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el infierno son los otros
el infierno son los otros

En nuestro afán de tener una visión profunda y lo más omnicomprensiva del hombre, siguiendo las enseñanzas sobre los valores y contravalores del maestro Eladio Chávarri, no0s asomamos hoy a la dimensión vital valorativa que, en su lista alfabética pone en último lugar: la sociopolítica. Sobre el hombre podemos verter cuantas visiones o análisis nos plazca, pero la mayoría serán meras ensoñaciones o elucubraciones sin fundamento ontológico alguno.

Jean-Paul Sartre, por ejemplo, dejó grabada en el imaginario contemporáneo una de las frases más célebres y amargas de la filosofía moderna: «El infierno son los otros». Si consideramos que en el planeta habitamos más de 8.000 millones de personas y que a todos nos toca, inexorablemente, encarnar el papel de «el otro» para alguien más, la conclusión lógica sería desgarradora: nuestro mundo no sería otra cosa que una gigantesca e insostenible red de infiernos interconectados. Y, sin embargo, los únicos infiernos posibles son los que uno mismo se fabrica para sí mismo, es decir, las relaciones “disvaliosas” o tóxicas que él mismo establece con los demás seres, es decir, los contravalores de los que se alimenta o, mejor, con los que se envenena.

Frente al cinismo y al aislamiento en se fundamenta Sartre para verternos su elucubración sobre los otros, quienes apostamos por una esperanza radical, como ocurre en este blog por ejemplo, sabemos que la verdad profunda sobre el ser humano no se agota en la condena del prójimo, condena que por lo demás sería siempre abusiva, sea cual sea su motivación. El texto del pensador Eladio Chávarri sobre la dimensión sociopolítica del ser humano ofrece un marco clarificador para comprender que, aunque el «nosotros» entraña tensiones y quiebras, es también el único lugar donde florecen la gracia, la justicia y el verdadero sentido de la existencia.

La vida de unos en las manos de otros
La vida de unos en las manos de otros

1. De la capacidad al encuentro: ¿por qué nos necesitamos?

Chávarri nos invita a distinguir entre dos conceptos clave: sociabilidad y socialidad.

  • La sociabilidad es la capacidad o potencia con la que nacemos para vivir con los demás; una condición dada de nuestra naturaleza.
  • La socialidad es esa capacidad puesta en acto: las decisiones, vínculos, instituciones y modos concretos de convivir que construimos a lo largo de la historia.

Ahora bien, la verdadera socialidad no consiste en un simple «estar al lado del otro», como quien coincide en la fila del autobús sin alterar en nada la vida del vecino. El vínculo auténtico nace cuando descubrimos que el otro es indispensable para nuestra vitalidad y que nosotros somos indispensables para la suya.

Cuando los pronombres personales —el yo, el tú, el nosotros y el ellos— se entrelazan, descubrimos que nuestras vidas están profundamente implicadas entre sí. Desde una perspectiva creyente, esto no es más que la constatación antropológica de una verdad teológica: nadie se salva solo. Fricciones y desgarros han existido siempre, pero han sido precisamente esos lazos comunitarios los que nos han legado los bienes, afectos y valores de los que disfrutamos hoy.

2. La red del día a día: relaciones, grupos e instituciones

grupo humano
grupo humano

La manera en que encarnamos la vida común se diversifica en múltiples niveles, donde cotidianamente nos jugamos el bien o el mal de nuestras comunidades:

  1. El rostro en lo cotidiano: en cualquier grupo humano (una comunidad parroquial, un equipo de trabajo o una familia) nos revelamos como seres receptivos o inaccesibles, acogedores o displicentes, dialogantes o avasalladores. Lo fino y lo tosco de las relaciones no se vive igual entre unos académicos que en una comunidad monástica, pero en todas partes el tono con el que tratamos al hermano construye o destruye comunión.
  2. La pertenencia a grupos específicos: no es lo mismo la responsabilidad que exige ser hermana, estudiante, profesional o militante. La riqueza de la vida social supera con frecuencia el propio lenguaje: la fidelidad en una familia concreta guarda matices inconfundibles que ninguna teoría abstracta puede agotar.
  3. El valor de las instituciones: escuelas, universidades, parroquias o familias son los cauces donde la convivencia se estructura. Cuando las instituciones cuidan su vocación original de servicio, se convierten en verdaderos baluartes de protección de la vida.

3. Leyes, poder y la trampa del egoísmo

administración de justicia
administración de justicia

Un paso evolutivo decisivo de la humanidad fue la capacidad de dotarse de normas para regular la vida en común. Mientras que los animales se guían por códigos genéticos e instintivos, los seres humanos utilizamos la razón para establecer pactos y leyes.

Sin embargo, la razón es un arma de doble filo: intensifica tanto nuestro potencial para el bien como nuestra capacidad para el mal. Cuando el ejercicio del poder se desacopla de la búsqueda del bien común, las leyes dejan de armonizar lo general con lo particular y pasan a redactarse para blindar los privilegios de unos pocos.

Frente a la arbitrariedad, surge la necesidad del respeto y la lealtad a lo convenido: el compromiso de dar al otro lo que por dignidad le pertenece. Es aquí donde la justicia roza la dimensión ética y evangélica, recordándonos que las normas solo tienen sentido si protegen la vida de los más vulnerables.

aire puro
aire puro

4. El clima de nuestras comunidades: ¿Respiramos aire o veneno?

Más allá de los grandes sistemas políticos democráticos o autoritarios, o de las corrientes ideológicas de turno, existe un nivel de la dimensión sociopolítica que nos afecta de forma directa e inmediata: el tono de la convivencia.

Cualquier grupo humano —desde un país hasta un equipo diocesano— genera una atmósfera respirable o tóxica a través de preguntas muy concretas:

  • ¿Existe un control tan áspero que sofoca toda iniciativa personal, o impera una parálisis motivada por la inseguridad?
  • ¿Se respira un clima de paz o una tensión continua de discordia y crítica destructiva?
  • ¿Se trabaja con verdadero entusiasmo transformador o nos ha ganado la apatía y el conformismo?
  • ¿Favorecemos la creatividad libre y responsable o premiamos el infantilismo inmaduro?
granos de trigo y uva
granos de trigo y uva

Una esperanza con cuerpo

Si el diagnóstico sociológico o el desengaño político nos tientan a caer en el pesimismo, la fe nos exige una respuesta radical. El prójimo no es un infierno del que debamos huir ni un obstáculo para nuestra libertad; es el espacio sagrado donde la fraternidad se pone a prueba y donde el Reino de Dios se abre paso y encuentra acomodo.

Frente a un mundo tentado por la polarización y la sospecha, reafirmar el valor de la vida en común no es una utopía superflua: es el compromiso político, humano y creyente más urgente de nuestro tiempo. Digamos que, al establecer el rito de la eucaristía como clave, fuente y alimento de su propio mensaje de salvación, Jesús nos legó una forma de ver y entender al hombre de la forma más comprensiva imaginable, pues cada ser humano es grano de trigo del pan de vida que nos ofrece y grano de uva del cáliz de salvación que nos invita a beber.

        

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