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La alegría de servir: una vocación diaconal

Soñe que la vida era servicio y alegria
Soñe que la vida era servicio y alegria

De joven —o sea, hace ya algunos años—, tenía colgado en la pared de mi dormitorio un cartel con un bonito paisaje sobre el que estaba escrito:

«Soñé que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y descubrí que el servicio era la alegría».

Esta hermosa frase, atribuida al poeta, filósofo y escritor indio Rabindranath Tagore, siempre me ha parecido especialmente apropiada para quienes hemos recibido la vocación al diaconado. Hay algo en ella que me atrae desde el primer momento: comienza hablando de la alegría. No empieza con el deber, ni con la obligación, ni siquiera con el servicio. Comienza con ese deseo tan profundamente humano de ser felices, de encontrar un sentido a nuestra existencia, de descubrir que la vida merece la pena.

Todos buscamos la alegría. Todos deseamos una felicidad que no sea pasajera, que no dependa exclusivamente de las circunstancias ni desaparezca cuando llegan las dificultades. Sin embargo, a veces nos pasamos la vida buscándola donde no está, como si fuera algo que pudiéramos alcanzar acumulando experiencias, satisfacciones o reconocimientos. Y entonces llega la vida, con sus encuentros y sus sorpresas, y nos enseña que quizá la felicidad no consiste tanto en recibir como en entregarse.

Deacon Saltando en un Valle Radiante
Deacon Saltando en un Valle Radiante

Es precisamente ahí donde la frase atribuida a Tagore adquiere una profundidad especial para quienes vivimos el ministerio diaconal.

Tagore no fue cristiano. Perteneció a una familia vinculada al Brahmo Samaj, un movimiento religioso reformista que defendía la fe en un Dios único, y desarrolló una espiritualidad propia, abierta a la búsqueda de una verdad que superara las divisiones entre las personas y las religiones. Su pensamiento no puede identificarse sin más con el Evangelio, pero en su reflexión sobre la vida, el amor y la entrega encontramos intuiciones que nos resultan cercanas. La frase que nos ocupa, cuya procedencia exacta no está plenamente documentada, expresa una experiencia humana que el cristiano reconoce y lleva hasta su plenitud en Jesucristo.

Porque, para nosotros, el servicio no es simplemente una manera de alcanzar la felicidad. Es, ante todo, una respuesta al amor recibido de Dios.

Me viene a la memoria santa Teresa de Calcuta y aquellos tres rasgos que deseaba para sus Misioneras de la Caridad: la confianza, el abandono en Dios y la alegría. Tres actitudes que también pueden iluminar nuestra vida diaconal. Confianza para sabernos en manos del Señor; abandono para dejar que sea Él quien conduzca nuestros pasos; y alegría para vivir nuestra entrega sin convertirla en una carga, sino en una manifestación agradecida del amor de Dios.

La alegría cristiana no significa que todo resulte fácil, que nunca nos cansemos o que no atravesemos momentos de oscuridad. Significa que, incluso en medio de las dificultades, hemos encontrado una razón profunda para vivir y para entregarnos. Es la alegría de quien descubre que su vida puede ser útil a los demás, que sus manos pueden aliviar una herida, que sus palabras pueden consolar y que su presencia puede hacer un poco más visible el amor de Dios.

«El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres», proclama el salmo 125 y «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres» nos anima San Pablo ¿No debería ser esta también una de las convicciones que acompañan nuestra vocación? El Señor ha estado grande con nosotros. Nos ha llamado, nos ha confiado un ministerio y nos permite servir en su Iglesia. ¿Cómo no vivirlo con alegría?

Pero hay algo que debemos recordar siempre: el diácono no sirve de cualquier manera ni en nombre de una idea genérica de solidaridad. Sirve desde Cristo, siguiendo las huellas de Aquel que afirmó: «El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos» (Mc 10,45).

Ahí está la clave. Jesús no se limitó a prestar servicios a los demás. Entregó su propia vida. Su servicio no fue una actividad más entre otras, sino la expresión definitiva de su amor. Por eso, la vocación diaconal no puede reducirse a hacer muchas cosas, por necesarias que sean, ni a desempeñar eficazmente una serie de tareas pastorales. Se trata de configurar nuestra existencia con Cristo servidor, de aprender a amar como Él amó y de estar dispuestos a entregar algo más que nuestro tiempo: entregarnos nosotros mismos.

El Evangelio de san Juan nos ofrece una imagen extraordinaria de esta realidad. En su relato de la última cena, el evangelista no narra las palabras de la institución de la Eucaristía tal como aparecen en los otros evangelios. Nos presenta, en cambio, a Jesús levantándose de la mesa, quitándose el manto, ciñéndose una toalla y poniéndose a lavar los pies de sus discípulos.

San Juan introduce aquella escena con unas palabras que deberían acompañar siempre nuestra vida ministerial: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1).

Hasta el extremo. Esa es la medida del servicio cristiano.

Podemos imaginar a Jesús ciñéndose la toalla, cruzándosela sobre el pecho, inclinado ante sus discípulos, realizando una tarea reservada a los servidores. El Maestro se arrodilla ante los suyos. El Señor se hace servidor. El que tiene autoridad no la utiliza para situarse por encima de los demás, sino para ponerse a sus pies.

¡Qué imagen tan hermosa para quienes hemos sido llamados al diaconado! Nuestra estola cruzada nos recuerda visiblemente que hemos recibido un ministerio de servicio. Pero no basta con llevarla sobre el pecho. Hemos de permitir que esa estola se convierta en una actitud interior, en una manera de mirar, de escuchar, de acercarnos a los demás y de hacernos presentes allí donde alguien necesita una mano tendida.

Y en esa escena de la última cena encontramos también la íntima relación entre el servicio, la caridad y la Eucaristía. No podemos separar la mesa del Señor de los pies que necesitan ser lavados. No podemos acercarnos al altar y olvidarnos del hermano. No podemos venerar el Cuerpo de Cristo y permanecer indiferentes ante su presencia en quienes sufren.

Servicio humilde
Servicio humilde

Para el diácono, esta relación tiene una expresión sacramental particularmente significativa. Por la ordenación recibimos el ministerio de servir al pueblo de Dios en la liturgia, la Palabra y la caridad. Somos ministros del altar y, de manera propia, ministros del cáliz, que contiene la Sangre de Cristo derramada por nosotros. Esa Sangre nos habla de una entrega que llega hasta el extremo, de un amor que no se reserva nada.

Cuando sostenemos el cáliz, no estamos simplemente realizando un gesto litúrgico. Estamos ante el signo sacramental de la entrega de Cristo, ante el amor que se derrama para dar vida. Y esa misma entrega es la que estamos llamados a hacer visible en nuestra existencia cotidiana.

Por eso, el servicio diaconal no puede quedarse en la sacristía, en el templo o en las celebraciones litúrgicas. Ha de prolongarse en nuestras familias, en nuestros trabajos, en nuestros barrios, en las relaciones con quienes nos rodean y, especialmente, en el encuentro con los más pobres y vulnerables. Allí donde la vida nos sitúa, allí estamos llamados a servir.

Y aquí regreso a la frase de Tagore. «Soñé que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y descubrí que el servicio era la alegría».

Quizá muchos de nosotros comenzamos nuestro camino cristiano soñando con una alegría que todavía no sabíamos nombrar. Con el tiempo, el Señor nos fue mostrando que esa alegría tenía un camino: la entrega. Y, al recorrerlo, hemos descubierto que servir no nos empobrece, sino que nos hace más libres; que darnos a los demás no nos quita la vida, sino que nos permite encontrarla; que el amor, cuando se entrega de verdad, no se agota, sino que se multiplica.

No siempre lo conseguimos. También nosotros nos cansamos, nos desanimamos, buscamos reconocimiento o nos cuesta aceptar que el servicio más importante puede ser precisamente el que nadie ve. Por eso necesitamos volver una y otra vez a Cristo, contemplarlo lavando los pies de sus discípulos y recordar que no somos los dueños del ministerio que hemos recibido, sino servidores de un amor que nos precede y nos supera.

Que nuestro ministerio diaconal esté lleno de alegría. No de una alegría superficial, sino de esa alegría honda que nace de sabernos llamados por el Señor y de poder gastar nuestra vida al servicio de los hermanos.

Somos servidores. Y eso, lejos de ser un motivo de tristeza o de inferioridad, es un regalo inmenso. Hemos encontrado en el servicio un camino para seguir a Cristo y una manera concreta de amar.

Ojalá que, al mirar nuestra vida, podamos reconocer con humildad y gratitud que el Señor ha estado grande con nosotros. Y que, después de tantos años de ministerio, podamos decir, no porque todo haya sido fácil, sino porque hemos descubierto dónde se encuentra la verdadera alegría:

Hemos encontrado en Cristo la alegría de servir, y en el servicio a nuestros hermanos, una manera de vivir el amor hasta el extremo.

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