Más y mejor - 1
Más y mejor
Más y mejor - 1
Inicio hoy una nueva serie a la luz del frontispicio “más y mejor”, encuadrada principalmente en ideas tomadas de aquí y de allá del estudio que hace del ser humano mi maestro fray Eladio Chávarri O.P. en su genial sistema de valores y contravalores. Puedo asegurar que a mí, por lo menos, me ha servido para clarificar las profundidades oceánicas del ser humano y maravillarme ante el esplendor de los cielos que ya posee en la esperanza. Nunca antes me había encontrado con ningún estudio tan profundo y denso sobre la envergadura de la persona humana.
Con esta nueva serie me propongo ofrecer a mis lectores, en el caso de que a estas alturas todavía me quede alguno, razón de por qué “todos queremos más”, ese maravilloso deseo tan dinámico que llevamos anclado a nuestros genes y que aquí se agranda con un exigente “mejor”, pues la vida es una invitación permanente e irrenunciable a ambos retos, al de más y al de mejor, es decir a un “más” de calidad. Sin tales retos, el ser humano perdería su condición y se hundiría en la muerte. ¿Alguien podría negarse a que aumente la envergadura de su ser y a que su vida mejore día a día? ¿Quién no aspira a llevar una vida más tranquila y sosegada, en abierto contraste con la actual? Y, yéndonos al fondo mismo del cristianismo, ¿a qué obedece, si no, la venida a este mundo del Verbo divino, encarnado en Jesús, y en qué otra cosa podría consistir su misión redentora?
Mal que bien, en las próximas reflexiones iremos desgranando contenidos y actitudes que puedan ayudarnos, primero, a comprender la dinámica vital del más y mejor, y, después, a implantarla en nuestro propio quehacer, en nuestra forma de vida. A quien se atreva a seguirme, no le auguro divertimentos pasajeros, sino quebraderos de cabeza y esfuerzos agotadores para desbrozar la maleza que dificulta nuestra peregrinación y oculta nuestro auténtico horizonte vital.
Ignoro cómo se sentirá mi resiliente lector tras la ingestión del contundente bocadillo que aquí le ofrezco y ante la perspectiva que pretendo abrirle. Sin embargo, he de confesarle que estas reflexiones me producen paradójicamente la frustrante sensación de haber malgastado mi vida, ya tan cargada de años, y de haber reculado frente a las dificultades que conlleva cualquier intento por mejorarla. Mea culpa! El maestro al que he aludido me decía un día en Valladolid que son muy pocos los hombres que se atreven a innovar, a abrir nuevos horizontes, a desbrozar caminos y, en suma, a proponer mejoras substanciales de nuestra forma de vivir. Seguramente ello se deba a que, por un lado, se trata de una tarea ardua y compleja en su mismo enunciado, y, por otro, a que los cambios, sobre todo en lo tocante a costumbres arraigadas y a cosas del comer, siempre comportan serios riesgos. Por ejemplo, al referirme aquí mismo a la eucaristía y afirmar que las tintas deben ponerse en el evento litúrgico de partir y compartir el pan en vez de en una abstrusa “transubstanciación”, un conspicuo y acreditado colaborador de este mismo medio me aconsejó que no me metiera en camisa de once varas y que dejara las cosas como están para no tirar por tierra tan dulces rutinas como la ilusión de acompañar a Jesús en la soledad que sufre abandonado en los sagrarios. En fin…
¡Es tan cómodo y placentero ceñirse a lo que dice el papa y seguir las consignas del propio obispo, e incluso dejarse aconsejar por el párroco que uno tiene más a mano y que te lleven en volandas sin cuestionarte absolutamente nada! A nadie se le escapa que los interrogantes sobre lo que somos y hacemos se clavan en nuestras carnes, zarandean nuestra mente, nos interpelan y nos hieren. Nada cuesta y a nada compromete seguir pensando que Dios nos crea y cuida; que Jesús nos redime; que el bautismo nos limpia del pecado original; que la confesión nos libera de todo pecado; que la comunión introduce en nuestro cuerpo al mismo Jesús; que la sexualidad solo puede ejercitarse en el seno de un matrimonio canónico y con apertura expedita a la procreación; que, tras la muerte, nos enfrentaremos a un severo juicio, a resultas del cual recibiremos como premio un paraíso de eterna felicidad o que, como castigo, seremos sepultados en un infierno repleto de las más horrorosas torturas imaginables, como la de padecer eternamente un fuego que no consume nuestra carne. ¡Pura fantasía propagandística que ampara intereses inconfesables, tales como la honda satisfacción de, por fin, ver sufrir a los malos!
¿Puede un hombre en sus cabales imaginar siquiera tan descabellada escenografía y tan cruel desenlace por más que nos hayan dicho hasta la saciedad que el Mal (demonio) se alza como enemigo enconado de Dios y que la existencia del Infierno es dogma de fe? Seguramente quienes propalan semejantes supuestas verdades no saben realmente lo que dicen. Sin ir más lejos, confieso que a mí me resultaría insoportable un beatífico cielo a sabiendas de que un solo ser humano hubiera sido arrojado a semejante caldera incandescente. Es más, pienso que, si las cosas sucedieran así, el Dios en quien creo fervorosamente habría perdido su papel de “padre bueno” para convertirse en cruel verdugo o en tirano justiciero, y que invocarlo como Abba sería blasfemar o darle bofetadas. Me atengo sabiamente a que, como oí decir en cierta ocasión a mi maestro de referencia, sobre el “más allá” nadie sabe absolutamente nada por más que sean muchos los que lo describen y pintan con tal lujo de detalles como si ya hubieran estado en él.
Afrontar como es debido los retos de nuestro tiempo desde la fe no es cosa de elucubraciones, pues requiere quebrarse la cabeza y limpiar a fondo azoteas y corazones. Tan difícil tarea requiere honestidad y altura de miras, además de valorarse como humilde operario en viña ajena. Al afrontarlos, uno debe ser consciente, por muy ambicioso que sea, de que sus esfuerzos serán baldíos, flor de un día, de no contar con la ayuda de otras muchas manos.
Al cristiano no le caben dudas sobre que Jesús vive entre nosotros, pero hay gran diferencia entre que sea un incordio manejado por fanáticos o un redentor en activo. Sin duda, en el cristianismo actual hay posturas en armonía con el Evangelio de Jesús, pero también abundan las disonancias. La cantinela de perdonar y erradicar pecados para dejar paso expedito a la gracia no debe variar. Y no varía si al hombre de nuestro tiempo le decimos que debe achicar y erradicar contravalores en beneficio del aumento y crecimiento de valores. La salvación importante, la del “más acá” (la otra está toda ella en las manos de Dios) consiste en ir siempre a más y mejor. Jesús no ha venido para aquilatar pensamientos, sino para implantar una forma de vida exigente, fundada en el amor que nos debemos unos a otros como hijos del mismo Padre. Si creyendo nos amamos, Jesús vive en medio de nosotros, pero, si pretendemos cultivar una supuesta sabiduría como delectación mental, o pasa de largo o lanza una punzante diatriba contra nuestra insensatez.
El cristianismo no es un depósito de sabiduría sino un horno en ebullición para fundir la escoria que oculta el brillo divino de la sustancia humana. La figura de Jesús, primigenia de la forma de vida a que conduce el “más y mejor” que postulamos, es de suyo un pozo sin fondo del que siempre pueden extraerse preciosos tesoros para enriquecer nuestra condición humana. Hay mucho fondo por descubrir en su omnímodo precepto del amor y, de forma especial, en la comprensión del sufrimiento inherente a su misión redentora. Sin duda, el odio ha desencadenado comportamientos humanos inauditos, que bien podrían valorarse como beneficiosos e incluso como geniales en determinadas circunstancias, pero en nada comparables con las gestas del amor. ¿Puede haber algo más valioso que dar la vida por otro? Pues bien, el cristianismo ha propiciado millones de comportamientos de tal calibre. Por otro lado, son multitud los que, identificándose con la cruz de Jesús, han asimilado los terribles sufrimientos que acarrea la vida humana como desencadenante de heroísmos ejemplares. Sufrir y amar son dos abundantes y hermosos manantiales que brotan del cristianismo y riegan toda la tierra.
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