Colonización económica de la condición humana

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Mercancía y dinero

El dios del dinero
El dios del dinero

Una lectura crítica desde la antropología vital de Eladio Chávarri

Lo primero de hoy es disculparme ante los seguidores de este blog por acudir a él una semana tarde debido a circunstancias particulares, sabedor de que la reflexión que sigue no los defraudará.

¿Cómo ha llegado el mercado a suplantar la trascendencia en el horizonte contemporáneo? A través del prisma sistemático del maestro Eladio Chávarri, analizamos la mutación de la dimensión económica, que ha pasado de ser en el pasado y durante mucho tiempo un mero soporte de la subsistencia material a erigirse en el núcleo soberano, invasivo y sacralizado de nuestra existencia colectiva, de nuestra actual forma de vida.

La religión como factótum
La religión como factótum

1. De esclavas ancestrales a soberanas absolutas

Nos proponemos abordar hoy la dimensión vital económica. Se trata de un viaje analítico guiado por la propuesta antropológica de Chávarri, quien en su obra fundamental, Los valores y los contravalores de nuestro mundo, sitúa esta vertiente en el tercer escaño de su taxonomía, precedida por la dimensión epistémica, calificada como cognitiva, y la biopsíquica, que abordamos en nuestra reflexión anterior, siguiendo su riguroso orden alfabético. Permítaseme introducir una breve pero esclarecedora nota analítica a este respecto: si bien en su temprano texto Perfiles de nueva humanidad el autor identificaba únicamente siete dimensiones vitales, en la obra referida, fruto de una maduración intelectual de varios años, expande su arquitectura a ocho dimensiones al incorporar formalmente la dimensión vital lúdica, a la que nos referiremos en su momento, reconociendo explícitamente el peso ontológico que el juego tiene en el despliegue del ser humano.

Para encuadrar adecuadamente nuestro objeto de reflexión, resulta imperativo denunciar que la dimensión económica y su aliada íntima, la biopsíquica, vienen conformando, con agresividad acelerada, desde hace ya casi un siglo, el núcleo duro, hegemónico e invasivo de la actual forma de vida del hombre productor-consumidor en que nos hemos convertido. En este ecosistema hipermaterialista, el culto idolátrico al cuerpo y el vasallaje ante el dinero lo copan y eclipsan prácticamente todo.

Nos referimos a un hecho que contrasta de forma dramática con el devenir histórico secular. Durante centurias, ese núcleo rector de la existencia humana estuvo sólidamente ocupado, también de forma abusiva, por la dimensión religiosa. Bajo aquel paradigma teocéntrico, las pulsiones económicas y biológicas se manifestaban de manera tenue y desprovista de relieve autónomo; la vida terrenal se percibía apenas como una sombra fugaz de la vida eterna, como un umbral de prueba en cuyo altar se sacrificaba voluntariamente cualquier bien intramundano. La quiebra de la modernidad ha invertido los polos: de ser esclavas subordinadas en el tejido medieval, ambas dimensiones han pasado a erigirse desde mediados del siglo pasado en soberanas absolutas y tiránicas del escenario actual.

La vida como puro mercadeo
La vida como puro mercadeo

2. El gran escenario del mercado colosal

De ahí que el marco de análisis en el que nos situamos, siguiendo a Chávarri, se ubique de lleno en el corte histórico presente de nuestra tradición valorativa. El diagnóstico es nítido: la realidad se nos presenta hoy como un gigantesco escenario mundial, un teatro globalizado donde acontecen complejas, febriles y multiformes manifestaciones vitales de carácter estrictamente biopsíquico y económico. Este escenario dibuja la imagen nítida de un mercado colosal, fragmentado en infinitas e interconectadas secciones. El principio ontológico fundamental que rige todos los movimientos, flujos y transformaciones dentro de este orden estipula que cuanto sucede en dicho escenario lleva consigo el marchamo y la peculiar condición de ser mercancía. Chávarri desgrana con lujo de detalles tres de las variaciones valorativas más importantes de la dimensión vital económica.

3. Primera variación: la creación omnívora de mercancías

En el proceso de génesis mercantil, Chávarri desglosa con agudeza tres subvariaciones fundamentales: los productos, los servicios y los recursos. En lo relativo a los productos, el catálogo se desborda, pues abarca desde los frutos primarios de la huerta y el mar hasta los artefactos más sofisticados e intangibles de la alta tecnología contemporánea. Igualmente, inmenso es el entramado de los marcos constitutivos específicos que hacen posible su producción: las corporaciones y empresas, sus complejas estructuras de equipamiento, la colosal racionalidad técnica que dirige y optimiza dicho engranaje, y la peculiar red de socialidad jerárquica y funcional que se genera en el universo del trabajo, uniendo en una misma cadena a diseñadores estratégicos y a ejecutores mecánicos.

Por su parte, la creación de servicios nos sitúa ante otro inventario macroeconómico que no cesa de expandirse a medida que nuestras sociedades hiperdesarrolladas avanzan hacia la sofisticación técnica. Nos hallamos ante el macrosector terciario de la economía, el cual representa holgadamente dos tercios del Producto Interior Bruto (PIB) global. Chávarri nos recuerda oportunamente que, en las sociedades opulentas contemporáneas, la generación de servicios se incrementa en proporciones geométricas. No obstante, al adoptar estos la naturaleza ontológica de la mercancía, quedan sometidos a la lógica del poder adquisitivo: el usuario adinerado y solvente disfruta de ellos a su antojo y conveniencia, mientras que las mayorías desposeídas quedan marginadas de prestaciones vitales básicas.

Finalmente, es evidente que tanto los productos como los servicios devoran incansablemente recursos. Las fuentes nutricionales de este sistema se encuentran, como señala el autor, en las materias primas primigenias, en el control de las moléculas y de los átomos, en la explotación de la tierra, de los ríos y de los mares; se nutren de las plantas, de los animales, de la energía fósil o renovable, y de la instrumentalización de las propias personas, de los capitales financieros, de las tecnologías de vanguardia, de los utillajes y de la ingeniería organizacional. Nada escapa a la fagocitación del sistema extractor.

4. Segunda variación: la asignación mercantil y el imperio del dinero

La circulación de los bienes exige un tejido relacional inmenso por el cual transitan las mercancías desde las unidades creadoras hasta las consumidoras. En este circuito, la evidencia distributiva es incuestionable: los bienes solo convergen en dirección a quienes poseen liquidez financiera, trátese de individuos, de colectivos asociados o de corporaciones empresariales. Los productos, servicios y recursos adquieren formalmente su fisonomía de mercancía en el instante preciso en que son intercambiados por cantidades tasadas de dinero. Por esta razón, el dinero deja de ser un mero instrumento neutral para erigirse en un inmenso y sacralizado centro de relaciones valorativas.

Todo tiene un precio
Todo tiene un precio

El valor de cambio de la moneda posee una plasticidad tan expansiva y perversa que desborda por completo los límites de las mercancías ordinarias. Bajo la lógica del capitalismo desbocado, el dinero se trueca impunemente por asesinatos a sueldo, por transacciones y relaciones sexuales, por simulacros de actos de culto y por obras de arte sacralizadas por el mercado; el dinero compra, vende y corrompe voluntades políticas, libros de poemas, uniones matrimoniales y sentencias espurias de jueces. Como unidad universal de tasación, opera una nefasta nivelación que confunde sistemáticamente el valor específico con el precio de mercado. Chávarri nos recuerda que el genial viñetista El Roto retrató magistralmente esta patología espiritual en una célebre viñeta en la que se ve a dos hombres contemplando los cuadros de una galería; uno pregunta al otro: ¿Es un buen cuadro?, a lo que su acompañante responde con desoladora naturalidad: No lo sé. No lleva el precio.

A esta función se añade su carácter de depósito abstracto de mercancías, donde una cantidad determinada x de dinero condensa e idealiza una cantidad m de productos o recursos, manifestando el ser más puro de la mercancía, dado que los signos monetarios guardan entre sí una permanente relación abstracta de cambio. Al provenir el dinero sobre todo de los salarios, la dialéctica entre el empleo digno y el paro forzoso se constituye en uno de los pares valorativos más dramáticos e identitarios de nuestra dimensión económica. De ahí que el tiempo puramente productivo reciba una consideración casi sagrada, que el sueldo sea elevado a la categoría de estima supremo y que el lucro ciego se haya entronizado como el motor más agresivo, insaciable y deshumanizador de la sociedad de consumo.

5. Tercera variación: la desigualdad distributiva y el veredicto ético

La distribución material revela el veredicto último del sistema: el dinero que un sujeto posee determina de manera absoluta e implacable las mercancías de las que puede disponer. Existe, por consiguiente, una desigualdad consustancial e inseparable del tejido capitalista que provoca que una misma mercancía, costando idéntica suma numérica, resulte trágicamente cara o insignificantemente barata según el caudal de sus compradores.

Que todo este entramado goce de un blindaje estrictamente legal no permite afirmar, en absoluto, que posea una justificación moral. La profunda desigualdad distributiva inherente al modelo actual origina, perpetúa y reproduce en el seno de las sociedades la fractura estructural de las clases altas, medias y bajas, con desgarros y matices de exclusión indetectables para la brocha gorda del lenguaje político, así como la dolorosa asimetría global entre países opulentos y naciones empobrecidas.

Los señores de la vida: Dios o el dinero
Los señores de la vida: Dios o el dinero

Finalmente, al observar el comportamiento ético de los individuos frente a la posesión, los catalogamos valorativamente como generosos o tacaños, ahorradores o dilapidadores. Y cuando oteamos el dominio existencial y social que les otorga el dinero, los pares valorativos resultantes nos interpelan de inmediato en la arena evangélica y humana, distinguiendo nítidamente entre personalidades tolerantes y déspotas, seres desconsiderados o considerados, existencias solícitas y prójimas o almas fríamente despreocupadas.

Digamos como reflexión final que nuestra dimensión vital económica nos procura, sin duda alguna, todo un arsenal inagotable de valores, pero también de los contravalores que aquellos llevan inevitablemente aparejados y, especialmente, de los que se derivan de su dominio abusivo de la vida humana. Frente al Dios de los cristianos, arcano y misterioso que transita por el calvario para ser sacrificado en una cruz, la riqueza se convierte en el dios de nuestro tiempo, atractivo, diáfano y abierto, transeúnte de caminos de placer y gloria. Pero, mientras aquel nos da vida y nos engrandece, este nos la roba y la destruye.

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