Más y mejor - 9
La gran aventura humana
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Cada vez que un niño nace, se desata en la tierra el misterio más grande del universo. Llega al mundo un ser que todavía no es nada concreto, pero que lo es todo en potencia. Se inicia así la gran aventura: el viaje de construir una personalidad, de encarnar un personaje único entre los miles de millones posibles.
Dice el Génesis, con una sabiduría antigua y cruda, que polvo somos y en polvo nos convertiremos, aunque con un envolvente final que, si bien es pedagógico, resulta, además de negro, un tanto injusto. Al nacer, parecemos irrelevantes, una pequeña mota de polvo en la inmensidad. Sin embargo, lo más hermoso y esperanzador de la vida es que, cuando llegue el final y la parca nos lleve, ya no seremos ni polvo ni mera posibilidad, pues nos acompañará cuanto hemos construido sobre nosotros mismos, sea el cúmulo de valores que hayamos abrazado a lo largo de la vida, sea la colección de errores que se nos hayan adherido como pesada lapa.
Nacemos, pues, como una boca abierta, como peregrinos que necesitan alimentarse día tras día para crecer hacia las alturas del ser o, lamentablemente, para precipitarse hacia sus honduras. Claro está que, en la trastienda y como cuestión insondable, siempre nos queda entender, y más aceptar, la razón de los que nacen muertos o son eliminados a edades muy tempranas
Inmensas praderas
Para entender ese viaje, el maestro Chávarri nos ofrece en su obra Perfiles de nueva humanidad un mapa mental maravilloso que él llama clave transhistórica. No importa si eres europeo o hindú, agnóstico o cristiano, un joven con el mundo por delante o un ama de casa, pues dentro de ese marco cabemos y de hecho estamos todos.
Chávarri nos invita a imaginarnos como seres vivos que pacen en las cuatro inmensas e inagotables "praderas" de esa clave. De lo que comamos en ellas dependerá la forma de vida que llevemos, el personaje que terminemos siendo. Son las siguientes:
1ª. El mundo interior (potencialidades)
Al hablar de “mundo interior” nos referimos al enorme potencial con que nacemos. Se trata de una fuerza interna tan inmensa como impredecible. ¿Quién podría medirla y adivinar el destino del recién nacido? De esa misma energía interior puede brotar lo más abyecto o lo más sublime, pues podríamos encontrarnos lo mismo ante un despiadado genocida que ante un maravilloso salvador del mundo. Al nacer, se nos regalan los inmensos tesoros de una evolución de muchos miles de años.
2ª. El medio histórico (cultura y sociedad)
Este medio viene a ser como el gran almacén de alimentos que la humanidad ha ido acumulando a lo largo de su historia, y que, al nacer, nos ofrece sin cortapisas de ninguna especie. En él encontraremos desde el arte más excelso y las más sabrosas papillas del amor familiar hasta las exclusiones más lacerantes y las más crueles convulsiones del odio con que unos seres humanos castigan a otros. La sociedad nos nutre, para bien o para mal, con cuanto ella misma es y contiene.
3. El medio cósmico (naturaleza)
La tierra y los cielos, con sus inmensas riquezas y energías, se ponen también a nuestra disposición. Son como un amplio hogar, confortable y rico, que nos cobija sin que tengamos que hacer frente a hipotecas con pagos mensuales. ¿Alguien se atrevería a ponerle precio? El planeta tierra, escenario lujoso para nuestro alojamiento, nos procura cuanto necesitamos para llevar a buen término la aventura de nuestra vida, y los espacios siderales se nos ofrecen como recurso, recreo y reto.
4. El medio metahistórico (más allá)
Entendemos como tal el misterioso territorio que nos espera al final de nuestra historia, cuyo radical enigma ilumina paradójicamente nuestro camino. El “más allá” es un horizonte que da sentido a cada momento presente y nos alimenta a base de fe y esperanza. Es el espacio de plenitud que intuimos como destino final de nuestro viaje, como reposo de nuestro azaroso peregrinar, ocupado todo él por la gozosa presencia de un Dios que nos acompaña, de una u otra forma, a lo largo de toda nuestra peregrinación.
La paradoja riqueza-pobreza
Al mirar este mapa, uno se da cuenta de los inmensamente ricos que somos porque todo lo existente es nuestro. Aunque alguien, despojado injustamente de todo, se vea obligado a vivir en la más severa indigencia, nadie podrá privarlo de la posibilidad de adentrarse con ganas en las inmensas praderas de la cultura, del cosmos y de la trascendencia. La amplitud y las posibilidades de ese inmenso campo son tales que permite incluso la paradoja de que muchos ricos sean realmente pobres y viceversa.
Desde la esperanza radical que nos anima debemos formular aquí una severa denuncia social: la pobreza material de muchos no se debe a la escasez de recursos, sino a un enquistado problema de mal reparto. Hoy por hoy, los recursos de la tierra son más que suficientes, incluso sobrados, para que los más de ocho mil millones de seres humanos que la poblamos podamos alimentarnos correctamente, vestirnos confortablemente y cobijarnos dignamente. La hambruna que lamentablemente padecen muchos se debe a una anomalía ética, no a la falta de espacio en la pradera.
Elegir bien el menú
Insistamos una vez más en que nacemos a medio hacer y en que vivir es un lento proceso de crecimiento a base de nutrirse de valores, o de deterioro debido a la posible corrosión de contravalores. Proceso, en definitiva, de crecimiento o deterioro vital, en el que nos jugamos mucho al elegir el menú que la vida nos ofrece, menú en el que abundan las más sabrosas exquisiteces, pero también los sabores más repugnantes.
En este proceso de crecimiento-deterioro caben muchos matices. La corta distancia que hay entre un insignificante contravalor (un egoísmo menor) y un tibio valor (una amabilidad por compromiso) hace que la diferencia entre ambos apenas tenga incidencia en la marcha; pero la que hay entre un contravalor mortífero (crueldad o indiferencia sistemática) y un valor excelente (solidaridad o amor) es abisal, pues mientras aquel demuele, este edifica.
Trayectoria de nuestra reflexión
En las reflexiones anteriores hemos hablado de las "sendas perdidas", caminos que nos divierten y distraen, pero que no conducen a ninguna parte. Son caminos que nos hacen vagar por la superficie de la vida, dando vueltas sin rumbo y perdiendo el tiempo. En las próximas, sin necesidad de enredarnos en la compleja arquitectura filosófica del magistral sistema de Chávarri, entraremos de lleno en la dinámica de cómo repercuten los valores y los contravalores de forma precisa en nuestra forma de vida.
Veremos que el único camino eficaz para mejorar como es debido nuestra propia vida e ir transformando convenientemente la sociedad en que vivimos consiste en hallar el equilibrio necesario en el funcionamiento de todas nuestras potencialidades, en nutrir equilibradamente todas nuestras vertientes vitales. Chávarri ha escogido una muestra de ocho dimensiones vitales, entre otras posibles, que iremos viendo sosegadamente, para dar cuerpo a la gran envergadura del ser humano que somos o, si se prefiere, a la “magnifica humanitas” a que acaba de referirse León XIV como título de su primera encíclica (por cierto, celebro la excelente acogida que España acaba de prodigarle, pero, de tener que elegir entre acogida y atención, hubiera preferido algo menos de aquella y mucho más de esta). Y no lo haremos a tientas y a locas, porque en la base de nuestra reflexión, nosotros, los cristianos, siempre tendremos el excepcional modelo de humanidad que es Jesús de Nazaret.
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