Etiquetas que empobrecen

Más y mejor - 5

Definiciones que encorsetan

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Continuamos nuestra reflexión, siguiendo al maestro Chávarri, sobre las “sendas perdidas” que puede seguir todo el que, partiendo del hombre que hoy somos, ansía y trabaja por un hombre mejor, por una forma de vida que mejore la actual. De las sendas perdidas que nos ofrecen las articulaciones del tiempo (pereza vital, ilusión y casta), a que hemos dedicado las reflexiones anteriores, pasamos hoy a las que dimanan de la “razón crítica” como fuerza dinamizadora del ansia y del esfuerzo de mejora que nos guía. Nos ceñimos a lo que nuestro maestro expone en Perfiles de nueva humanidad, págs. 14-15.  

Vivimos en la era de los algoritmos y las categorías. Nos encanta etiquetarlo todo: perfiles de LinkedIn, diagnósticos psicológicos, tendencias políticas. Sin embargo, hay una trampa silenciosa en el afán de precisión, pues definir equivale a encorsetar y empobrecer lo definido.

1. La Razón Crítica: Un arma de doble filo

La razón crítica es, sin duda, una de las grandes conquistas de nuestra especie. Aunque la Ilustración europea intentó apropiarse de ella, la realidad es que esta capacidad de escrutinio ha estado presente desde Confucio y Buda hasta Kant. El pensamiento definicional -nos dice Chávarrri- ha dominado en Occidente hasta bien entrado el siglo XIX. Sócrates, Platón, Aristóteles, Tomás de Aquino, Descartes y Kant no se diferencian en esto. Es curioso que Kant se planteara los cuatro grandes problemas de su vida bajo la forma: ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer?, ¿qué puedo esperar? y ¿qué es el hombre? El gran crítico estaba obsesionado con la fijación de límites.

La razón crítica es una mirada retrospectiva sobre lo que ya somos y lo que hemos hecho, tales como leyes, arte y técnica, por ejemplo. Pero tiene un riesgo: el hechizo del juez que, emitiendo una sentencia precisa y definitiva, concluye el litigio y cierra la sesión.

"Nos agrada sobremanera juzgar nuestra propia forma de vida. El problema es que la crítica a veces nos deja en un vacío absoluto: sabemos lo que no queremos ser (el ser que ya somos y del que debemos partir), pero el punto de llegada (el que queremos ser) sigue siendo oscuro".

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2. El Hombre Productor-Consumidor como salida

Para entender hacia dónde vamos, primero debemos ver de dónde venimos y dónde estamos atrapados. Como nuestro puñadito de seguidores sabe muy bien, Chávarri identifica el hombre tipo de nuestra época como hombre productor-consumidor, un hombre cuya vida gira enteramente en torno al núcleo de los valores bio-síquicos y económicos, núcleo que imprime su propio carácter desarrollista y consumista a los valores específicos de los ámbitos vitales epistémicos, estéticos, lúdicos, morales, sociales y religiosos, dimensiones importantes de la vida humana. Nuestro tipo de hombre, el productor-consumidor, se convierte así en un ser funcional con una maquinaria económica que encorseta la enorme envergadura de las potencialidades del ser humano.

Para escapar de ese cerco y mejorar el gran arsenal de valores bio-síquicos y económicos que atesora el HPC que somos, muchos recurren al "pensamiento definicional", convencidos de que, si logramos definir perfectamente qué es un ser humano, habremos resuelto el problema de su cortedad de miras. Pero esa es una senda perdida que no hará más que agrandar y fortalecer las murallas del cerco del que se pretende escapar.

3. La trampa de la definición perfecta

Occidente ha estado obsesionado con "mojonar" la realidad. Queremos cuadros perfectos de identidades y diferencias. Definir es fijar límites. Y aunque este pensamiento ha tenido un éxito rotundo en las matemáticas y en la geometría, fracasa estrepitosamente cuando intenta capturar la vida en sí, pues cualquier definición del ser humano lo agosta, lo constriñe, le corta las alas. ¿Por qué?

  1. A diferencia de los demás seres del Cosmos, los seres humanos somos seres inacabados: Conocemos el hombre que ya ha sido y el que hoy somos, pero no el de dentro de mil años, aunque esté potencialmente en el ser que ya somos. De ahí que no podamos aglutinar en una definición, válida para siempre, el ser que hoy ya somos y, mucho menos, el que seremos. Definirnos hoy, además de achicar nuestro propio “yo”, corta las alas al "yo" del futuro.
  2. La rigidez mata el mensaje: también los grandes mensajes, sociales o espirituales, pierden su fuerza cuando se encierran en fórmulas inamovibles que desechan forzosamente muchos matices. La clave no es la definición, sino la inculturación, es decir, la capacidad de traducir verdades eternas al lenguaje de cada tiempo para iluminar y resolver sus problemas.
  3. Finesse vs. Geometría: Como decía Pascal y nos recuerda Chávarri, lo humano se capta mejor con el esprit de finesse (intuición y sutileza) que con el esprit de géometrie (lógica rígida).
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4. Más allá del "Animal Racional"

Aceptamos por comodidad que somos "animales racionales", "sociales" o "fabricantes de herramientas". Y lo somos. Pero somos mucho más. Quedarse en la definición equivale a amputar potencialidades. Además, el espíritu definicional no solo aboca a la postura altanera de creerse poseedor de “toda la vedad” de lo definido (en nuestro caso, el hombre o la esencia humana), sino también logra que dejemos de peregrinar, que renunciemos a sorprendernos y, sobre todo, que no podamos asimilar los valores de otras culturas que no encajen en nuestra definición.

En resumidas cuentas, digamos que el “pensamiento definicional” impone límites y fronteras al ser, alcanza acuerdos sólidos pero estáticos y valora al hombre como un ser definitivamente acabado o terminado de hacer. Por el contrario, el “pensamiento de apertura”, atento a la envergadura del ser humano, busca nuevas epifanías y sorpresas, mantiene un discurso siempre renovable o mejorable y valora al hombre como un ser histórico sometido a un proceso de mejora continua, que solo concluirá con su muerte.

Refiriéndose a la libertad, Chávarri escribe en la pág. 178: Las preguntas que se inician con el qué es, decía Aristóteles, se han de responder a base de definiciones precisas. Pero ningún valor, cualquiera que sea, puede encerrarse en los confines de locuciones definitorias. Esta es la irritación que suscitan los valores en las mentes cerradas, acostumbradas al utópico pensar cartesiano por conceptos claros y distintos. No necesito definir la libertad para observar su alcance.

Doble conclusión

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. La indefinición no avoca a la nada, sino a la esperanza

Jean-Paul Sartre decía -nos recuerda Chávarri- que, si el hombre no es definible, es porque empieza por no ser nada. Pero quizás ahí resida nuestra verdadera libertad, pues no somos una "naturaleza" fija, escrita en un libro, sino una realidad siempre abierta a mejoras. Para aspirar a una mejor humanidad, a una mejor forma de vida que la del hombre productor consumidor que somos, debemos abandonar la comodidad de las etiquetas y abrazar la incertidumbre de un ser en permanente formación o crecimiento. La definición es puerto o cárcel, mientras que el hombre es realmente mar abierta o campo sin vallas.

. Credos y dogmas ¿diques o cauces?

A estas alturas, cuando algunos creen que el Vaticano II ha más que diezmado los seminarios y aseguran que la secularización está vaciando las iglesias, los cristianos deberíamos tener muy claro que el lenguaje definitorio de nuestros credos y dogmas, junto con la rigidez de nuestras prácticas cultuales y reglamentos, se convierten en obstáculos insalvables para que la salvación de Jesús pueda “encarnarse” o “inculturarse” en los tiempos que vivimos, en la forma de vida que llevamos. Cambian los tiempos y cambian las sociedades, pero no cambian las iglesias, “ancladas eternamente en definiciones rotundas”, cuyo único mérito es generar guetos y sectas anclados, espiritual y socialmente, a tiempos periclitados. ¿Ha logrado el Vaticano II superar (mejorar) a Trento y a Nicea? Obviamente no y puede que de ahí provengan muchos de nuestros males y frustraciones.

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Frente a aquello de que la mies sea mucha y los operarios pocos, que vaticinaba Jesús (Mt 9, 37-38), debemos cuestionarnos abiertamente si los únicos operarios válidos para predicar el Evangelio de salvación son hoy los clérigos y más todavía el tipo de clérigos que se nos impone. Y también debemos preguntarnos si solo se pueden afiliar a ese Evangelio los que acuden a las iglesias, los llamados “católicos practicantes”. Sin duda, se trata de un Evangelio que gesta una forma de vida que desborda los cometidos del clero que pretende dirigirla, y campa, sobre todo, en las periferias humanas, donde los contravalores golpean más fuerte y donde se sienten más dolorosamente los crueles impactos de la vida.

Reconozcamos, con tanta humildad como sutileza, que también nuestra querida Iglesia se ha dejado fagocitar o modalizar por el hombre productor consumidor de nuestro tiempo al someterse gozosamente, también ella. al imperio de una razón soberana desarrollista. Empobrecidos por tantas definiciones magistrales y rigideces procedimentales, los cristianos nos hemos extraviado por el camino de nuestra peregrinación y, por ello, desorientados sobre el alcance de nuestra esperanza, hemos abandonado al hombre de nuestro tiempo a su suerte. De ahí que no acertemos a dar sabor a su vida ni a iluminar su camino, a ser sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5, 13-16) conforme al hermoso deseo del mismo Jesús.

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