León XIV en Madrid: el ministerio del servicio que une a la Iglesia
La ya muy próxima visita del papa León XIV a España constituye una ocasión de alegría para toda la Iglesia y, de manera especial, para quienes formamos parte de la Archidiócesis de Madrid. Nuestra ciudad ha vivido algunos de los momentos más significativos de la historia reciente de la fe en España junto a los sucesores de Pedro. Cada visita papal ha dejado una huella imborrable en la memoria colectiva de los fieles y ha fortalecido la conciencia de pertenecer a una Iglesia universal que camina unida en la fe y en la caridad.
Los diáconos contemplamos estos acontecimientos desde una perspectiva particular. Nuestro ministerio está profundamente unido al servicio, y precisamente el servicio constituye también el corazón del ministerio del Obispo de Roma. Con frecuencia se habla del Papa como cabeza visible de la Iglesia, pastor universal o sucesor de san Pedro. Todo ello es cierto. Pero quizá olvidamos a veces una dimensión fundamental de su misión: el Papa es, ante todo, el primer servidor de la Iglesia. En cierto sentido, puede decirse que es también el primer diácono, porque toda autoridad en la Iglesia encuentra su sentido en el servicio a Cristo y a los hermanos.
El diaconado nació cuando los Apóstoles comprendieron que la atención a los pobres y a las necesidades de la comunidad formaba parte esencial de la misión evangelizadora. Desde entonces, la Iglesia ha entendido que servir no es una tarea secundaria, sino una dimensión constitutiva de su identidad. El ministerio petrino participa plenamente de esta realidad. El Papa sirve a la unidad de la Iglesia, sirve a la comunión entre los pueblos, sirve a la verdad del Evangelio y sirve especialmente a los más pobres y necesitados.
Quizá por ello los encuentros con los Papas dejan una huella tan profunda. Más allá de la emoción que producen las grandes celebraciones, los fieles perciben en ellos el testimonio de una vida entregada al servicio del Pueblo de Dios. Madrid ha tenido la fortuna de experimentar esa cercanía en numerosas ocasiones.
Antes de mi ordenación diaconal tuve la oportunidad de participar en algunos de esos acontecimientos históricos. Entre ellos ocupa un lugar especial la celebración presidida por san Juan Pablo II en el estadio Santiago Bernabéu. Quienes estuvimos presentes recordamos todavía la fuerza espiritual de aquel encuentro. Miles de personas congregadas en torno al sucesor de Pedro manifestaban visiblemente la unidad de la Iglesia. Aquella experiencia dejó una profunda impresión en muchos de nosotros y ayudó a fortalecer nuestra fe en un tiempo de importantes cambios sociales y culturales. El próximo lunes volvemos al Bernabeu.
Especialmente emocionante fue también la canonización celebrada en la plaza de Colón, cuando san Juan Pablo II elevó a los altares a santa Maravillas de Jesús, san Pedro Poveda, san José María Rubio y santa Genoveva Torres. Madrid se convirtió aquel día en una inmensa catedral al aire libre. La santidad adquiría nombres y rostros cercanos, vinculados a nuestra historia, a nuestras calles y a nuestras comunidades cristianas.
De aquella jornada conservo un recuerdo particularmente entrañable. Junto con varios voluntarios tuvimos la responsabilidad de acompañar a los enfermos acogidos por las Misioneras de la Caridad, la congregación fundada por santa Teresa de Calcuta. Entre aquellos voluntarios se encontraban también mi esposa y una amiga muy querida. Mientras la multitud celebraba la canonización de los nuevos santos, nosotros descubríamos que el centro del Evangelio seguía estando en aquellos hermanos frágiles y necesitados que participaban de la celebración.
Con el paso de los años, aquella experiencia revelaría un significado aún más profundo. Nuestra amiga descubrió la llamada de Dios a la vida religiosa y terminó ingresando en las Misioneras de la Caridad. Hoy es la hermana Maravillas, nombre elegido en honor de santa Maravillas de Jesús, una de las santas canonizadas aquel día. Cada vez que recuerdo aquella celebración pienso en cómo el Señor sigue escribiendo su historia en la vida de las personas, suscitando nuevas vocaciones y nuevos caminos de entrega.
Ya como diácono tuve la gracia de vivir otro acontecimiento extraordinario: la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid con Benedicto XVI. Aquellos días transformaron completamente la ciudad. Jóvenes procedentes de todos los continentes llenaron nuestras calles, nuestras parroquias y nuestras plazas. Madrid se convirtió en el corazón de la Iglesia universal y mostró al mundo el rostro alegre y esperanzado de una juventud que sigue buscando a Cristo.
Los que participamos en la organización y en los distintos servicios pastorales contemplamos cómo miles de voluntarios entregaban su tiempo y sus esfuerzos para que todo funcionara adecuadamente. Aquella experiencia confirmó una verdad esencial: la Iglesia crece cuando sirve. El espíritu del diaconado estaba presente en cada gesto de acogida, en cada ayuda prestada a los peregrinos y en cada sacrificio realizado para que otros pudieran encontrarse con el Señor.
Ahora nos disponemos a recibir al papa León XIV. Su visita se inserta en esta larga historia de encuentros entre Madrid y los sucesores de Pedro. Cada Papa posee una personalidad distinta, una sensibilidad propia y un estilo pastoral particular. Sin embargo, todos comparten una misma misión: confirmar en la fe a sus hermanos y servir a la unidad de la Iglesia.
La presencia de León XIV entre nosotros nos invita a redescubrir precisamente esta dimensión del servicio. En un mundo que con frecuencia identifica la autoridad con el poder, el Papa recuerda que la verdadera autoridad cristiana consiste en ponerse al servicio de los demás. Jesucristo lavó los pies a sus discípulos y enseñó que quien quiera ser el primero debe hacerse servidor de todos. El ministerio petrino encuentra ahí su modelo y su razón de ser.
Por eso, la visita de León XIV no debe contemplarse únicamente como un acontecimiento institucional o mediático. Es, sobre todo, una oportunidad para renovar nuestra comunión eclesial y para fortalecer nuestra vocación al servicio. Los diáconos estamos llamados a recordarlo de manera especial. Nuestro ministerio nos sitúa continuamente ante el ejemplo de Cristo servidor, y en el Papa encontramos un signo visible de esa misma entrega vivida a escala universal.
Madrid, que ha acogido con entusiasmo a san Juan Pablo II, a Benedicto XVI y a otros sucesores de Pedro, volverá a abrir sus brazos al Obispo de Roma. Lo hará con la misma fe, con la misma gratitud y con la misma esperanza de siempre. Y quienes hemos tenido la fortuna de vivir algunos de esos encuentros históricos damos gracias a Dios por seguir contemplando cómo la Iglesia continúa su camino guiada por aquel que, como sucesor de san Pedro, está llamado a ser principio visible de unidad y, al mismo tiempo, primer servidor de los servidores de Dios.
La visita de León XIV será una nueva página en la historia religiosa de Madrid. Que también sea una nueva oportunidad para redescubrir el valor del servicio, esencia del diaconado y corazón mismo de la misión de la Iglesia. Porque cuando la Iglesia sirve, anuncia con credibilidad el Evangelio. Y cuando el Papa ejerce su ministerio como servidor de todos, nos recuerda que la grandeza cristiana no se mide por el poder, sino por la capacidad de amar y entregarse a los demás siguiendo el ejemplo de Jesucristo.