Más y mejor - 10
Somos cuerpo pensante
Más y mejor - 10
En el complejo escenario de la cultura contemporánea, seguir el pensamiento del maestro Eladio Chávarri no es un mero ejercicio de erudición académica. Su sistema filosófico, basado en los valores y contravalores, posee una virtud inusual: da cuenta, mejor que ningún otro, de la verdadera envergadura del ser humano y, a tenor de lo pretendido por este blog, ofrece un suelo firme para la fe cristiana. Al despojar al cristianismo de las especulaciones, los mitos y las leyendas en que a menudo se ha encasillado, Chávarri lo devuelve a su esencia: una forma de vida plenamente encarnada y bien emplazada en la realidad del hombre.
Siguiendo con nuestro propósito de “más y mejor”, iniciamos hoy una serie de reflexiones dedicadas a las ocho dimensiones o vertientes que configuran nuestra existencia vital, a las que se refiere Chávarri. Cada una de ellas se mejora o se deteriora según el modo en que nos relacionemos con los seres que entran en su juego, trátese de los no hechos por nosotros o de los que nosotros mismos hacemos o transformamos. Los valores y contravalores de nuestra vida se concretan en relaciones con todos ellos, pues no existen los valores como tales, sino solo relaciones con los seres constructivas o destructivas.
El diagnóstico actual: el hombre productor-consumidor
Para comprender la urgencia de este recorrido, conviene recordar el diagnóstico que emite Chávarri sobre el hombre de nuestro tiempo. El ser humano actual, atrapado en el modelo del " hombre productor-consumidor", hace pivotar su existencia casi en exclusiva sobre dos campos: el biopsíquico (supervivencia y bienestar físicos) y el económico (mercancía y dinero). Al mercantilizar la vida, el dinero se convierte en la medida de todas las cosas y reduce la envergadura humana a mera transacción comercial.
Frente a tan seria mutilación, el reto fundamental de cuantos tratan de mejorar nuestra forma de vida consiste en redimensionar las demás vertientes vitales: la epistémica, la estética, la ética, la lúdica, la religiosa y la social. Su objetivo es lograr que todas esas dimensiones entren en el juego de la persona de manera orquestada, sin que ninguna avasalle a las demás, conforme al modelo de humanidad al que se aspire.
El axioma de la diversidad: el ejemplo de la manzana
Chávarri nos advierte de que su enfoque esquiva las clasificaciones tradicionales. No habla de “valores humanos” (todo valor lo es) ni de “valores vitales” (todo lo valioso es vital). Tampoco acepta la clásica dicotomía que separa lo "espiritual" de lo "material", o lo "cultural" de lo "natural", pues el espíritu está presente en cada rincón de la vitalidad humana y nada le es más natural al hombre que su propia cultura.
Para explicar cómo estas ocho dimensiones valorativas se aglutinan en la unidad de la persona, Chávarri se sirve de una manzana, ser que incrementa su entidad al relacionarse con las distintas dimensiones vitales con las que entra en juego:
El "axioma protector de la diversidad" nos recuerda que todas las vertientes de la vida son irreductibles entre sí: no pueden sustituirse unas por otras ni cultivarse fuera de su marco específico. Ciertamente son dimensiones maleables y abiertas a la mejora o al empeoramiento, pero dentro de su propio campo, sin someterse a los cometidos de otras dimensiones ni pretender dominarlos. Nos fijaremos hoy en la primera, la dimensión biopsíquica, conforme al orden alfabético seguido por Chávarri.
La dimensión biopsíquica: nuestro imán vital
Esta primera dimensión se refiere a nuestra condición de cuerpo y espíritu. Es una envergadura colosal que aglutina por sí sola una cantidad ingente de valores y contravalores. Dejaremos de lado nuestra sociedad hiperconsumista actual, en la que, junto con la dimensión económica, funciona como un imán que atrae y desnaturaliza a las demás dimensiones, haciendo que todo gire en torno al culto y al bienestar del cuerpo.
Para desplegar su abanico de posibilidades, Chávarri analiza tres de sus más grandes variaciones valorativas:
1. Variación orgánica y ecológica
Esta variación abarca la realidad más íntima de nuestra biología: desde el funcionamiento silencioso de células, tejidos y órganos, hasta la percepción de nuestra propia estampa física (estatura, peso, proporciones). Incluye también el milagro del ciclo vital, con los estados y transiciones que median entre la infancia, la juventud, la madurez y la ancianidad.
En esta variación se encuadra el valor de la salud y todo el despliegue humano y técnico que la sostiene: el encomiable trabajo de médicos y personal sanitario, los equipamientos y la industria farmacéutica. Asimismo, posee una vertiente ecológica inseparable: el cuerpo necesita para vivir el agua, los nutrientes, el clima y los ecosistemas. La vivienda y los enseres cotidianos no son más que extensiones de la necesidad de amparar nuestra estructura orgánica en su lucha constante por mantener la vida.
2. Variación temperamental y anímica
Esta variación nos introduce en el terreno de las singularidades personales, en el modo en que el espíritu se transparenta a través del cuerpo. Se manifiesta en el temperamento (ser manso o colérico) y en la infinita expresividad de nuestra corporalidad: los andares, los modales, las posturas (retadoras, comedidas o acogedoras), los tonos de voz y la elocuencia de las manos, y en el espejo del alma que decimos que es la expresividad del rostro (sonrisas o ceño fruncido).
Abarca también los estados del ánimo (vaivenes entre nerviosismo y tranquilidad, jovialidad y depresión, entusiasmo y apatía) y los tonos estables del psiquismo. Se trata de pautas que nos permiten intuir la respuesta del prójimo, ofreciendo previsibilidad, e inspiran confianza en la convivencia humana.
3. Variación placentera
El placer, lejos de ser un tabú, es un arsenal de relaciones valiosas que el autor distribuye en cuatro ámbitos:
Conclusión: hacia una ecología de la persona
Somos, insisto, un "cuerpo pensante". La dimensión biopsíquica no es una cárcel material para el espíritu, sino el soporte necesario donde se encarna nuestra libertad y nuestra fe. El peligro actual no radica en cuidar el cuerpo, receptor de tantísimos valores, sino en permitir que esta dimensión canibalice las demás, reduciendo al ser humano a un animal biológico que produce y consume.
El reto que nos propone el pensamiento de Chávarri (y que continuaremos desgranando en las próximas entregas) consiste en encuadrar en su debido marco cada dimensión vital y desarrollar más y mejor su propia función. Solo así, cuando logremos orquestar todas las dimensiones vitales sin que unas “modalicen” las otras, podremos construir una forma de vida que responda verdaderamente a la plenitud que anhelamos y por la que nos esforzamos. Los cristianos, ateniéndonos a nuestro propio modelo, Jesús de Nazaret, no deberíamos olvidar que él mismo nos asegura en el Evangelio de Juan (10:10) que ha venido para que tengamos vida y la tengamos abundante.
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