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El diácono no puede ir de incógnito

Trabajador...y diácono
Trabajador...y diácono
Francisco José García-Roca López, diác.
10 mar 2026 - 10:41

El diaconado permanente es un ministerio relativamente reciente en muchas diócesis de España si lo comparamos con la larga tradición del presbiterado. Aunque su restauración tras el Concilio Vaticano II ha supuesto una riqueza enorme para la vida de la Iglesia, lo cierto es que todavía hoy sigue siendo un ministerio poco conocido. Muchos fieles no saben bien qué es un diácono, cuáles son sus funciones o cuál es su papel dentro de la comunidad cristiana. Precisamente por eso, los propios diáconos tenemos una responsabilidad especial: no podemos vivir nuestro ministerio de manera invisible, ni ejercerlo como si fuera algo privado o casi oculto. El diácono no puede ir de incógnito.

Mucho antes de comenzar la formación hacia el diaconado, la providencia quiso que surgiera una experiencia muy significativa. Al llevar a una hija a un colegio cuyo director era diácono, surgió una conversación aparentemente sencilla con una profesora del centro. Ella afirmaba con total convencimiento que aquel colegio no era religioso. Ante esa afirmación, se le recordó que se trataba de un colegio diocesano. Su respuesta fue inmediata: entonces, ¿cómo era posible que el director fuera un laico?

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Aquella confusión revelaba algo muy significativo. Para aquella profesora, el director era simplemente un laico más, un profesional que vestía chaqueta y corbata como cualquier otro. No percibía en él ningún signo que le hiciera pensar que estaba ante un ministro ordenado. Fue necesario explicarle que no se trataba de un laico, sino de un diácono, un clérigo de la Iglesia. Aquella reacción no era fruto de mala intención, sino simplemente del desconocimiento.

Este tipo de situaciones pone de manifiesto una realidad que todavía vivimos con frecuencia. Muchas personas no saben que aquel padre del compañero de su hijo o aquel compañero de trabajo es un ministro sagrado. Es verdad que nuestro ministerio tiene características propias: no somos sacerdotes y, además, la mayoría de nosotros vivimos plenamente insertos en la vida ordinaria de la sociedad, con nuestra familia, nuestro trabajo y nuestras responsabilidades cotidianas. Precisamente esa presencia en medio del mundo forma parte de la riqueza del diaconado.

Sin embargo, una cosa es vivir integrados en la vida cotidiana y otra muy distinta pasar completamente desapercibidos. No se trata de que los diáconos tengamos que vestir siempre con alzacuellos ni de que debamos ir continuamente mostrando signos externos que nos distingan. La Iglesia no exige eso al diácono. Pero sí existe una responsabilidad clara: dar a conocer nuestro ministerio y ejercerlo allí donde la vida nos sitúa.

El diaconado no es un título honorífico ni una realidad que se limite al interior de la parroquia. El diácono es ministro en todo momento y en todos los ámbitos de su vida. En el vecindario, en el trabajo, en el colegio de los hijos, en los distintos ambientes en los que se desarrolla la vida cotidiana, el diácono sigue siendo diácono. Y precisamente ahí es donde muchas veces se abre un campo inmenso para el testimonio y el servicio.

Custodia
Custodia

En el propio vecindario, por ejemplo, muchas familias podrían descubrir con sorpresa que tienen cerca a un ministro de la Iglesia. Tal vez algunos estén preparando el bautismo de sus hijos y no saben a quién acudir. O quizá haya personas que necesiten una palabra de orientación, una ayuda espiritual o simplemente alguien que les acerque a la vida de la Iglesia. Si el diácono vive completamente de incógnito, esas oportunidades desaparecen. En cambio, cuando se conoce su condición de ministro ordenado, se abre una puerta para el servicio pastoral.

Algo parecido ocurre en el ámbito del trabajo. Muchos compañeros pueden pasar años compartiendo jornada laboral con un diácono sin saberlo. Es comprensible que al principio resulte extraño, e incluso que algunos no entiendan bien qué significa ser clérigo y al mismo tiempo trabajador, esposo y padre. Pero precisamente ahí se encuentra una de las riquezas del diaconado: mostrar que el ministerio ordenado también puede estar presente en medio de la vida ordinaria.

Resultaría sorprendente que los compañeros de trabajo no supieran que uno de ellos es diácono. No se trata de hacer propaganda personal ni de buscar protagonismo, sino de permitir que el ministerio sea visible. De lo contrario, difícilmente se podrá dar a conocer una vocación que aún hoy necesita ser descubierta por muchos fieles.

También dentro de la propia vida eclesial es importante que el diácono se haga presente. Los diáconos están invitados, como cualquier otro ministro ordenado, a participar en las reuniones de arciprestazgo o de vicaría. Es verdad que muchas veces estas reuniones se celebran en horarios laborales que dificultan la asistencia de quienes todavía están en activo profesionalmente. Esa dificultad es real y comprensible.

Sin embargo, también es cierto que existen diáconos jubilados o en situaciones personales que sí les permitirían participar con mayor frecuencia en estos encuentros. Cuando no lo hacen, se pierde una oportunidad valiosa. La presencia del diácono en estos espacios no solo enriquece el diálogo pastoral, sino que también ayuda a que el propio ministerio diaconal sea conocido y valorado dentro del presbiterio y de la estructura pastoral de la diócesis.

Una de las excusas que a veces utilizamos los diáconos para no darnos a conocer es una cierta falsa humildad: ese deseo de pasar desapercibidos, de que no se note demasiado nuestra condición, pensando que así somos más sencillos o más humildes. Sin embargo, esa actitud no siempre nace de la verdadera humildad. En ocasiones, y aunque cueste reconocerlo, puede esconder también cierta comodidad o incluso un poco de cobardía para asumir con naturalidad la responsabilidad pública de nuestro ministerio. El diácono está llamado a servir con discreción, sí, pero también con la valentía de dejar que su vocación sea conocida y así valorada.

Especialmente importante es que nuestros hermanos sacerdotes conozcan y perciban la presencia del diácono como una ayuda real en la misión pastoral. Cuando el diácono participa, colabora y se hace visible, el ministerio se comprende mejor y se integra con mayor naturalidad en la vida pastoral.

Algo semejante ocurre en la liturgia. Revestirse para asistir en las celebraciones es parte esencial del ministerio diaconal. No solamente en la propia parroquia, sino también cuando se participa en otras comunidades. Es verdad que esto exige un esfuerzo considerable. Llegar a una parroquia donde uno no es conocido y presentarse al sacerdote para decirle que se es diácono y que se desea asistir en la celebración puede resultar incómodo.

Familia
Familia

Muchas veces sería mucho más sencillo entrar en la iglesia, sentarse junto a la esposa y participar en la misa como un fiel más. Sin duda sería más cómodo y, en cierto modo, también más discreto. Sin embargo, el ministerio no se vive desde la comodidad personal, sino desde el servicio.

Cuando el diácono se reviste y ejerce su función litúrgica, no lo hace para destacar ni para ocupar un lugar visible, sino para servir al altar y a la comunidad. Además, cada vez que un diácono ejerce su ministerio litúrgico en una parroquia donde quizá nunca habían visto uno, contribuye a que los fieles descubran esta vocación dentro de la Iglesia.

El testimonio visible del diácono ayuda a normalizar su presencia en la vida eclesial. Poco a poco, las comunidades van comprendiendo mejor su misión: el servicio a la Palabra, a la liturgia y a la caridad.

Por todo ello, el diácono no puede vivir su vocación como si fuera algo reservado al ámbito privado. Su ministerio forma parte de la vida pública de la Iglesia. Y aunque se viva con sencillez y sin buscar protagonismo, tampoco puede esconderse.

El mundo necesita ver ministros que, viviendo plenamente insertos en la realidad cotidiana, sigan siendo signo visible del servicio de la Iglesia. El diácono, precisamente por su cercanía a la vida ordinaria de las familias y del trabajo, tiene una oportunidad única de mostrar el rostro servicial de la Iglesia.

Ir de incógnito puede resultar más cómodo. Pero el diaconado no nació para ser invisible. Nació para servir, para anunciar el Evangelio y para recordar constantemente que la Iglesia está llamada a vivir desde el servicio.

Y ese servicio, para poder ejercerse, también necesita ser visible.

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