Las mujeres de los diáconos y las diaconisas
La mujer del diácono no recibe el sacramento del Orden, pero participa de manera singular en la gracia que este confiere a su marido. Lo que él recibe no se encierra en su persona, sino que se desborda sobre la familia, sobre la vida conyugal, sobre el hogar que ambos han construido. El diaconado vivido en matrimonio es, necesariamente, una vocación compartida. Pretender que el diácono pueda recorrer su camino ministerial en soledad, dejando a su esposa al margen, no solo empobrece el ministerio, sino que contradice la naturaleza misma del sacramento del matrimonio y la lógica de la encarnación.
La mujer del diácono sostiene, acompaña, discierne, anima y, en no pocas ocasiones, corrige. Comparte las alegrías del servicio y también sus tensiones, sus renuncias y sus silencios. Aunque no tenga un ministerio público reconocido, su presencia es muchas veces la primera mediación pastoral, el espacio donde el diácono contrasta decisiones, madura actitudes y aprende a vivir el servicio con humildad. En este sentido, su papel es insustituible, no por delegación clerical, sino por comunión esponsal.
Conviene evitar dos extremos igualmente empobrecedores: considerar a la mujer del diácono como una “diaconisa encubierta” o reducirla a una figura decorativa sin relevancia eclesial. No es lo uno ni lo otro. No suple un ministerio inexistente ni actúa por representación. Tampoco es una simple acompañante pasiva. Es esposa, creyente, miembro pleno del Pueblo de Dios, llamada a vivir su propia vocación bautismal y matrimonial en diálogo constante con el ministerio ordenado de su marido.
En una Iglesia que busca redescubrir el valor del servicio, de la sinodalidad y de la corresponsabilidad, la experiencia del diaconado en clave matrimonial ofrece una lección silenciosa pero elocuente. El ministerio no se ejerce desde el aislamiento, sino desde la comunión. La autoridad nace del servicio compartido. La fecundidad pastoral no depende solo de funciones, sino de relaciones vividas con autenticidad evangélica.
Hablar hoy de diaconisas sin una adecuada clarificación histórica y teológica puede generar falsas expectativas y desviar la atención de una realidad mucho más concreta y fecunda: la del matrimonio diaconal como espacio donde la gracia del Orden y la gracia del Matrimonio se iluminan mutuamente. La Iglesia no necesita importar modelos ajenos a su tradición sacramental, sino profundizar en los dones que ya posee y acompañarlos con inteligencia pastoral.
La mujer del diácono no reclama un lugar que no le corresponde; ocupa, muchas veces sin ruido, el lugar que Dios le ha confiado. Y desde ahí, sin estola ni ministerio visible, contribuye de manera decisiva a que el diaconado sea verdaderamente lo que está llamado a ser: un signo creíble de Cristo servidor en medio del mundo.