Un diácono en CONVIVIUM

CONVIVIUM
CONVIVIUM
Paco, diácono
12 feb 2026 - 12:55

Convivium, el encuentro de todos los presbíteros de la archidiócesis de Madrid celebrado los días 9 y 10 de febrero, fue concebido como una asamblea presbiteral, destinada a los sacerdotes. Sin embargo, también fuimos invitados los diáconos (y los obispos) un gesto que ya de por sí habla de comunión eclesial y de camino compartido. Para quienes estamos a punto de cumplir veinte años de ministerio, como es mi caso, este encuentro tuvo además un profundo valor humano y afectivo. Encontrarme con tantos sacerdotes con los que he compartido camino fue una experiencia muy positiva, cargada de recuerdos y de gratitud. A muchos de ellos hacía tiempo que no los veía, y el reencuentro fue una verdadera alegría, aunque inevitablemente surgiera el pensamiento de que el tiempo no pasa en vano: uno se descubre mayor y, al verse mutuamente, intuye que ese mismo pensamiento cruza también por la mente del otro.

Desde mi condición de diácono, quisiera acercarme humildemente a esta gran reunión diocesana y ofrecer una breve mirada desde la vivencia personal.

CArdenal Cobo
CArdenal Cobo

Nada más comenzar, me llamó la atención la naturalidad con la que se entrelazaron momentos tan distintos: la oración de laudes, una canción de Joaquín Sabina y, a continuación, la intervención de bienvenida del cardenal. Don José puso ante nosotros la figura del santo madrileño por excelencia, san Isidro, subrayando un rasgo esencial de su santidad: era ser un hombre en medio de la gente. Un santo con los pies en la tierra, un trabajador del campo que supo vivir su fe sin separarse de la vida cotidiana.

Reconozco que aquella referencia me pareció especialmente acertada. Porque eso es precisamente a lo que estamos llamados los ministros de la Iglesia: a no refugiarnos en espacios protegidos, a no vivir encerrados en la burbuja parroquial. Como se recordó también en una de las ponencias, en palabras del cardenal Bustillo, “no podemos vivir sin objetivos en la vida, crecer sin brújula y en una burbuja… el Evangelio nos saca de las burbujas”. Y como tan certeramente nos decía el papa Francisco, no podemos dedicarnos solo a acariciar nuestras ovejas. El Evangelio nos empuja a salir, a exponernos, a encontrarnos con la realidad tal como es, con sus luces y sus sombras.

CArdenal Bustillo Burbuja
CArdenal Bustillo Burbuja

Es verdad que el entorno parroquial ofrece mucha tranquilidad. Uno se siente cómodo, arropado, especialmente cuando ese ambiente está reforzado por el cariño de la feligresía. Sin quererlo, a veces se adquiere un cierto protagonismo, una posición reconocida, una seguridad que resulta agradable. Pero también puedo asegurar que lo verdaderamente duro es salir fuera.

En nuestro caso, los diáconos vivimos una realidad muy particular: una vida plenamente insertada en medio del mundo, con nuestros trabajos, nuestros compañeros y nuestras responsabilidades. Dar testimonio en ambientes cada vez más secularizados y, en muchos casos, profundamente paganizados, no es sencillo. Vivir el Evangelio con coherencia en contextos donde Dios parece no contar exige valentía, paciencia y mucha oración.

A esto se suma la vida cotidiana en nuestros barrios y comunidades de vecinos, y, por supuesto, la familia, que también puede convertirse en una especie de burbuja, aunque muy distinta de la parroquial. En la familia aparecen otros desafíos: los momentos difíciles del matrimonio, el cansancio, la entrega constante. Cuando los hijos son pequeños llegan las noches sin dormir, el estar siempre pendientes de ellos; y quizá más complejo aún es acompañarlos en la adolescencia y la juventud, cuando buscan su identidad y el mundo les ofrece tantas propuestas contradictorias.

San Isidro reza y los ángeles trabajan
San Isidro reza y los ángeles trabajan

En medio de todo esto no debemos olvidar que lo más grande que queremos regalar a nuestros hijos es al mismo Jesucristo, no solo con palabras, sino con una vida coherente. Ahí se juega gran parte de nuestro ministerio como diáconos: en la cocina de casa, en el coche camino del trabajo, en una conversación complicada, en la fidelidad silenciosa.

Por eso la figura de san Isidro resulta tan luminosa. Nuestro patrón madrileño es grande precisamente por su sencillez. Un agricultor humilde que supo unir trabajo y oración, tierra y cielo. Don José evocó el conocido milagro de los ángeles que araban mientras Isidro rezaba. Y confieso que esa imagen me resulta profundamente cercana. Me parece estupenda la idea de que los ángeles tiraran de los bueyes para que pudiera rezar san Isidro, porque muchas veces yo mismo siento que apenas tengo tiempo para la oración y cuánto la echo de menos. Más de una vez he pensado lo bien que vendría que esos mismos ángeles acudieran a ayudar con los deberes de los hijos, afrontaran el duro ajetreo del trabajo o acudieran a la reunión de vecinos, entre tantas otras tareas cotidianas que llenan nuestros días.

Pero la enseñanza es más profunda. San Isidro no huyó de sus responsabilidades; las vivió desde Dios. Rezaba, sí, pero también trabajaba. Y lo hacía con tal fe que su vida entera se convirtió en oración. Ese es el modelo que necesitamos hoy: ministros insertos en la realidad, creyentes con las manos manchadas de tierra, pastores que conocen el olor de la calle, ministros que viven su servicio entre reuniones de trabajo, facturas, hijos, vecinos y compromisos. La santidad no está reservada a espacios sacralizados; nace y crece en lo cotidiano.

Convivium fue, para mí, un recordatorio de todo esto. Un espacio de encuentro, de oración compartida y de reflexión, pero también una llamada a no perder de vista dónde estamos realmente enviados. La Iglesia no vive para sí misma. Existe para anunciar a Cristo allí donde la vida sucede: en las oficinas, en los colegios, en los hospitales, en los hogares y en las plazas.

Volví de aquel encuentro con gratitud y con una renovada conciencia de misión. Como diácono, sé que mi lugar está precisamente ahí: en medio del mundo, tratando de ser puente, testigo y servidor. Y, como san Isidro, intentando unir trabajo y fe, familia y ministerio, oración y compromiso, confiando en que el Señor sigue actuando también hoy, aunque no siempre veamos ángeles arando nuestros campos.

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