San Nicolás, el diácono injustamente acusado
Parece que la historia ha sido injusta con uno de los siete primeros diáconos de la Iglesia. Mientras que san Esteban ha pasado a la historia como el protomártir y san Felipe como el evangelizador que condujo al bautismo al eunuco etíope tras explicarle las Escrituras, los otros cinco miembros de aquel primer grupo apenas son recordados. Sin embargo, uno de ellos, Nicolás, prosélito de Antioquía, ha quedado asociado durante siglos a una de las herejías más conocidas de los primeros tiempos del cristianismo. Resulta llamativo que quien fue elegido por toda la comunidad como un hombre «lleno del Espíritu y de sabiduría» haya terminado siendo identificado por muchos como el origen de una doctrina condenada por la Iglesia.
El libro de los Hechos de los Apóstoles narra el nacimiento del ministerio diaconal. Ante las tensiones surgidas en la distribución diaria de los alimentos a las viudas, los Doce decidieron dedicar todas sus fuerzas a la oración y al ministerio de la Palabra, pidiendo a la comunidad que eligiera siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría. La elección recayó sobre Esteban, Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Después de orar, los apóstoles les impusieron las manos, gesto que la Iglesia ha reconocido siempre como el origen del ministerio diaconal.
No deja de ser significativo que, de aquellos siete, solo dos hayan alcanzado una gran notoriedad por el testimonio que ofrece el Nuevo Testamento. Esteban derramó su sangre como primer mártir de la Iglesia, perdonando a sus verdugos mientras contemplaba los cielos abiertos. Felipe protagonizó una intensa actividad evangelizadora y fue instrumento para la incorporación del eunuco etíope a la Iglesia. Los demás permanecen casi en silencio en las páginas de la Escritura. Ese silencio, paradójicamente, permitió que siglos después surgieran tradiciones muy diferentes sobre algunos de ellos.
Entre esas figuras destaca Nicolás. Su nombre ha quedado unido al llamado nicolaísmo, una corriente que aparece mencionada en el libro del Apocalipsis. En el mensaje dirigido a la Iglesia de Éfeso, el Señor alaba a aquella comunidad porque aborrece las obras de los nicolaítas, «que yo también aborrezco» (Ap 2,6). Más adelante, en la carta a la Iglesia de Pérgamo, reprocha que algunos mantengan «la doctrina de los nicolaítas» (Ap 2,15), vinculándola con la doctrina de Balaán, es decir, con la idolatría y la inmoralidad.
Es importante detenerse en este punto porque el texto bíblico habla de los nicolaítas, no del diácono Nicolás. El Apocalipsis nunca afirma que aquel diácono fuera el fundador de esa corriente ni que hubiera abandonado la fe. El nombre de la secta aparece, pero el libro inspirado no establece ninguna identificación personal con uno de los siete elegidos en Jerusalén. Esa asociación procede de tradiciones posteriores y no del texto bíblico.
A partir del siglo II algunos escritores eclesiásticos, especialmente san Ireneo de Lyon, seguidos por Hipólito de Roma y, más tarde, por Epifanio de Salamina, identificaron al fundador de la secta con Nicolás de Antioquía. Según estos autores, habría terminado justificando una vida de libertinaje moral, enseñando que la gracia permitía una conducta sexual desordenada y la participación en banquetes idolátricos. Aquella doctrina, junto con la simonía, fue considerada uno de los grandes peligros para la Iglesia naciente, porque desvirtuaba radicalmente el Evangelio.
Los nicolaítas fueron asociados con tendencias gnósticas y antinomianas. Defendían que las acciones del cuerpo carecían de importancia para la salvación del alma y, por ello, legitimaban la inmoralidad sexual. Del mismo modo, consideraban lícito consumir alimentos ofrecidos a los ídolos, restando importancia a la participación en ambientes paganos. Algunos autores han visto incluso en el propio nombre “nicolaíta”, derivado del griego nikao (vencer) y laos (pueblo), una imagen de quienes pretendían dominar al pueblo de Dios mediante una autoridad deformada, en abierta contradicción con el espíritu de servicio que caracteriza al ministerio diaconal.
Sin embargo, la cuestión está lejos de ser pacífica. Frente a esas acusaciones se alza una voz de enorme prestigio: Clemente de Alejandría. En el libro III de sus Stromata ofrece una defensa clara del diácono Nicolás y considera injusto atribuirle el origen de aquella herejía.
Según Clemente, Nicolás llevó una vida ejemplar. Era un esposo fiel, educó cristianamente a sus hijos y nunca promovió el desenfreno moral que después se le atribuyó. La clave de la confusión estaría en una frase pronunciada por él y profundamente malinterpretada. Nicolás habría enseñado que era necesario «luchar contra la carne y someterla». Se trataba de una expresión claramente ascética, en la línea del dominio propio, la mortificación y el rechazo de los excesos para vivir en santidad. Sin embargo, algunos seguidores invirtieron completamente su significado. Allí donde Nicolás hablaba de dominar las pasiones, ellos entendieron que había que entregarse a ellas, sosteniendo que la experiencia del pecado demostraba precisamente el dominio sobre él o que las acciones del cuerpo no afectaban a la vida espiritual. El resultado fue una perversión absoluta de su enseñanza.
Esta explicación resulta especialmente verosímil si se vuelve al texto de los Hechos de los Apóstoles. Lucas presenta a Nicolás como un hombre elegido por toda la comunidad cristiana precisamente por su buena fama y por estar lleno del Espíritu Santo. No existe en el Nuevo Testamento ninguna noticia sobre una posible apostasía, ni sobre una caída doctrinal, ni sobre una separación de la Iglesia. Si realmente uno de los siete primeros diáconos hubiera abandonado la fe y hubiera fundado una secta de tanta gravedad, resulta difícil comprender el absoluto silencio de los escritos apostólicos acerca de un hecho tan relevante.
Por eso muchos estudiosos actuales consideran que la identificación entre Nicolás y los nicolaítas no puede darse por demostrada. Como sucede en otras ocasiones, una tradición posterior pudo terminar imponiéndose sobre unos datos históricos mucho más limitados. También cabe la posibilidad de que el grupo adoptara ese nombre sin relación directa con el diácono o que utilizara su figura para dotarse de una supuesta autoridad apostólica.
En cualquier caso, la enseñanza que podemos extraer es profundamente actual. La historia recuerda cómo una doctrina puede deformarse hasta llegar a expresar exactamente lo contrario de aquello que quiso enseñar su autor. No sería la primera ni la última vez que unas palabras arrancadas de su contexto sirven para justificar comportamientos incompatibles con el Evangelio.
Para quienes hoy ejercemos el ministerio diaconal, la figura de san Nicolás invita también a otra reflexión. El diácono está llamado a ser hombre de comunión, de servicio y de fidelidad a la doctrina apostólica. Su misión nace de la imposición de las manos y encuentra su sentido en el servicio humilde a la Palabra, a la liturgia y a la caridad. Precisamente por ello, cualquier intento de utilizar el ministerio para introducir enseñanzas ajenas al Evangelio constituye una contradicción radical de su identidad.
Quizá haya llegado el momento de hacer justicia a aquel prosélito de Antioquía. No podremos afirmar con absoluta certeza qué ocurrió después de su elección, pero tampoco podemos convertir en una verdad indiscutible una acusación que el propio Nuevo Testamento nunca formula y que algunos de los más importantes Padres de la Iglesia rechazaron expresamente. Mientras el Apocalipsis condena con firmeza a los nicolaítas, los Hechos de los Apóstoles siguen presentando a Nicolás como uno de aquellos siete hombres «llenos del Espíritu y de sabiduría» que inauguraron el ministerio diaconal al servicio de la Iglesia naciente.
Su memoria nos recuerda que la santidad no siempre va acompañada del reconocimiento histórico y que, a veces, la verdad necesita ser rescatada de interpretaciones acumuladas durante siglos. Quizá, detrás del nombre de Nicolás de Antioquía, no se esconda el fundador de una herejía, sino un diácono fiel cuya enseñanza fue desfigurada por otros. Si así fuera, la historia habría sido especialmente severa con uno de los primeros servidores del altar y de los pobres, precisamente con uno de aquellos siete hombres que los apóstoles eligieron para manifestar que en la Iglesia la autoridad solo encuentra su sentido cuando se convierte en servicio.