Diáconos en la mesa con Jesús.. y a sus pies

diacono sirviendo altar y pobres
diacono sirviendo altar y pobres

Hay Evangelios que uno lee y enseguida piensa que están hablando de nosotros. No porque podamos compararnos con sus personajes, sino porque aquellas escenas siguen sucediendo hoy, también dentro de la Iglesia y de nuestro propio corazón.

El Evangelio de san Lucas que hoy nos propone la liturgia es uno de ellos.

Jesús ha sido invitado a comer a casa de un fariseo llamado Simón. Está sentado a la mesa cuando aparece una mujer que no ha sido invitada. Es conocida en la ciudad como pecadora. No parece tener derecho a estar allí, pero entra y se coloca a los pies de Jesús.

Comienza a llorar. Sus lágrimas riegan los pies del Señor; los seca con sus cabellos, los cubre de besos y los unge con perfume.

Simón está sentado a la mesa con Jesús.

La mujer está a sus pies.

Y mientras releo esta escena pienso muchas veces en nosotros, los diáconos.

También nosotros tenemos el enorme privilegio de estar cerca de Jesús. Hemos recibido el sacramento del Orden, participamos en la liturgia, proclamamos el Evangelio, bautizamos, asistimos a matrimonios, acompañamos a las familias y tratamos de hacer presente a Cristo allí donde nos ha tocado vivir.

Es una gracia inmensa.

Después de veinte años de diaconado, puedo decir que uno aprende a valorar todavía más ese regalo. Cuando recibí la ordenación, aquel 10 de junio de 2006, seguramente tenía muchas ideas sobre lo que significaba ser diácono. Con el paso de los años he descubierto que el diaconado no consiste tanto en ocupar un lugar dentro de la Iglesia como en aprender a ponerse al servicio de todos.

Porque existe una tentación muy humana: acostumbrarnos a estar en la mesa.

Podemos sentirnos cómodos dentro de nuestras celebraciones, responsabilidades y espacios. Pero existe el riesgo de que la cercanía a las cosas de Dios nos haga olvidar al propio Dios.

Podemos estar sentados a la mesa con Jesús y olvidarnos de sus pies.

Y este Evangelio nos pone delante a una mujer que viene a recordárnoslo.

Ella no tiene un cargo, una posición, una estola ni reconocimiento alguno. No sabemos siquiera su nombre.

Pero sabe amar.

Y eso es suficiente.

Simón ha invitado a Jesús a su casa, pero la mujer le ofrece lo que tiene: sus lágrimas, sus besos y su perfume. Jesús se lo hace notar:

«He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas».

Qué palabras tan fuertes para cualquiera que tenga una responsabilidad dentro de la Iglesia. También para nosotros los diáconos.

Jesus, fariseo y mujer
Jesus, fariseo y mujer

Cuando Jesús entra en nuestra vida, ¿qué le ofrecemos? ¿Solo nuestro ministerio, nuestras horas de servicio y nuestras celebraciones? ¿O también nuestro corazón?

El diácono está llamado a servir. No a ser servido.

Podemos caer en luchas por el protagonismo, el reconocimiento o por sentir que nuestra tarea es más importante que la de otros. Y entonces conviene volver a mirar a aquella mujer.

Ella no busca protagonismo. No quiere que la miren ni que la aplaudan. Simplemente se arrodilla ante Jesús y ama.

Quizá eso sea el diaconado en su forma más sencilla y auténtica: arrodillarse ante Cristo y amar.

Después de tantos años de ministerio, uno comprende que el servicio más importante no siempre es el que se ve. Hay momentos en los que llevamos la estola y otros en los que simplemente somos esposos, padres, abuelos, vecinos, compañeros de trabajo o amigos.

Y ahí también se juega nuestra vocación.

Porque un diácono no deja de ser diácono cuando se quita la estola. La estola puede desaparecer de nuestros hombros, pero el servicio debería permanecer en nuestra vida.

El diácono casado vive su ministerio en medio de su familia, de su trabajo, de sus preocupaciones, alegrías y limitaciones. No vive en un mundo aparte.

Está en la Iglesia, pero también en la calle.

Está junto al altar, pero también junto a la mesa de su familia.

Proclama el Evangelio, pero también tiene que intentar vivirlo.

Por eso necesitamos recordar que estar en la mesa con Jesús no nos exime de estar a sus pies. Al contrario: la mesa debería llevarnos a los pies; la Eucaristía, al servicio; el Evangelio, hacia quienes necesitan ser escuchados.

Podemos estar muy cerca de Jesús y, sin embargo, no haber entendido todavía qué significa servir.

Simón tenía a Jesús en casa, pero fue aquella mujer la que entendió cómo recibirlo.

Y Jesús termina pronunciando una frase que debería quedar grabada en el corazón de cualquier servidor de la Iglesia:

«Tu fe te ha salvado, vete en paz».

La fe de aquella mujer no se quedó en palabras. Se convirtió en lágrimas, perfume, gestos y amor.

Esa es también una enseñanza para nosotros: el servicio es una expresión de la fe.

No servimos para que nos reconozcan, para tener un puesto o para sentirnos importantes. Servimos porque hemos descubierto que Cristo nos ha amado primero.

Y cuando uno se siente amado y perdonado por Dios, comprende que no puede guardar ese amor para sí mismo.

Por eso debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿seguimos siendo servidores?

No si seguimos llevando la estola, participando en las celebraciones o teniendo responsabilidades. La pregunta es otra: ¿seguimos sirviendo?

Podemos mantener las formas externas del ministerio y perder poco a poco el espíritu del servicio.

Por eso necesitamos volver una y otra vez a los pies de Jesús. Allí desaparecen los cargos, los reconocimientos y las diferencias. Allí solo estamos nosotros delante del Señor.

Y quizá, al final de nuestra vida, cuando ya no haya nada que organizar ni ninguna tarea pastoral que realizar, Jesús nos llevará de nuevo a aquella escena.

Entonces comprenderemos definitivamente qué significaba ser diácono.

Quizá no nos preguntará cuántas veces estuvimos en la mesa, sino qué hicimos con aquellos que estaban a sus pies.

Cristo estaba en el pobre, en el enfermo, en el anciano, en quien estaba solo, en el matrimonio que atravesaba dificultades, en el joven que había perdido la esperanza y en la persona que llamaba a nuestra puerta buscando simplemente ser escuchada.

Cada vez que nos inclinamos ante un hermano, nos inclinamos ante Cristo.

Por eso, hermanos diáconos, no tengamos miedo de estar a los pies de Jesús, aunque tengamos la gracia de estar en su mesa, aunque llevemos la estola, proclamemos el Evangelio o la Iglesia nos confíe responsabilidades.

Nunca dejemos de ser servidores.

Que la estola no nos haga olvidar los pies. Que el altar no nos aleje de la calle. Que la liturgia no nos haga olvidar la vida. Que la Palabra que proclamamos no se quede solamente en nuestros labios.

Quizá el mejor lugar para un diácono sea precisamente ese: entre la mesa y los pies.

En la mesa con Jesús, para alimentarnos de Él.

A los pies de Jesús, para aprender de Él.

Y en medio del mundo, para servir como Él.

Nos sentamos con Jesús para aprender a amar.

Y nos levantamos para servir.

Ojalá que, cuando llegue el último día, podamos descubrir que cada vez que dimos de comer, acompañamos, consolamos, escuchamos, perdonamos o servimos sin que nadie lo supiera, estábamos encontrándonos con Él.

Y entonces quizá Jesús vuelva a decirnos:

«Tu fe te ha salvado, vete en paz».

Porque el diácono está llamado a estar en la mesa.

Pero su corazón debe permanecer siempre a los pies de Jesús.

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