La Resurrección de Jesús y las aspiraciones más profundas del ser humano y de toda criatura

Jesús Resucita para todos y para toda la creación, a fin de que todos y toda criatura tengamos vida y vida en abundancia y para siempre.

Jesús resucitado ya no pertenece a la historia humana con sus limitaciones, sufrimientos, impotencias, frustraciones. La resurrección trasciende esta vida, inicia otra existencia que es de plenitud, que colma todos los anhelos que nos podamos imaginar y mucho más, según nos enseñan los Evangelios y los demás escritos del Nuevo Testamento.

La resurrección se sitúa más allá de la historia, no pertenece a este mundo. Es metahistórica. A Jesús nadie de este mundo pudo verle resucitar, porque la resurrección pertenece a otra dimensión más allá de esta vida. Esto no es comprobable por los sentidos ni por la razón, ni por la ciencia, sino solo aceptable por la fe en Jesús mismo. Lo más que alcanzamos a comprender es que responde a nuestros anhelos más profundos de vivir para siempre y en plenitud, y no de morir para quedar muertos. “Es necesario que esto mortal se vista de inmortalidad” (1ª Carta de san Pablo a los cristianos de Corinto 15,53). Jesús se esforzó una y otra vez en convencer a los discípulos de que estaba vivo de nuevo, de que no había muerto para quedar muerto. Los cuatro Evangelios atestiguan la Resurrección de Jesús.

Los Evangelistas narran de muchas y diferentes maneras la experiencia de haber tratado con Jesús resucitado, pero todos coinciden en afirmar lo mismo: Jesús ha resucitado. Fueron muy honestos en sus narraciones, pues a pesar del absoluto machismo imperante, recogen las apariciones a María Magdalena y a otras mujeres como las primeras que hizo Jesús, e incluso recogen cómo les manda a ellas ir a anunciar a los Apóstoles que ha resucitado, y en concreto se lo pide a María Magdalena: ante esto, ¿cómo es posible que la Iglesia no dé los pasos necesarios para reconocer a las mujeres la misma dignidad, igualdad y funciones que a los hombres para que puedan ser sacerdotes, obispos, y Papas? Mientras la Iglesia no tome esta decisión nunca podrá ser la verdadera Iglesia de Jesucristo, ni tampoco lo será mientras no aplique al interior de si misma la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

A partir del hecho de la resurrección de Jesús, todos los apóstoles y discípulos empiezan a llamarle Señor, título atribuible solo a Dios mismo, según la literatura bíblica, y por tanto, a partir de la Resurrección, reconocen que Jesús es Dios. Y estaban tan convencidos de ello que dieron su vida por esta causa. La resurrección de Jesús fue lo primero que empezaron a enseñar y a atestiguar, porque se dieron cuenta de que era el hecho cumbre y más importante de su vida, para El y para nosotros. Hasta hoy, Jesús de Nazaret ha sido quien ha dado la respuesta más completa a las dimensiones y aspiraciones más profundas del ser humano. Reconocer su Mensaje y darle vida es lo más necesario para el mundo actual.

Si no fuera así, ¿quién compensaría a tantos seres humanos y tantos seres vivos, que son víctimas de una muerte injusta y prematura por el hambre, la sed, las guerras, la violencia, las torturas, las injusticias, como le pasó al propio Jesús? Nosotros ya nada podemos hacer para repararles un daño tan grande. La Resurrección es la única respuesta digna a la injusticia histórica del sufrimiento universal que el ser humano ya no puede reparar por sus propioos medios. Por eso, morir para quedar muertos es inadmisible, e insoportable. Hasta una sencilla lagartija que se ve privada de un fragmento de su cola, este se mueve y se agita vivamente porque se resiste a morir: el deseo de vivir es una fuerza biológica universal. La aspiración de todo ser vivo es vivir para siempre y feliz: la respuesta a esta aspiración universal es Jesús resucitado, y no solo para los seres humanos, sino también para toda la creación como nos enseña muy claramente san Pablo en la Carta a los Romanos en 8,18-23, “pues también ella vive en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción, para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios”. Sin duda tiene que haber y va a haber plenitud para todos y para toda la Creación y cada una de sus criaturas, pues ella misma con su grandeza, su belleza y su perfección es un reflejo vivo de la grandeza, la belleza y la perfección de Dios, como recoge la Biblia en el libro de la Sabiduría 13,5.

A la luz de la resurrección, todo lo que mata, destruye, hace sufrir, daña, perjudica, es indigno; y ya solo es digno aquello que potencia y facilita la vida, la felicidad, la alegría, la igualdad, la esperanza, la fraternidad, el amor, para todos y para criatura. Luchar por estos grandes valores ya anticipa un poco la resurrección porque nos hace más felices ya en este mundo, y al mismo tiempo nos hace también más dignos y confiados de poseerla un día en su plenitud, en compañía de toda la humanidad y toda la creación. Para esto vino Jesús a este mundo, por lo que merece toda nuestra gratitud y todo nuestro amor, que El quiere que depositemos en los demás, especialmente los empobrecidos y necesitados, pues para eso El se hace presente en los hambrientos, sedientos, enfermos, emigrantes, desnudos y encarcelados. Justo por esto es por lo que nos va a preguntar al final de nuestros días.

Feliz domingo de Pascua de Resurrección a tod@s.-Faustino

En Gijón a 5 de abril de 2026

faustino@faustinovilabrille.es

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