CONVIVIUM: Sin sacerdotes no hay Eucaristía, sin servicio (diáconos) no hay Iglesia
La celebración de Convivium, la asamblea presbiteral que tendrá lugar el 9 y de febrero en Madrid, se presenta como una oportunidad singular para la vida de la Iglesia diocesana. No es solo un encuentro organizativo ni una cita más en el calendario pastoral, sino un espacio de escucha, comunión y discernimiento en el que los presbíteros se reconocen hermanos en el mismo sacramento del Orden, llamados a renovar su entrega al servicio del Pueblo de Dios. Aunque su carácter sea eminentemente sacerdotal, el hecho de que también los diáconos hayan sido convocados no es un gesto accesorio ni meramente protocolario, sino una expresión concreta de la comunión ministerial que brota del mismo sacramento y de la misma misión eclesial. Escuchar a los presbíteros, compartir sus inquietudes, sus cansancios y sus esperanzas, es también una forma de participar activamente en la vida de la Iglesia y de asumir, cada uno desde su ministerio, la corresponsabilidad pastoral.
Esta asamblea invita de manera natural a poner el foco en la necesidad de los sacerdotes. Una necesidad real, profunda y, en muchos lugares, acuciante. La Iglesia necesita presbíteros, no como una pieza funcional dentro de una estructura, sino como hombres llamados y consagrados para hacer presente sacramentalmente a Cristo en medio de su pueblo. Sin sacerdotes no hay Eucaristía, y sin Eucaristía la Iglesia pierde su centro vital. Sin presbíteros no hay reconciliación sacramental, no hay absolución de los pecados, no hay esa experiencia tan concreta y tan humana de sentirse acogido, perdonado y sanado por la misericordia de Dios. Pensar en la necesidad de los sacerdotes es, en el fondo, pensar en la necesidad que tenemos de los sacramentos, y por tanto en nuestra propia fragilidad y dependencia de la gracia.
Por eso es justo y necesario dedicar tiempo, oración y esfuerzos a cuidar a los sacerdotes, a preguntarnos qué necesitan realmente, a acompañarlos en su ministerio, a sostenerlos en las dificultades y a alegrarnos con ellos en los frutos de su entrega. El sacerdote no es un superhombre ni un funcionario de lo sagrado; es un hermano que ha respondido a una llamada exigente y que vive, como todos, en medio de tensiones, límites y desafíos. Una Iglesia que no cuida a sus presbíteros corre el riesgo de empobrecerse espiritualmente, de convertir el ministerio en una carga y no en un don, y de olvidar que el sacerdocio es, ante todo, un regalo que Dios hace a su pueblo.
Pero este contexto de reflexión sobre el sacerdocio abre también una pregunta que no puede eludirse: ¿necesita la Iglesia del siglo XXI a los diáconos? La respuesta no admite ambigüedades. Sí, los necesita, y los necesita hoy más que nunca. El diaconado no es un ministerio de transición ni un simple apoyo logístico al presbítero, sino una vocación específica dentro del sacramento del Orden, con una gracia propia y una misión claramente definida. El diácono es signo sacramental de Cristo servidor, de aquel que no vino a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos.
En un mundo marcado por la fragmentación, el individualismo y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, el diaconado recuerda a la Iglesia su identidad servicial. Los diáconos viven inmersos en la realidad cotidiana: en los barrios, en las familias, en los matrimonios, en las comunidades de vecinos, en los lugares de trabajo. Desde ahí encarnan una forma de ministerio que tiende puentes entre la Iglesia y el mundo, entre la liturgia y la vida, entre el altar y la calle. No hablan de la realidad desde fuera, sino desde dentro, compartiendo las mismas preocupaciones, las mismas luchas y, muchas veces, las mismas heridas.
Especialmente significativa es su dedicación al servicio de la caridad. Los diáconos están llamados a ser memoria viva de la opción preferencial por los pobres, no como un eslogan pastoral, sino como una actitud evangélica que atraviesa toda la vida de la Iglesia. Su presencia junto a los más necesitados, a los descartados, a los que no cuentan, interpela constantemente a la comunidad cristiana y le recuerda que la fe que no se traduce en obras de amor corre el riesgo de vaciarse de contenido. El diácono no sustituye a la comunidad en la caridad, pero la provoca, la anima y la organiza, ayudando a que el amor cristiano no se quede en palabras.
Junto al servicio de la caridad, el diaconado tiene también una dimensión esencialmente evangelizadora. Los diáconos son ministros de la Palabra, llamados a anunciar el Evangelio con su voz y, sobre todo, con su vida. El ejemplo del diácono Felipe, uno de los siete elegidos por la comunidad primitiva, sigue siendo profundamente actual. Felipe se acerca al eunuco etíope, escucha su inquietud, le explica las Escrituras y, finalmente, lo bautiza. No hay imposición ni distancia, sino cercanía, diálogo y acompañamiento. En sociedades sedientas de sentido y, muchas veces, alejadas de la fe, este estilo de evangelización resulta especialmente necesario.
El testimonio diaconal, vivido con coherencia y humildad, se convierte así en una forma de anuncio apostólico que no busca protagonismos, sino fidelidad al Evangelio. La vida matrimonial y familiar de muchos diáconos añade, además, una riqueza particular a este testimonio, mostrando que es posible vivir la vocación cristiana en la complejidad del mundo actual, integrando fe, trabajo, familia y servicio eclesial. Esta presencia es, en sí misma, una palabra que interpela y una luz que orienta.
Por todo ello, el Convivium no puede ser solo una asamblea para los presbíteros, sino una ocasión para que toda la Iglesia diocesana, incluidos los diáconos, renueve su conciencia de corresponsabilidad. Presbíteros y diáconos no compiten ni se sustituyen, sino que se complementan en la única misión de servir al Pueblo de Dios. Cada ministerio tiene su identidad propia, pero todos convergen en la edificación del Cuerpo de Cristo.
Finalmente, no se puede hablar del sacerdocio ni del diaconado sin subrayar la importancia de la oración. La oración por los sacerdotes y por los diáconos no es un recurso piadoso secundario, sino una necesidad urgente. Rezar por ellos es reconocer que el ministerio ordenado no se sostiene solo con esfuerzos humanos, sino con la gracia de Dios. Rezar por los diáconos, en particular, es pedir que vivan con fidelidad y alegría su vocación, que sean servidores humildes y valientes, y que su vida sea un reflejo creíble del Evangelio en medio del mundo.
En este tiempo de la Iglesia, marcado por tantos desafíos, el cuidado de los presbíteros y la valoración del diaconado no son opciones pastorales entre otras, sino caminos imprescindibles para una Iglesia más evangélica, más cercana y más fiel a su Señor.
