Más y mejor - 18
Brújula para una humanidad mejor
Más y mejor - 19
Tras la visión de conjunto que el post anterior, referido a la clave transhistórica, en la que el maestro Eladio Chavarri nos traza el camino que conduce a la mejora de nuestra forma de vida, hoy nos toca detenernos tranquilamente en la primera pradera para nutrirse adecuadamente y armarse de fuerza, la sustancial y jugosa pradera del “espacio interior”. Nuestra época sufre una grave patología del espíritu: la dispersión extenuante. Vivimos bajo el imperio del Hombre Productor-Consumidor (HPC), ese modelo de humanidad que mide la dignidad por el rendimiento y la felicidad por la capacidad de adquirir. Nos hemos volcado tanto hacia fuera, hacia la prisa, el ruido y la rentabilidad, que hemos terminado por desalojar nuestra propia casa. Nos hemos quedado sin interioridad.
Frente a esta intemperie alienante, el maestro Eladio Chávarri, en su lúcida e imprescindible obra Perfiles de nueva Humanidad, nos invita a detener la marcha y cambiar de rumbo. Nos propone una serie de "paraderas" o praderas en las que el ser humano debe "pacer" si quiere rescatar su dignidad y dar a luz una humanidad más auténtica. La primera de estas paradas obligatorias, la que sostiene y vertebra las demás (la cultura, la naturaleza, la metahistoria), es el espacio interior.
Para quienes escribimos y leemos en clave de fe y de humanización, este concepto no es una abstracción teórica; es el lugar teológico y antropológico donde nos jugamos, literalmente, la calidad de nuestra vida.
Más allá de los dualismos: un espacio encarnado y conectado
Chávarri huye deliberadamente de las etiquetas clásicas que arrastran disputas históricas (alma, mente, espíritu, yo) y prefiere la expresión, según sus palabras, "descafeinada" de espacio interior. Al hacerlo, nos previene contra un viejo error que tanto daño ha hecho a la espiritualidad: el dualismo. El espacio interior no es un fantasma encerrado en la máquina del cuerpo, ni una burbuja mística divorciada de la realidad material.
Al contrario, es un espacio profundamente encarnado. Está conectado a la salud de nuestro hígado, a las hormonas, al éxito o fracaso de nuestros proyectos cotidianos y a la calidad de nuestras relaciones. No se opone al mundo exterior; lo necesita. Sin el cuerpo, la naturaleza y la historia, el espacio interior permanecería mudo e inerte. Como bien nos recuerda la gran tradición que va desde Sócrates hasta San Agustín: "No vayas afuera, no te disuelvas entre las cosas, habita en ti mismo". Pero habitar en uno mismo no para aislarse, sino para aprender a recibir el mundo de otra manera.
El "corazón" como termómetro de la humanidad
Para iluminar la verdadera potencia de este cerco íntimo, Chávarri acude al Evangelio de Marcos (Mc 7, 1-23), en el pasaje donde Jesús se enfrenta al legalismo de los fariseos sobre la pureza externa. Mientras las tradiciones normativas pretendían someter el espacio interior a las purificaciones rituales del exterior, el Nazareno invierte radicalmente la lógica: lo que contamina o dignifica al hombre no viene de fuera, sino de dentro, del "corazón".
Chávarri nos invita a mirar este pasaje no solo en su vertiente negativa -el recordatorio de que del interior brotan las bajezas, los fraudes y las violencias- sino, sobre todo, en su inmensa potencia positiva. Del corazón del hombre brotan los planes generosos, el respeto sagrado al otro, la ternura, la transparencia del amor, la humildad y la apertura a Dios. El espacio interior es, por tanto, el laboratorio donde se decide la calidad de nuestra humanidad. Un hombre sin espacio interior es un hombre indefenso, un autómata que repite los eslóganes del mercado.
Las cinco potencias del espacio interior
¿Cómo funciona este motor interno? Chávarri nos regala una maravillosa arquitectura de la interioridad estructurada en cinco dimensiones que se entrelazan de forma inseparable:
La experiencia básica: no es una vivencia sectorial o especializada (como la profesional o la científica), sino un horizonte globalizador. Es la respuesta íntima a preguntas fundamentales: ¿Bajo qué perspectiva me relaciono con la creación? ¿Qué trato tengo con la tierra, los animales, los hombres y con Dios? Es el suelo donde pisamos interiormente.
El espíritu: entendido aquí no como un ser inmaterial, sino como el soplo, el hálito vital que dinamiza cada forma de ser hombre. Es el principio sutil que fermenta y da sabor a una cultura.
La sensibilidad: que Chávarri define bellamente como receptividad. Es nuestra capacidad de dejarnos tocar, impactar y seducir por lo que nos rodea. ¿A qué somos sensibles? ¿De qué nos dejamos impresionar? Una interioridad sana posee la fina capacidad de "dejarse enseñar".
La sabiduría: recuperando la raíz latina (sapientia, de sapio, tener sabor), la sabiduría es el "sabor" que nos deja la vida. ¿A qué te sabe tu propia existencia? ¿Llevas una vida perruna o una vida de cielo? El sabio es el que sabe saborear el misterio, la belleza, el silencio y la justicia.
La razón soberana: a diferencia de las razones parciales (la tecnológica, la económica, la instrumental), la razón soberana es la racionalidad profunda que gestiona y defiende el modelo de humanidad que queremos ser. Es la que pone a las demás ciencias y herramientas al servicio del ser humano, y no al revés.
Estas cinco sendas no están aisladas. Se alimentan mutuamente: la experiencia básica nutre la sensibilidad, la sabiduría le da sabor, el espíritu la empuja y la razón soberana la organiza.
Sin espectáculos ni recetas mágicas: la paciencia del Reino
El tramo final de esta reflexión de Chávarri es una de las más valiosas para nuestro día a día pastoral y existencial. A lo largo de la historia, las tradiciones religiosas y filosóficas nos han ofrecido "caminos de perfección" absolutos (las Moradas de Santa Teresa, la Subida al Monte Carmelo de San Juan de la Cruz o la dialéctica de Hegel). Rutas fascinantes, pero muchas veces construidas sobre ascesis rigurosas o quiebras espectaculares.
Sin embargo, el hombre de hoy, atrapado en las redes del consumo y la producción, no necesita teatros ni pirotecnia espiritual. El cambio hacia una nueva humanidad no se genera de la noche a la mañana a base de posturas extremas. Chávarri nos devuelve a la frescura de Lucas (Lc 17, 20-21): cuando los fariseos preguntan cuándo llegará el Reino de Dios, Jesús responde que no vendrá ostensiblemente, porque "el Reino de Dios está dentro de vosotros".
Conclusión
La primera pradera en la que debemos detenernos a pacer es la de nuestra propia intimidad, redescubierta bajo una nueva luz. No necesitamos fugas del mundo, sino un compromiso sin fisuras con nuestra propia densidad humana.
Para construir esa alternativa al hombre productor-consumidor que nos deshumaniza, Eladio Chávarri nos prescribe tres virtudes muy evangélicas y poco cotizadas en la bolsa de la modernidad: mucha energía, una inmensa modestia y una gran paciencia histórica. El Reino germina en lo secreto, en el silencio del espacio interior que hoy estamos llamados, más que nunca, a custodiar y cultivar.
Cultivar esta rica intimidad, sin embargo, no es el destino final de nuestro viaje, sino el equipamiento necesario para transformar la realidad. El espacio interior es la raíz, pero el árbol de la nueva humanidad se despliega hacia fuera. Por eso, en la próxima entrega, daremos el paso natural del corazón a la comunidad para adentrarnos en la segunda pradera de Eladio Chávarri: la cultura. Descubriremos cómo el sabor y la razón soberana de nuestro mundo interior se convierten en herramientas capaces de fecundar, transformar y humanizar el tejido social que compartimos.
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