me conmovió de tal manera que me pareció nuevo, como si lo estuviera oyendo por primera vez. Pero nuestra decepción fue grande cuando comprobamos, tras dicha ceremonia, que ese domingo ya no se celebraría allí ninguna misa más. Y no nos valió el ruego que hicimos a uno de aquellos monjes, al que tuvimos acceso, para que celebrara una misa para nosotros.

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Afortunadamente, como creo que sucedió en toda nuestra peregrinación por Tierra Santa, nos acompañaba una especie de “suerte providencial”, pues en seguida supimos que una media hora después se celebraría una misa en el Centro de Notre Dame de Jerusalén, situado fuera de la muralla, entre las puertas Nueva y Damasco, no muy lejos del Santo Sepulcro. Nos desplazamos a pie y llegamos todavía a tiempo para asistir a la bendición del Santísimo que también se impartió allí justo antes de la misa. La misa fue celebrada en inglés por un sacerdote español. Aunque la verdad es que tengo en poco aprecio las misas católicas por lo muy poco que se parecen a la Última Cena del Señor y porque cumplen muy deficientemente su cometido de ser auténtico “memorial” de su vida y de su muerte, en esta ocasión, fuera por la celebración de la festividad de Cristo Rey, fuera por el espíritu de la peregrinación que realizábamos, lo cierto es que no me costó trabajo alguno meterme de lleno en aquella misa para seguir con emoción su liturgia y, llegado el momento, también para comulgar, cosa que solo hago muy de tarde en tarde.

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Los seguidores de este blog saben muy bien que, para mí, estudioso de la eucaristía en mis tiempos de juventud, ella es el epicentro del cristianismo, cimiento y armazón de la Iglesia, la auténtica gran fuerza que esta tiene en sus manos para evangelizar el mundo, para mejorarlo en serio y a fondo. Claro que, para lograr tal proeza, los cristianos jamás deberíamos olvidar que toda la fuerza constitutiva de la eucaristía, asentada sobre el pan y el vino como soportes sacramentales, está en la imperiosa orden de Jesús de “tomad y comed”, “tomad y bebed”, que cumple claramente la esencial función del pan y del vino utilizados como materia.

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En otras palabras, el pan y el vino, lo mismo por su función natural que por la sacramental, derivada la segunda de la primera, solo sirven para ser comida y bebida. Cualquier otra cosa que se haga con ellos los desvirtúa y, en el ámbito de lo litúrgico, los desnaturaliza hasta convertirlos en usurpación o profanación. Si nos adentramos en su virtualidad sirviéndonos de la mejor teología y de una espiritualidad bien ceñida al juego que da lo sacramental, lo cierto es que me seduce una tradición secular cristiana que ve en cada ser humano un grano de trigo y otro de uva eucarísticos, incorporándolo así al hecho mismo de la salvación.

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De lo dicho se deduce fácilmente que, en la comunión que recibí en Notre Dame, tuve clara conciencia de que me alimentaba de los ocho mil millones de seres humanos que hoy habitamos en este planeta, pues comer debidamente el cuerpo de Cristo lleva a entrar en comunión con todos ellos, y de que, a mi vez, yo mismo me convertía en su alimento. La Cena del Señor obra el milagro de que todos seamos al mismo tiempo comida y comensales.  Dejemos solo constancia de que continuar esa hermosa tradición nos aportaría una extraordinaria fuerza evangelizadora, de carácter netamente ascético, reformador y regenerativo, cifrada en la contundencia de los procesos de elaboración del pan y del vino, procesos a los que debemos someternos los cristianos para convertirnos en eucaristía.

Para entender a fondo ese proceso, digamos que en la celebración de la eucaristía tiene muchísima más importancia el concepto de “compartir” que la “elucubración filosófica” de la transustanciación, la misma fuerza y trascendencia que debemos darle al gesto del “lavatorio de pies” en la Última Cena del Señor.

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Volviendo al hilo de nuestro relato para poner punto final a esta cuarta entrega, digamos que aquella tarde-noche, en el Centro Notre Dame de Jerusalén, me cayó encima, como un chaparrón, toda la fuerza del discurso de Jesús en Tabgha, y que, estando realmente muy hambriento, me harté de pan y pescado al único precio de compartir mi vida, cuanto soy y tengo, con todos los seres humanos. ¡Momentos inolvidables vividos a los pies de Notre Dame de Jerusalén, meta ese día a donde habíamos llegado llevando en nuestra mochila los acontecimientos evangélicos que tuvieron lugar en Tabgha, en el Cenáculo, en la Vía Dolorosa y en el Santo Sepulcro!

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