Buenas personas

Más y mejor - 14

También en nuestro tiempo

buenas personas
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Damos hoy un paso más para adentrarnos en la dimensión ética de la vida humana, siguiendo la huella de nuestro maestro Chávarri.

En un mundo fascinado por la eficacia, el éxito económico y el brillo aparente de la imagen, la pregunta por la bondad suele quedar arrinconada como un residuo romántico o un convencionalismo bienintencionado. Sin embargo, cuando nos detenemos a reflexionar sobre la textura más íntima de nuestras vidas, descubrimos que la dimensión ética no es un mero catálogo de prohibiciones, sino el terreno donde nos jugamos nuestra condición más determinante y profunda.

Con extraordinaria lucidez, Eladio Chávarri nos recuerda que la característica fundamental y diferenciadora de la dimensión ética radica en algo tan sobrio como revolucionario: lo valioso y disvalioso ético lo produce la decisión de hacerse buen hombre o mal hombre y obrar en consecuencia.

A partir de esta intuición, vale la pena adentrarnos en las claves de una madurez ética que constituye, hoy más que nunca, la verdadera semilla de confianza para alcanzar la plenitud que anhelamos.

eficiente empresario dictador
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1. La bondad no depende del éxito: la dignidad en la vulnerabilidad

Uno de los grandes aciertos de Chávarri consiste en desvelar la independencia o la autonomía de la ética respecto a otras dimensiones de la vida. Recordamos que todas las dimensiones son autónomas, si bien todas, aunadas por nuestra condición de personas, intervienen en el mismo juego de construir o demoler la vida humana. Vivimos en una sociedad que tiende a confundir el valor de la persona con sus capacidades técnicos-profesionales, su salud física o su estatus social, la sociedad del predominio absoluto del hombre productor-consumidor, que es el punto de partida o de referencia de la magistral reflexión de Chávarri sobre el hombre. Sin embargo, la bondad moral sigue una lógica radicalmente distinta y subversiva.

Ser un buen ser humano es perfectamente compatible con estar enfermo, ser pobre, ignorante, estar marginado o privado de libertad. Y, del mismo modo, se puede ser un técnico brillante, un artista aclamado o un próspero empresario y ser, en el fondo, una mala persona.

Esta distinción adquiere un matiz profundamente evangélico. Jesús de Nazaret nunca midió a los hombres de su tiempo por su nivel cultural, su solvencia económica o su estatus de pureza ritual. Miró el corazón, la decisión íntima de hacerse prójimo al estilo del buen samaritano. La bondad no es un privilegio de los afortunados; es una posibilidad siempre abierta para cualquiera, incluso en las circunstancias más empobrecedoras e incluso dramáticas.

De esta vivencia brota el auténtico termómetro del alma: la buena conciencia. No como una autosatisfacción farisaica, sino como ese bienestar interior, profundo e inalienable, que no se puede comprar con dinero ni sustituir con aplausos.

2. Tres caminos para encarnar lo ético

Para aterrizar esta decisión de "hacernos buenos", Chávarri nos ofrece una tipología sumamente esclarecedora a través de tres grandes manifestaciones:

¿ley muerta?
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A) La ética de la regulación: del deber a la justicia social

Las normas y los códigos no son fines en sí mismos, sino mediaciones pedagógicas. Van desde los principios más universales («haz el bien y evita el mal», «no hagas a otro lo que no quieras para ti») hasta la exigencia de compromisos concretos y actuales. Hoy, la regulación moral exige responder a grandes tareas globales: la eliminación de las estructuras de poder opresoras, la igualdad de oportunidades y la lucha contra el consumismo compulsivo e insaciable que devora la casa común. La regulación justa nos protege de egoísmos descontrolados.

B) La ética de la virtud: la forja del carácter

La virtud es la libertad entrenada y estrenada. No actuamos bien por un impulso caprichoso o como la veleta que gira según el viento; actuamos bien porque hemos cultivado hábitos que preparan nuestras capacidades para responder con prontitud, facilidad y agrado a las exigencias del bien obrar. Cuando la libertad se empapa de justicia, solidaridad o misericordia, la respuesta buena surge de manera fluida y previsible. La virtud nos fortalece interiormente para sostener el bien aun cuando soplen vientos en contra.

C) La ética de la felicidad: un anhelo transversal

Finalmente, la búsqueda de la felicidad atraviesa toda la existencia. Aunque existan filosofías o místicas que pretendan la indiferencia absoluta superando la frontera entre el bien y el mal, la realidad cotidiana nos demuestra que el ser humano está hecho para la plenitud. Una felicidad modesta y prudente —consciente de las limitaciones de la historia— es el motor que nos impulsa a buscar bienes reales y evitar males presentes.

3. Delicadeza y jerarquía: la primacía de lo humano

Existe otra aportación decisiva en la obra de Chávarri: la necesidad de situar la ética en su justo lugar dentro del abanico de virtualidades que mueven la vida humana. Es cierto que la actividad deliberada y libre no es patrimonio exclusivo de la moral; elegimos libremente cómo alimentarnos, qué arte cultivar o cómo cuidar nuestro cuerpo. Y es igualmente cierto que un dolor de muelas, el desempleo de larga duración o la falta de afecto generan insatisfacciones tan desgarradoras como la mala conciencia.

Sin embargo, a pesar de esta pluralidad de dimensiones, el «deber ser» ético ostenta una fuerza gravitatoria especial sobre todas las demás. El imperativo de ser buena persona resulta infinitamente más decisivo que el de ser un buen cocinero, buen médico o un buen académico. Una sociedad puede sobrevivir con malos profesionales en diversas áreas, pero se desmorona irremediablemente cuando se vacía de buenas personas.

Horizontes de esperanza
Horizontes de esperanza

4. La esperanza de hacernos buenos como acto de resistencia

¿Qué nos dice todo esto a quienes buscamos cultivar la esperanza en el seno de la Iglesia y del mundo contemporáneo?

Nos recuerda, en primer lugar, que la ética cristiana no es un moralismo asfixiante, sino un camino de liberación y de humanización. La fe en el Dios de la vida no viene a anular nuestra autonomía deliberativa, sino a potenciarla y dotarla de un sentido pleno. Nos invita a ejercer la libertad no como mero libre albedrío consumista —elegir entre opciones de mercado—, sino como la capacidad bendita de elegir quiénes queremos ser para los demás.

En segundo lugar, nos capacita para desmontar los ídolos de nuestra época. Frente a la cultura del descarte y de la eficacia despiadada, proclamamos que la valía fundamental de un ser humano reside en su bondad. Un anciano con demencia, un migrante sin papeles o un enfermo crónico pueden no ser «productivos» según la lógica del mercado, pero en su vulnerabilidad custodian la plenitud de la dignidad humana y son capaces de los actos de bondad más puros.

Por último, esta perspectiva nos infunde una profunda confianza en la historia. Si ser buenos o malos es el resultado de decisiones deliberadas y de autonomías ejercidas, significa que la historia no está escrita de antemano. No estamos condenados al cinismo, al enfrentamiento o al deterioro moral. Cada mañana, en la sencillez de lo cotidiano, se nos renueva el poder de decidir, de cultivar virtudes, de combatir la injusticia y de sanar o mejorar relaciones.

bondad a raudales
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Conclusión: la audacia de la bondad cotidiana

Hacernos buenos seres humanos es, en última instancia, una tarea nunca terminada, una vocación artesanal que dura toda la vida. Requiere la prudencia para regular nuestras acciones, la constancia para cultivar la virtud y la audacia para perseguir una felicidad que no ignore las heridas del prójimo.

En un tiempo gris, marcado por la polarización y el desencanto, optar por la bondad no es ingenuidad: es resistencia activa, fe en la gracia que actúa en lo escondido y, en definitiva, la forma más alta de encarnar una fe viva, una esperanza vivificadora. El coraje, en definitiva, de ver a Jesús paseándose por nuestras calles y de sentir que remueve vivifica los fundamentos mismos de nuestras vidas.

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