Perdón y gracia: Nuevo año de peregrinación

Perdón
Perdón

Nos toca iniciar este nuevo año con un plato fuerte para coger fuerzas y seguir adelante animosos por las empinadas cuestas de enero. Sin la menor duda, la palabra que más traduce de por sí las esencias cristianas, es decir, el mensaje evangélico de la salvación obrada por Jesús, es “amor”, tanto que la identificamos con Dios mismo cuando decimos que “Dios es amor”. Ahora bien, si nos adentramos en su dinámica, en su plasmación y recorrido, en su irrenunciable programa de acción contundente sobre nuestra forma de vida, nos topamos con dos palabras de gran alcance, que van en secuencia férreamente hermanada y sobre las que merece la pena reflexionar: perdón y gracia. El amor perdona, el amor agracia.

El “perdón” tiene una gran resonancia, fácilmente perceptible, que suena muy fuerte en todo el soniquete evangélico: paraíso terrenal, hijo pródigo, oveja perdida, operario inútil, adúltera a punto de ser lapidada, vírgenes de lámpara apagada a la espera del esposo y, no digamos, en la sentencia salvadora inapelable del mismísimo juicio final, en el “venid, benditos de mi Padre”. Digamos, en resumidas cuentas, que el perdón aglutina todo nuestro peregrinar por este mundo, por el que, cayéndonos y levantándonos, avanzamos lentamente hacia la consumación que demanda el corazón insaciable que se nos ha regalado. Perdón es la palabra que mejor encarna nuestra condición de pecadores(?) ávidos de redención, palanca que balancea nuestra posición en el péndulo de contravalores y valores, fuente de aguas sanadoras.

Gracia y perdón
Gracia y perdón

Por su parte, la palabra “gracias” refleja muy bien nuestra relación con el Dios creador y redentor en el que creemos. Siendo de por sí la vida un regalo, cosa tan obvia como el hecho de que ningún ser viviente puede sentirse razonablemente dueño de la suya propia, lo primero y principal frente a ella es mostrarse agradecidos. Tal manera de enfocar las cosas -y no creo que quepa otra forma de hacerlo correctamente- nos lleva a la conclusión, más allá de cualquier razonamiento filosófico o teológico, de que ese simple hecho es el argumento más sólido y apodíctico que pueda aducirse para probar la existencia de Dios o el convencimiento profundo de que habita en nosotros mismos.

Ningún ateo, de no sufrir la ilusión de sentirse dueño de su vida, podrá rebatir jamás tan contundente verdad: si mi vida no es mía, debo dar gracias por ella a quien me la haya proporcionado. Y, si nuestro malhadado ateo tiene la osadía de creerse dueño de la suya, no tardará en descubrir su propio engaño, pues, más bien pronto que tarde, tendrá que afrontar desconcertado el hecho de morir, hecho fuerte que no admite paños calientes ni componendas filosóficas o psicológicas, mucho menos mágicas.

“Perdón” y “gracia”, dos fecundas palabras cristianas encadenadas, la primera de las cuales se erige como baluarte inexpugnable frente a los muchos contravalores que nos acosan y asfixian y, la segunda, se alza como la expresión más hermosa ante el abanico de valores que la vida despliega ante nosotros como valioso regalo. Ambas delinean claramente el rumbo correcto de nuestras vidas, entendidas como peregrinación incesante hacia la casa del Padre. Peregrinación difícil y accidentada la nuestra, sometida a mil contratiempos y contrariedades, que es preciso ir sorteando con humildad y pidiendo perdón a cada instante.

No es que seamos pecadores empecatados hasta las cejas, víctimas de una naturaleza perversa o pervertida, sino simples seres humanos que se equivocan con frecuencia al optar a veces por algo tóxico, erróneamente valorado como beneficioso. Ojalá que el perdón, que tan fácilmente aflora a nuestros labios cuando nos parece que molestamos a quien se cruza con nosotros en la calle, se apodere de nuestro corazón para afrontar como es debido los daños que, por despecho o venganza, causamos a nuestros semejantes. También a nosotros mismos.

Mírese como se mire, el cristianismo es un camino de peregrinación plagado de obstáculos, un calvario saturado de sangre redentora y de dolor reparador. La vida cristiana, más allá de su encantadora luminosidad por el amor que la anima, nunca deja de ser desarrollo en torno a una muerte, siempre problemática y dura, como clave de consumación, como meta de heroica peregrinación. No en vano, la vida cristiana es vida resucitada, regenerada, redimida. Vida, desde luego, al estilo de la de Jesús, pero no solo la del Dios humillado que pasa sus días haciendo el bien a sus semejantes a despecho del rechazo de muchos de ellos, sino la del hombre resucitado que sigue vivo entre sus seguidores, inundándolos de Espíritu Santo y ayudándolos a transitar por las penumbras lóbregas del arrepentimiento antes de alcanzar la plenitud de la gracia identificativa, entitativa.

Perdón
Perdón

El ”perdónanos” del Padrenuestro es clave para enfocar debidamente esta bella oración en todo su recorrido vital. Perdón connota limpieza, pulcritud, renovación, ganas de cambios de rumbo. En cuanto tal, actúa como desencadenante imprescindible de toda oración de acción de gracias. Aunque el sentir penitencial pase de soslayo al comienzo de la liturgia eucarística, sin la acción contundente de cambio conductual que la demanda de perdón comporta, el rito sacramental resultaría vacío y la acción de gracias global consiguiente, con sus cánticos e invocaciones, resultaría a la postre una verborrea desbocada de charlatanes empedernidos. 

Por otro lado, sabemos que el perdón introductorio al acercarse al altar es mucho más importante que la ofrenda subsiguiente, pues esta a nada conduciría si antes el oferente no se hubiera reconciliado con su hermano. No procede de ninguna manera acercarse a Dios en demanda de perdón y salvación si antes uno no tiene la decencia de ofrecer a su hermano su propio perdón y de reconciliarse con él. En el altar cristiano no hay cabida para lo que desune y enfrenta a los seres humanos, y no digamos para el odio y el desprecio. Toda ofrenda que se presente en el altar del Señor debe ir precedida de una fraternidad universal, ejercida sin cortapisa y sin condición previa alguna. Por ello, antes de decidirse a hablar con Dios, uno debe palparse a fondo para desechar cualquier disonancia personal a efectos de lograr que su ofrenda no chirríe al ser presentada ante el altar del Señor.

Solo cuando el perdón es utilizado de forma generosa, a la hora de pedirlo y de ofrecerlo, aparece en todo su esplendor la gracia como ornamento apropiado para oficiar una liturgia que deviene diálogo regenerador con Dios, ofrenda que aplaca su hipotético descontento y alcanza su propósito de alabanza y diálogo. Entonces la vida entera aparece como un continuo peregrinar tras una meta en la que el perdón mismo se habrá transformado en gracia al igual que el camino en meta. De momento, orando como es debido en todo momento, no nos queda otra que pedir perdón, ofrecer perdón y seguir caminando. Buen ánimo a los seguidores de este blog y ojalá que todos acertemos a dar pasos importantes en este nuevo año de peregrinación.

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