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Del mero saber a la plenitud vital

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Las cuatro luces del conocimiento según Chávarri

Aprendiendo
Aprendiendo

1. El marco ontológico: la luz que desvela el ser

Avanzamos hoy un paso fundamental en nuestro recorrido sistemático por la antropología valorativa de Eladio Chávarri para adentrarnos en su tercera dimensión vital constitutiva: la cognitiva o epistémica. Nos situamos ante un horizonte tan fascinante como complejo, pues el conocimiento no representa un mero reflejo pasivo de la realidad, sino un acontecimiento dinámico que estructura nuestra arquitectura vital.

Los seres que nos rodean resultan visibles, imaginables e inteligibles porque los seres humanos poseemos, correlativamente, la facultad de la vista, la capacidad de la imaginación y la potencia de la inteligencia. Es precisamente en el seno de esta relación primordial con la realidad donde emerge el conocimiento, generando un flujo constante de rendimientos que se traducen en valores —cuando promueven el despliegue de nuestra existencia— o en disvalores (contravalores), cuando entrampan, opacan o distorsionan nuestra envergadura.

Como certeramente señala el maestro Chávarri, el conocimiento discernidor se halla impregnado en la totalidad de las interacciones humanas. Pensemos, a modo de ilustración, en un elemento tan cotidiano como el agua. El líquido elemento posee condiciones inherentes a su propia estructura física y química para cumplir múltiples funciones: limpia nuestra ropa y apaga nuestra sed; puede convertirse en una valiosa mercancía dentro del mercado; pero posee asimismo la propiedad intrínseca de ser investigada y comprendida de innumerables maneras. Por las dos primeras capacidades se incardina plenamente en la dimensión valorativa biopsíquica; por la comercialización ingresa en la dimensión económica y por su inteligibilidad se despliega en la dimensión cognitiva.

Desde esta perspectiva, el conocimiento actúa como un vector luminoso que desvela la enigmática y oculta estructura entitativa del cosmos y de cuanto contiene. Su reverso tenebroso, la ignorancia, condena al ser humano a una desoladora y estéril soledad ontológica. Mientras el saber proyecta destellos de inteligibilidad sobre lo conocido tornándolo transparente y manejable, la ignorancia lo sepulta en las tinieblas de la confusión. El primero estimula el ejercicio de la libertad y fomenta la audacia creadora; la segunda engendra inercias vitales, parálisis social y postergación.

Saber estar y actuar
Saber estar y actuar

2. El saber ordinario: la urdimbre de la cotidianeidad

Tras asentar esta fundamentación ontológica, Chávarri disecciona con maestría dos grandes variaciones de la dimensión cognitiva: el saber ordinario y el saber epistémico.

El saber ordinario abarca el inmenso tesoro de nociones, habilidades y certezas operativas de las que se sirven las comunidades humanas para articular su día a día. Se trata de un conocimiento práctico, encarnado, espontáneo y vital. Mediante esta sabiduría pragmática, el individuo se sitúa con solvencia en las coordenadas del tiempo y del espacio: conoce la fecha, el día y la hora presente; orienta sus pasos en la geografía urbana o rural; discrimina entre el agua potable y la contaminada; distingue el alimento sabroso del insípido o tóxico y descifra los signos cambiantes del clima.

Asimismo, este saber vital abarca la comprensión del suelo, de la flora y de la fauna; el manejo intuitivo de normas, herramientas y ritos festivos, y la captación inmediata de nociones de orden y desorden, de aprobación y sanción, de salud y quebranto, de trabajo y descanso, de gozo y pesadumbre.

Este caudal cognoscitivo germina y se consolida en marcos experienciales muy concretos que nos escoltan desde el nacimiento hasta la muerte: la urdimbre del hogar familiar, los ámbitos escolares, los colectivos religiosos y políticos y la tupida red de asociaciones culturales, lúdicas o ecológicas que tejen el entramado social.

3. El saber epistémico: Ciencia, Filosofía y Teología

Por encima de la inmediatez del saber cotidiano se yergue el saber epistémico, integrado por vastos y rigurosos corpus teóricos que se cultivan, refinan y transmiten en el seno de comunidades especializadas. Este saber superior se articula, a su vez, en tres imponentes vertientes: la científica, la filosófica y la teológica.

Pasito a paso
Pasito a paso

A) Las teorías científicas

El saber científico —encarnado en las teorías científicas— despliega sus marcos constitutivos a lo largo y ancho del cosmos visible. Lo valioso y lo disvalioso de esta esfera se expande por todos los planos de la materia y de la vida: desde las finas estructuras numéricas y proposicionales que describen el microuniverso de átomos, moléculas, ácidos y células, hasta la inmensidad macrocósmica de galaxias, estrellas, bosques y biomas.

Hoy en día, la praxis científica ha desbordado los angostos límites de los antiguos laboratorios o las aulas universitarias tradicionales para convertirse en una empresa verdaderamente global. Exige la interacción planetaria de redes de investigadores, satélites tecnológicos y supercomputadores aplicados tanto a la exploración espacial como a la biotecnología o al estudio de la conducta social.

Cuando no se habla por hablar
Cuando no se habla por hablar

B) Los círculos filosóficos

El saber filosófico, por su parte, brota de la experiencia originaria del ser: el ser no hecho, el ser dado y el ser transformado por la mediación humana. Chávarri prefiere distanciarse en este terreno de la fría categoría de "teoría" para acuñar la noción de "círculos filosóficos".

La filosofía no surge de una mera y fría relación aséptica entre un sujeto cognoscente y un objeto inerte —tal como formuló en gran medida el racionalismo europeo—, sino del encuentro vivo en marcos constitutivos específicos. Los círculos filosóficos nacen de la intuición primordial de mentes singulares (Platón, Aristóteles, Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Descartes, Hume, Kant o Hegel) cuya luz prende en otros pensadores y se proyecta dinámicamente a través de los siglos.

Filósofos de la talla de Aristóteles intentaron condensar la totalidad del ser en la cúspide de las categorías (sustancia, cantidad, cualidad, relación...). Sin embargo, el planteamiento de Chávarri resulta netamente más complejo y ambicioso: nos recuerda que la dimensión cognitiva —por fascinante e hipertrofiada que aparezca en la tradición académica— es solo una más entre las diversas dimensiones valorativas de la vida humana. Una simple rosa, por poner un caso, no es solo un objeto de análisis botánico o filosófico, sino que encierra tantos modos de ser y de valer como experiencias vitales en las que participa (estéticas, afectivas, económicas, simbólicas).

Profundidad y alcance de la vida
Profundidad y alcance de la vida

C) Las corrientes teológicas

Llegamos así al saber teológico. La teología, entendida en toda su amplitud y rigor, constituye un logos, una palabra meditada y una razón crítica articulada en torno a la trascendencia divina. Pero Dios no es pensado en el vacío: a su alrededor se articula siempre un grupo humano, una comunidad histórica —en ocasiones verdaderos "pueblos de Dios", como el cristianismo o el islam— que desarrolla un marco teologal de vida bien definido.

A diferencia de las teorías científicas y de los círculos filosóficos, Chávarri denomina a estas elaboraciones "corrientes teológicas". Son los grandes cauces de pensamiento impulsados por figuras excepcionales como Filón de Alejandría, Pablo de Tarso, Agustín de Hipona, Algazel, Tomás de Aquino o Lutero, donde lo valioso y lo disvalioso de la fe es conceptualizado, explicitado y transmitido a través de las generaciones.

Sobre todo, vida
Sobre todo, vida

4. Conclusión: más allá del intelectualismo creyente

Para concluir su análisis, el maestro Chávarri nos ofrece una clarificadora nómina de pares valorativos cognitivos que definen la calidad de nuestro pensamiento: listo/tonto, agudo/romo, intuitivo/ciego, claro/oscuro, creador/imitador, preciso/impreciso, racional/irracional, profundo/superficial, crítico/acrítico, investigador/expositor. Una relación antagónica que el lector atento sabrá ampliar fácilmente desde su propia experiencia.

Sin embargo, para el propósito vertebrador de este blog en Religión Digital, conviene extraer una lección capital de la antropología chavarriana. Por monumental y determinante que resulte la dimensión cognitiva en el devenir de la civilización, no debemos olvidar que la esfera epistémica es únicamente una más entre las ocho dimensiones fundamentales que constituyen de manera mínima e irrenunciable la existencia humana.

El saber teológico articula y da razón de un contexto teologal de vida —en nuestro caso, el seguimiento de Jesús de Nazaret—, pero la vida cristiana jamás puede quedar reducida ni aprisionada en los estrechos límites del asentimiento intelectual o la ortodoxia teórica. Con frecuencia desoladora, nuestras comunidades eclesiales evalúan la autenticidad de la fe mediante baterías de preguntas doctrinarias, cuestionarios dogmáticos o meras comprobaciones de la creencia abstracta.

Frente a este reduccionismo intelectualista, el enfoque valorativo de Chávarri nos devuelve a lo esencial del Evangelio: la cuestión decisiva no radica en determinar cuánta teología almacenamos en la mente, sino en verificar si la totalidad de nuestra existencia —en sus dimensiones orgánicas, afectivas, sociales, éticas y políticas— encarna verdaderamente la praxis de la vida cristiana. La verdad no es solo para ser sabida; es, por encima de todo, para ser vivida.

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