Dios en perspectiva

Más y mejor - 16

¿Libertad o esclavitud?

primeras imaginaciones de divinidades
primeras imaginaciones de divinidades

Damos hoy un paso más en la exploración del hombre que somos adentrándonos en la alambicada dimensión religiosa de nuestra vida a la luz de la magistral exposición del maestro Chávarri sobre los valores y los contravalores. Empecemos por examinar las vertientes vitales en las que se manifiestan los valores y contravalores de esta dimensión. Para comprenderlas mejor, podemos abordarlas desde tres grandes perspectivas.

la fuerza de la naturaleza
la fuerza de la naturaleza

1. La aparición de las divinidades en la vida humana

La primera perspectiva, que sirve de base y fuente principal a cualquier otra, se refiere a la irrupción de las divinidades en la existencia humana. La vitalidad religiosa de una comunidad nace, crece, se transforma o muere en correlación con el devenir de una o varias divinidades. Como ocurre en toda relación valorativa, el vínculo con lo divino aporta aumentos, específicos y no reductibles, de lo valioso y lo disvalioso, aumentos de ser.

Además, es de aplicación aquí el «axioma protector de la diversidad valorativa». Una presencia divina renovada ofrece interpretaciones sorprendentes de la condición mortal; por ejemplo, la promesa de una existencia futura en un orden diferente al fáctico, una trascendencia que en ocasiones se hace extensiva a animales, plantas y al conjunto del cosmos. Estas divinidades logran vencer de un modo único la aniquilación radical y el sinsentido del morir —lo que el lenguaje corriente denomina «pasar a mejor vida»—.

No es extraño, por tanto, que la intensidad más densa del valor y del contravalor religioso se concentre en las divinidades. Y también en el ámbito del contravalor: nada resulta más destructor de lo divino que los ídolos. La propensión humana a fabricar sucedáneos de dioses es constante. De hecho, las falsificaciones circulan de manera continua por todos los ámbitos de la existencia.

un Dios impresionante
un Dios impresionante

2. Los contextos teologales de la vida

La segunda perspectiva alude a los contextos teologales en los que operan los dioses, los cuales están vinculados siempre a grupos humanos concretos. Las relaciones entre las personas y sus divinidades dependen de la índole de estas últimas. No es lo mismo el vínculo con Yahvé —cuya envergadura abarca la creación del universo y de todos los seres— que la relación con la diosa Diana, circunscrita al ámbito específico de la caza. Sin embargo, aunque los dioses pertenezcan a comunidades, lo valioso y lo disvalioso religioso adquiere siempre matices intransferibles a escala estrictamente individual, pues se desarrolla en un nivel personal irreductible.

Si volvemos a la dimensión grupal, son las propias comunidades las que determinan la extensión y la intensidad de contextos teologales que se comprenden mejor a través de dos cuestiones fundamentales:

  • Grado de implicación: ¿Hasta qué punto la divinidad se halla implicada en el desarrollo vital efectivo del grupo? Una mayor o menor implicación manifiesta la envergadura de la propia divinidad y, por ende, la intensidad de los valores y contravalores vividos.
  • Alcance existencial: ¿Afecta la relación teologal a todos los ámbitos de la existencia, o se limita a ritos festivos y espacios sacros radicalmente separados de lo profano? ¿Estimula la totalidad de la sensibilidad humana o solo su vertiente mistérica?
potencialidades de la IA
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3. El modo particular de aparición y desarrollo

La tercera perspectiva se centra en la génesis y la evolución de la dimensión religiosa, que sigue una trayectoria paralela a la de otras dimensiones valorativas. En el marco de la evolución cultural, a base de imperceptibles transformaciones vitales, van surgiendo nuevos ámbitos de la experiencia humana. Todas las dimensiones valorativas constituyen el proceso natural de formación del hombre, impulsado por el «principio básico de la vida humana» de no limitarse a la adaptación pasiva a los ecosistemas, sino de transformarlos. Esta negativa a ser determinados de una vez por todas es lo que ha permitido al hombre encontrarse con las divinidades e integrarlas en la trama teologal de su existencia.

Al igual que ocurre en otros ámbitos culturales —como la mercancía o la técnica—, que partieron de inicios modestos hasta configurar el mercado global y la tecnología actual, incluida la enorme potencialidad de la Inteligencia Artificial -podemos añadir nosotros- las divinidades y su universo valorativo han evolucionado de manera similar. Ante tal perspectiva cabe cuestionarse, si resulta inimaginable la vida humana actual sin mercados ni tecnologías, ¿es posible sospechar los derroteros que habría seguido la humanidad sin la aparición de las divinidades? Pronto comenzaremos a cuestionarnos cómo ha sido posible la vida humana sin la IA.

Dos variaciones valorativas religiosas

Dado el inagotable abanico de configuraciones religiosas a lo largo de la historia, centraremos la atención en dos grandes variaciones valorativas:

  • Divinidades sectoriales
el dominio de los mares
el dominio de los mares

Su índole genuina se percibe a través de sus acciones, estando cada una asociada a un fenómeno o a una tarea concreta. Se manifiestan vinculadas a los vientos, los truenos, el curso de los astros, o a las propiedades de determinadas cumbres, fuentes y bosques. Participan de la vida natural —enamorándose, engendrando y descendiendo a la esfera terrenal— e instituyen oficios y saberes, desde la caza y la agricultura hasta la táctica militar.

Estas divinidades pueden contemplarse como vertebraciones de la energía que discurre por la naturaleza y las comunidades. El aspecto valorativo más significativo es que cualquier elemento del cosmos o de la cultura adquiere una intensidad única al vincularse a ellas: actúan como referencias ejemplares —dignificadoras o depravadoras— de modos de ser y actuar indispensables para el desarrollo vital.

  •  Divinidades únicas
dueño y señor de todo
dueño y señor de todo

Esta variación se caracteriza por la unicidad de la divinidad, tal como se observa en las tradiciones judía, cristiana e islámica. Se evita aquí el término «suprema» —para no presuponer la existencia de dioses inferiores— y las etiquetas de carácter excesivamente filosófico como «absoluta» o «incondicionada».

Un rasgo peculiar de la divinidad única es que toda la energía positiva dispersa en las divinidades sectoriales se canaliza ahora a través de una energía infinita y singular. El modo en que los seres humanos se relacionan con la naturaleza y la historia varía en función de esta concepción, y se encuentra frecuentemente ligada a procesos profundos de liberación y a la dignificación suprema del ser humano.

servidor y señor
servidor y señor

Conclusión: Jesús, nuestro modelo

La fe cristiana profesa que Jesús fue verdadero hombre y como tal se comportó desde su nacimiento hasta su muerte. Suponemos que hasta el comienzo de su “vida pública” (la predicación del Reino de Dios) fue un niño que estudió en la escuela y trabajó como artesano con su padre. Y después, por las implicaciones religiosas y políticas de su predicación, fue ajusticiado como “facineroso”. La maestría con que redujo una voluminosa ley caprichosa a solo un precepto (el del amor) y desenmascaró el poder religioso establecido como sometimiento de los creyentes a leyes sin perspectiva ni trascendencia religiosas, sublimado todo ello por la predicación de que Dios es un padre providente y amoroso con el que es preciso y precioso relacionarse todos los días (oración) le convierten en modelo de cualquier forma de vida humana que se precie. A los cristianos se nos llena la boca diciendo que Jesús es Dios, como si supiéramos realmente qué significa eso, pero lo que debería enorgullecernos y ennoblecernos en serio sería seguir los pasos del más excelso modelo de vida humana habido y por haber. El cristianismo no es cuestión de creer en Jesús sino de seguir sus pasos. Nos trae la libertad de los hijos de Dios frente a la esclavitud inherente a los intereses humanos a ras de tierra.

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