Diaconado: El último banco

"Sabía que ese “quedarse” formaba parte de su ministerio tanto como proclamar el Evangelio o preparar el altar"

Diácono
Diácono

Siempre ocupaba el mismo lugar en la iglesia: el último banco del lado derecho, cerca del pasillo. No era un gesto estudiado ni una declaración de intenciones. Simplemente, desde allí rezaba y no estorbaba a nadie. Algunos pensaban que lo hacía por modestia; otros, que era por falta de carácter. La verdad era más sencilla: aquel banco le permitía ver la asamblea entera y, al mismo tiempo, pasar desapercibido.

Era diácono desde hacía años. Casado, con hijos ya mayores, trabajaba por las mañanas en una gestoría y por las tardes hacía lo que siempre había hecho desde que recibió la ordenación: estar disponible. No figuraba en casi ningún cartel parroquial ni coordinaba grupos visibles. No presidía, no dirigía, no ocupaba el centro. Proclamaba el Evangelio con voz clara, preparaba el altar cuando hacía falta, asistía al sacerdote con naturalidad, sin gestos innecesarios. Al terminar la misa, regresaba a su banco y esperaba.

Esperar era parte de su ministerio. Sabía que, si salía rápido, alguien se quedaría sin hablar. Siempre había alguien. Una mujer mayor que necesitaba ayuda para un trámite, un matrimonio al borde del agotamiento, un hombre que pedía información sobre Cáritas sin atreverse a entrar en el despacho parroquial. Escuchaba más de lo que hablaba. No tomaba notas, pero recordaba. Durante la semana, esas conversaciones se transformaban en llamadas, visitas, acompañamientos silenciosos. No llevaba alzacuellos por la calle, si en el templo, pero muchos sabían a quién llamar cuando la vida se torcía.

Con feligreses
Con feligreses

En la parroquia nadie dudaba de que “hacía mucho”, aunque no siempre sabían decir qué. No aparecía en las estadísticas ni en las memorias anuales. Su labor no se medía en números. A veces él mismo tenía la sensación de no llegar a nada, de ir apagando pequeños incendios sin que nadie reparase en ello. Pero había aprendido que el diaconado no se sostiene en la eficacia, sino en la fidelidad.

Con la llegada de un nuevo párroco, joven y lleno de proyectos, la dinámica cambió. Reuniones, planes pastorales, equipos de trabajo. Una tarde, al terminar un encuentro, el sacerdote se le acercó con franqueza.

—Tú podrías asumir más responsabilidades visibles —le dijo—. Coordinar, organizar, dar ejemplo.

El diácono no respondió de inmediato. No porque no tuviera respuesta, sino porque quería que no sonara a justificación.

—Padre —dijo al fin—, yo intento estar donde la parroquia no llega. Si me coloco delante, dejo de ver lo que queda detrás.

No hubo discusión. El párroco asintió, quizá sin comprender del todo. Con el tiempo, lo haría.

Diácono en su vida de bario
Diácono en su vida de bario

En el barrio, su presencia era discreta pero constante. Conocía a los miembros de las asociaciones vecinales y comunidades, a los responsables de los negocios, a los voluntarios que no salían en las fotos. Sabía qué familias acumulaban meses sin ingresos y quién dormía en una habitación alquilada sin contrato. Acompañaba entierros sencillos, a veces sin sacerdote, en tanatorios casi vacíos. Rezaba con palabras sobrias, sin discursos. Para muchos, fue la primera imagen concreta de una Iglesia que no pregunta demasiado antes de acercarse.

Nunca hablaba de su ordenación. Si alguien se interesaba, respondía con naturalidad, sin solemnidad añadida. No corregía cuando lo confundían con un laico comprometido ni cuando lo llamaban “medio cura”. Había aprendido que el diaconado permanente en España todavía se entiende más por cercanía que por definiciones. Su identidad no estaba en el reconocimiento externo, sino en saberse enviado.

Un invierno enfermó. Nada grave, pero suficiente para obligarle a parar. Nadie lo anunció oficialmente. Simplemente, un domingo no estaba. El Evangelio lo proclamó el sacerdote, la misa siguió sin incidentes, todo fue correcto. Sin embargo, al salir, varias personas comentaron lo mismo sin ponerse de acuerdo en las palabras: faltaba algo. No sabían explicar qué, pero lo notaban.

Una anciana ve el banco vacío
Una anciana ve el banco vacío

Durante esas semanas, algunas gestiones quedaron en suspenso. No pasó nada dramático. Solo pequeños retrasos, llamadas que nadie devolvía, acompañamientos que se posponían. Fue entonces cuando el párroco empezó a entender. No era cuestión de funciones, sino de presencia. No de tareas asignadas, sino de vínculos sostenidos.

Cuando el diácono volvió, se sentó en su banco de siempre. Nadie aplaudió ni hizo comentarios. Al final de la misa, una anciana se le acercó, le tomó la mano con fuerza y le dijo en voz baja:

—Ahora sí está todo en su sitio.

Él sonrió, agradecido y un poco incómodo, como siempre que alguien verbalizaba lo que prefería dejar en silencio. Se quedó un rato más, escuchando, atendiendo, esperando. Sabía que ese “quedarse” formaba parte de su ministerio tanto como proclamar el Evangelio o preparar el altar.

Diácono y párroco
Diácono y párroco

En una Iglesia que a menudo mide su vitalidad por la cantidad de actividades, el diácono recuerda que hay un servicio que no se ve, pero sostiene. No ocupa el centro, pero mantiene el equilibrio. No reclama espacio propio, porque su lugar está entre el altar y la calle, entre la liturgia y la vida concreta de las personas. Su misión no es protagonizar, sino enlazar; no es destacar, sino permanecer.

Quizá por eso muchos no sabrían explicar qué hace exactamente un diácono. Pero sí saben cuándo falta. Y, cuando está, aunque no lo digan, descansan un poco más.

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