Reclusión

Más y mejor - 4

De espaldas al mundo

Cárcel de Alcatraz
Cárcel de Alcatraz

Determinados por el pasado, no podemos vivir sin anticipar el futuro; pero todo lo que somos, lo somos en el presente, es decir, en el HPC (hombre productor consumidor). Las demandas de nueva humanidad, según hemos visto, se extravían muchas veces por las sendas perdidas del regreso y la proyección. ¿Sendas perdidas también para el tiempo presente? ¿Serán posibles? EL HPC nos rodea por doquier. ¿Cómo puede uno vivir en él y escapar de él? Y, sin embargo, en esta tesitura, aparentemente contradictoria, se encuentra quien demanda más humanidad. Nada extraño, por consiguiente, que la búsqueda del hombre nuevo se precipite a veces por las sendas perdidas de la reclusión. La reclusión conlleva, por una parte, la huida del HPC. Por otro lado, busca exclusivamente la salvación individual. La demanda de nueva humanidad se traduce en egoísmo puro y duro, si bien se disimula a veces con matices filantrópicos. La pereza vital invitaba a seguir las sendas perdidas del regreso; la ilusión vital, en cambio, iluminaba las de la proyección. El complejo de casta provoca la reclusión. Se pretende un corte con la humanidad que se vive, del mismo modo que el puro, el escogido y el consagrado evitan cuidadosamente la contaminación (Eladio Chávarri, Perfiles de nueva humanidad, pág. 14).

Continuamos hoy nuestra reflexión sobre las sendas perdidas que nos alejan de nuestra condición de seres humanos en peregrinación tras su propia consumación, siguiendo al maestro Chávarri. En el contexto actual de retroceso en la práctica sacramental, el cristianismo enfrenta una tentación insidiosa: la de enrocarse, siguiendo la senda perdida de recluirse en el tiempo presente. Existe el riesgo de convertirnos en el "resto del Israel elegido", una suerte de casta o secta amurallada que observa el deslavazado devenir del mundo con indiferencia, incluso con desdén y desprecio.

Es comprensible. Dar la espalda a este "mundo podrido" y dejar que se hunda solo es una tentación poderosa. Bajo la premisa de "ande yo caliente y ríase la gente", algunos optan por darle la espalda, por una fría indiferencia. Sin embargo, quienes eligen aislarse no tardarán en descubrir su error. La vida humana —y mucho menos la cristiana— no puede desarrollarse de espaldas a la realidad de la que forma parte ineludible.

grupo selecto
grupo selecto

El HPC y la tentación de la huida

El maestro Chávarri nos sumerge en esta dinámica. Estamos determinados por el pasado y proyectados al futuro, polos que pueden de por sí desviarnos de la senda correcta, como ya hemos visto, pero existimos en el presente: el mundo del HPC, polo que, a su vez, nos tienta con el desvío de la reclusión, de querer vivir chapoteando de espaldas a la realidad.

Ante la hegemonía del modelo de hombre imperante, la del hombre productor consumidor que cifra todo su haber en el culto al cuerpo y el dinero, quien busca una humanidad más auténtica y rica se encuentra enla paradoja de ¿cómo vivir en este sistema sin ser devorado por él? Aquí es donde surge la tentación o "senda perdida" de la reclusión, que se manifiesta de dos formas:

  1. La huida del sistema: el intento de escapar de la lógica del consumo, del lastre que arrastra y de su arsenal de contravalores, si bien sin renunciar a los beneficios que el sistema aporta.
  2. El egoísmo espiritual: la búsqueda de una salvación individual que, aunque se disfrace de filantropía, no es más que repliegue de todo lo que nos confunde e incomoda.

Este "complejo de casta" busca un corte radical con la humanidad doliente para evitar su "contaminación", pretendiendo que solo en un recinto amurallado —un castillo inaccesible— se puede aspirar a la mejora continua de una vida virtuosa.

Las dos caras de la reclusión

Chávarri nos advierte sobre los dos modos como un cierto complejo de superioridad o de selección nos desvía de la peregrinación paciente que es la vida para arrastrarnos por senda perdida de la reclusión, senda que no conduce a ninguna parte:

moradas interiores
moradas interiores

1. La reclusión en el espacio interior

El intento de cultivar un "mundo íntimo" de espaldas al mundo exterior, a la realidad. Cuando este cultivo nace del desprecio a los demás, el huerto sagrado se convierte en una prisión y el camino, en precipicio.

  • El falso intelectual: desprecia la vida de los "ignorantes" desde una supuesta superioridad.
  • El falso místico: se refugia en una vida contemplativa que ignora el torbellino de la acción y la lucha por la supervivencia, asegurándose, eso sí, de tener sus necesidades materiales bien cubiertas.

Como denunciaba Karl Jaspers, el hombre que toma su propia alma por Dios acaba perdiendo tanto al mundo como a Dios, para encontrarse, finalmente, con la nada.

Jardín de Epicuro
Jardín de Epicuro

2. La reclusión de "jardín"

Este concepto evoca la retirada de Epicuro: encerrarse en un espacio privilegiado con amigos selectos para salvar la "pureza" frente a la decadencia social. Lamentablemente, este espíritu ha infectado a veces nuestros conventos y comunidades, donde se intenta cultivar una humanidad al margen del mundo. Sin embargo, el eslogan de San Pablo era opuesto: “Me he hecho todo para todos, para salvar a toda costa a algunos” (1 Cor 9, 22). La fe no es un club de campo para elegidos, sino una misión en la calle y en todos los recintos o recovecos de la vida humana. Con visión profética, el papa Francisco urgió la necesidad de salir de las iglesias y los templos a los caminos y a las periferias.

Jesús resucitrado comiendo con sus discípulos
Jesús resucitrado comiendo con sus discípulos

La vida como peregrinación comunitaria

La aventura humana no es un maratón competitivo para encumbrar a un ganador, sino la peregrinación masiva y paciente de seres humanos, siempre inacabados y en demanda de más humanidad. Caminamos de la mano, creciendo y madurando lentamente todos juntos.

El modelo humano que nos propone Chávarri —Jesús de Nazaret— no busca que el Verbo se instale en nosotros para aislarnos, sino para salvar nuestras vidas de su derrumbe, de sus contravalores, y conducirlas a su plenitud. Nuestra dinámica vital nace de nuestra condición de seres en continuo crecimiento, capacitados para "más y mejor" entidad. Nuestra meta no es un búnker de pureza, sino la plenitud que solo se alcanza al final del camino, en la consumación de cuanto somos que convierte la muerte en puerta de entrada de una plena humanidad, en cámara de resurrección.

Un “aleluya” comprometido

Hoy celebramos el Domingo de Gloria. La resurrección de Jesús no es una invitación a evadirse de las penurias presentes, sino el "hecho consumado" que le da sentido al inmenso mundo de valores en el que nos movemos como peregrinos anhelantes de alcanzar el santuario de la propia consumación.

Al celebrar la Pascua, los cristianos profesamos que ya habitamos un mundo nuevo. No uno donde el dolor se ignore, sino donde Dios ya es realmente "todo en todos". Esta esperanza, lejos de tentarnos a darle la espalda al mundo en que vivimos, cosa que nos desencajaría de nuestra propia entidad, nos impulsa a salir al encuentro de la humanidad aque anhelamaos y de la que somos capaces con el corazón abierto, con todas nuestras potencialidades dispuestas a una mejora que dura toda la vida.

¡Aleluya!

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