Carta a los empresarios: ¿Qué generación vamos a dejar a la sociedad futura?
Cada época parece estar marcada por una gran pregunta. La que hoy nos convoca tiene relación con el futuro de la humanidad y la gran responsabilidad que recae sobre nosotros. La pregunta es: ¿qué generación vamos a dejar a la sociedad futura?
Cada época parece estar marcada por una gran pregunta. La que hoy nos convoca tiene relación con el futuro de la humanidad y la gran responsabilidad que recae sobre nosotros. La interrogante ya no es qué sociedad vamos a dejar a las futuras generaciones, sino esta: ¿qué generación vamos a dejar a la sociedad futura? Para responderla, será necesario indagar cuáles son sus ideales y qué los moviliza en la vida; y, a su vez, el mundo empresarial deberá preguntarse de qué manera se está haciendo cargo de este cambio de época tan acelerado.
Dados los nuevos contextos, no sólo hemos de dialogar con total honestidad, sino que debemos estar realmente dispuestos a tomar aquellas decisiones que nos conduzcan a ser constructores de una sociedad más justa, más humana. Aquella que se inspira en lo que la tradición bíblica llamó la Jerusalén celeste (Ap 21). En efecto, como enseña el Magisterio de la Iglesia: «La perfección de toda sociedad está en buscar y conseguir aquello para lo que fue instituida, de modo que la misma causa que originó la sociedad sea causa de los movimientos y actos sociales». Es del todo pertinente preguntar si los empresarios han asumido esta inmensa responsabilidad que recae sobre ellos, para lograr mayor justicia y humanidad en la sociedad. Por eso es bueno recordar que el ser humano –a través de su actividad en el mundo– participa de la obra de Dios como cocreador y, por tanto, el trabajo tiene una dimensión personal, familiar, social y espiritual.
Esta carta surge después de años de reflexión sobre lo que supone ser humano. En palabras de León XIV: ¿Qué significa nuestra magnífica humanidad y cómo vivir en sociedad de acuerdo con esa identidad fundamental y de un modo tal que cada cual pueda hacerlo en plenitud? Este año he escrito a los profesores, a las familias, a los jóvenes y a los padres y apoderados. Ahora llega el momento de extenderles la invitación a ustedes –pequeños, medianos y grandes empresarios– para hacer ese mismo ejercicio y responder las mismas preguntas desde lo más profundo de sus convicciones: ¿qué tipo de sociedad queremos construir a través de nuestra acción empresarial? ¿Qué actitud vamos a tomar frente a los cambios vertiginosos que trae la tecnología? Y, finalmente, cada uno deberá pensar si es plenamente consciente de ser un agente decisivo para lograr un mundo mejor y de la inmensa responsabilidad que posee de cara al futuro.
Las empresas privadas son la fuente principal del desarrollo económico del país y, donde se genera la mayor cantidad de empleos. De ellas surgen los impuestos para financiar los bienes públicos y el gasto social que beneficia a los más pobres. Por esa razón, dichas interrogantes son especialmente pertinentes para ustedes, porque involucran directamente el futuro del país. Ellas son previas a discusiones sobre qué y cuánto se quiere producir, qué servicio se quiere prestar o qué estrategia comercial se necesitará para lograrlo.
Debemos ir hacia los fundamentos antropológicos, que mueven toda acción y toda ética, es decir, hacia lo más originario, porque a partir de su examen y análisis podremos responder adecuadamente a todo lo demás.
Quisiera que esta carta fuese leída de manera especial por quienes hoy emprenden. Muchos de ustedes están dando forma a una idea, se encuentran liderando equipos pequeños, o están comenzando con recursos limitados y asumiendo grandes riesgos. Precisamente por eso, tienen una oportunidad extraordinaria: construir desde el inicio una cultura donde las personas implicadas en la empresa no sean consideradas como un recurso más, sino como el centro mismo del proyecto. Las empresas no son de suyo auténticamente humanas por el solo hecho de ser pequeñas, ni dejan de serlo cuando crecen. Su calidad humana dependerá siempre de las convicciones con que fueron concebidas y del modo en que quienes las dirigen entienden su responsabilidad de cara al bien común. Esas convicciones siempre deben estar ligadas al bien de cada persona –trabajadores, accionistas, clientes, funcionarios del Estado– y el entorno.
Una reflexión serena y profunda, iluminada por la fe cristiana y por el Magisterio de la Iglesia que de ella emana, contribuirá decisivamente a ennoblecer el trabajo de todas las personas de buena voluntad que participan en el mundo de la empresa, sea esta pequeña, mediana o grande. Esa convicción me ha animado a compartir con ustedes algunas ideas que considero fundamentales para comprender el quehacer empresarial. Quiero invitarlos a reflexionar juntos sobre el rol y la gran responsabilidad que tienen los empresarios en nuestro país. No pierdo la esperanza de que este documento les haga sentido, lo distribuyan a sus colaboradores y sea motivo de encuentros a todo nivel.
Fundamentos para pensar la vida del empresario y las dinámicas del mundo
-Ser empresario es una vocación
Hablar de vocación puede parecer extraño cuando pensamos en el mundo de la empresa. Solemos asociar esa palabra al sacerdocio, a la vida consagrada, a la vida matrimonial o al servicio social. Sin embargo, toda persona ha sido pensada y querida por Dios antes de nacer y para cada una ha previsto un proyecto de vida que la conduzca a su plenitud (cf. Rm 8, 29–30). Lo mismo sucede con cada actividad humana que contribuye al bien común. Poner los dones recibidos al servicio de los demás es responder al llamado de Dios. Así se entiende también la vocación del empresario.
Con frecuencia se presenta a la empresa como una realidad exclusivamente económica, cuyo propósito es producir bienes, prestar servicios y generar utilidades que permitan seguir invirtiendo y así generar más trabajo y más prosperidad. ¡Pero su naturaleza es mucho más amplia que eso! Las empresas son creadas por personas que se desarrollan gracias a un trabajo colaborativo que busca satisfacer y servir a otras personas. Es un gran conjunto humano que aspira a ser y a trabajar en comunidad, para desplegar una misión que resulta indispensable para el desarrollo del país. Mirarla de otra manera sería empobrecer profundamente su significado y reducirla a solo una de sus dimensiones.
En el Evangelio Jesús nos dice: «Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado» (Mt 25, 29).
Las personas empresarias han recibido recursos y el Señor les pide que los hagan fructificar para el bien común. Este es un aspecto importante de su vocación. El texto del evangelista sirve para recordar que las capacidades y oportunidades no son únicamente fruto del esfuerzo, de la preparación o de determinadas habilidades personales. Sin desconocer el valor de todo ello, los cristianos sabemos que antes de cualquier mérito existe un don recibido. Todo talento tiene su origen en Dios y, precisamente por ello, lleva consigo una responsabilidad, más aún cuando repercute en miles y miles de personas. La parábola de los talentos nos recuerda, además, que los dones no fueron entregados para ser guardados, sino para hacerlos fructificar en beneficio de los demás. Esa lógica también ilumina la vocación del empresario, porque quien ha recibido la capacidad de emprender está llamado a convertir ese don en una fuente de bien para sí, para su familia y para la sociedad. ¿Ello acontece realmente o están demasiado ensimismados en sus empresas y en sus resultados como para integrar la dimensión social en su quehacer?
El Papa Francisco insistía en que «la vocación de un empresario es una noble tarea, siempre que se deje interpelar por un sentido más amplio de la vida. De este modo, los hombres y las mujeres pueden servir más eficazmente al bien común y hacer que los bienes del mundo sean más accesibles para todos». Por esa razón, la pregunta que todo empresario y todo emprendedor deberían hacerse no es solamente qué produce su empresa o cuánto ha crecido durante el último año. La pregunta más profunda es otra: ¿Qué efecto tiene la manera en que dirijo la empresa o colaboro en ella, en la vida de las personas que Dios ha puesto bajo mi responsabilidad? Esa pregunta no habla sólo de la calidad de una organización, sino también de la calidad moral de su liderazgo; por eso, es cada vez más relevante hoy. Si en un tiempo el factor decisivo de la producción era la tierra y el capital, hoy el factor decisivo es la persona humana, su capacidad de conocimiento, su integración en la organización social y la capacidad de satisfacer las necesidades de los demás. Esta realidad se ve nuevamente desafiada por la irrupción de la Inteligencia Artificial, por el deterioro sistemático de la vida social –cada vez más fragmentada–, por los altos niveles de desconfianza y por un creciente individualismo e indiferencia frente a los demás. El Papa Francisco advertía sobre esto cuando hablaba de la “globalización de la indiferencia”.
-La vocación de la empresa
Juan Pablo II enseñaba que «la empresa es una sociedad de personas y no sólo una sociedad de capitales». Efectivamente, el beneficio es un indicador legítimo de que los factores productivos se emplean bien. ¡Pero no el único ni el más decisivo! Podemos tener balances positivos con personas ofendidas en su dignidad. Por lo tanto, su finalidad propia es servir a la sociedad produciendo bienes y servicios y constituyendo una comunidad de personas animadas a aportar al bien común. Esto es tener un propósito corporativo genuino. En otras palabras, la vocación de la empresa está unida al sentido de su constitución y su rol social. ¿Ello ocurre en la empresa donde trabajo? ¿Son la dignidad, la comunidad y el bien común temas recurrentes? ¿Están presentes en la planificación estratégica de la empresa?
La vocación de la empresa es cuidar y promover la dignidad de la persona. El ser humano, por ser creado a imagen y semejanza de Dios, no es un mero recurso utilitario, sino que es un fin en sí mismo. En efecto, ni los bienes de producción, ni la clase social, ni el Estado, ni la ideología, ni el progreso por el progreso son fines últimos de la actividad del hombre en el mundo, sino el hombre mismo y su irreductible dignidad. Allí encuentra su razón de ser.
La empresa está llamada, además, a generar espacios de confianza, trabajo en equipo y justicia, y eso necesariamente impactará en todas las esferas de la sociedad. Sin ánimo de generalizar, las malas prácticas que hemos conocido han hecho un daño enorme a miles de personas y a cientos de empresarios honestos, pero, sobre todo, han perjudicado la fe pública y le han quitado legitimidad a la empresa para desempeñarse en diversos ámbitos de la economía. Esto demuestra que la responsabilidad empresarial es económica, por cierto, pero también ética, social y política.
Ninguna actividad dentro de la empresa puede ir en contra de la persona, ni puede denigrarla, humillarla o menoscabarla física, moral o espiritualmente. En efecto, la enseñanza de la Iglesia es clara cuando afirma que la persona «debe constituir el criterio adecuado y fundamental para la formación de toda la economía, bien sea en la dimensión de toda sociedad y de todo Estado, bien sea en el conjunto de la política económica mundial, así como de los sistemas y relaciones internacionales que de ella derivan». Es cierto que en estas materias se ha avanzado, sin duda alguna, pero también es cierto que falta mucho por hacer.
-La empresa está llamada a convertirse en comunidad y escuela
Cada persona pasa una parte importante de su vida en su lugar de trabajo. Allí establece amistades, enfrenta dificultades, aprende a resolver conflictos, experimenta el reconocimiento o la frustración, descubre el sentido de la colaboración y, muchas veces, encuentra el espacio donde confirma su propia valía. Es el lugar donde las personas pueden desarrollarse y aprender, manifestando sus capacidades, dones y talentos recibidos de Dios para contribuir al bien común de la sociedad, recibiendo un salario que les permita vivir dignamente. ¡Qué cuestionable sería que después de un proceso productivo y de un servicio entregado, la materia salga apta para ser utilizada, es decir, que –en cierto sentido salga ennoblecida y «humanizada»–, pero quien participó en ese proceso salga menoscabado, humillado o no reconocido en su dignidad como persona!
La empresa nunca es un lugar neutral. Está llamada, más bien, a convertirse en una comunidad donde las personas crezcan en humanidad y en dignidad, donde se cultive la amistad cívica. Para ello es prioritario promover un ambiente de trabajo donde prevalezcan el respeto y la confianza, y en el que no tengan cabida el temor, la indiferencia, la violencia ni el acoso de cualquier tipo. La empresa debe ser un lugar donde se experimente la equidad y donde mejorar los salarios de los trabajadores sea un signo de fortaleza y de éxito. No tengan miedo a crear y a dirigir empresas desde la justicia y el amor, desde el diálogo y el respeto, que no son incompatibles con la eficiencia y la productividad, sino que, al contrario, permiten desplegar la plenitud de la dignidad de la persona humana.
Esa convicción tiene un profundo efecto en quienes han recibido la vocación de emprender o dirigir una empresa. Liderar es más que alcanzar resultados económicos: significa asumir la responsabilidad sobre una comunidad de personas cuya vida cotidiana se verá afectada por decisiones que, a primera vista, podrían parecer exclusivamente técnicas. Una política de horarios, un sistema de gestión de riesgos y de incentivos, una medida de seguridad o un estilo de liderazgo hablan siempre de la importancia que atribuimos a la persona humana. Desde ese punto de vista, es justo reconocer el esfuerzo de muchos empresarios y ejecutivos por participar en instancias gremiales o asociaciones donde se conversan esos importantes asuntos, que trascienden la empresa y comprometen, en uno u otro sentido, el destino del país.
-Los valores al interior de la empresa
Cuando la empresa no se preocupa por poner a la persona en el centro de su actividad, el actuar y la motivación de los trabajadores disminuyen, se generan heridas y frustraciones, todo lo cual termina en un claro desmedro de los intereses comunes. En cambio, tomar conciencia de que el bien común se logra con el concierto de los intereses individuales permite que todo trabajo, desde el más simple hasta el más complejo, esté motivado por el anhelo de construir una sociedad mejor.
Un factor determinante para la adecuada articulación humana dentro de la empresa, de las empresas entre sí, y de toda la comunidad, es saber que cada acción que realicemos impacta –en mayor o menor grado– en la comunidad. Comprender que estamos vinculados, al punto de que dependemos los unos de los otros, es el camino para lograr una auténtica motivación en el trabajo.
Qué distinto es relacionarse con alguien que cultiva las virtudes -propia de una cultura fundada en la ética e la integridad-, que es diligente, honesto, puntual, veraz, preocupado, magnánimo y confiado, a trabajar con alguien que dilata las cosas, que hace sentir que tiene el poder, que hace esperar, que se da importancia, que manipula, que extorsiona, que se cree dueño de la verdad y que no escucha. Qué distinto es tratar y sentirse tratado como persona, o, al contrario, como un mero instrumento de un engranaje anónimo en el cual la propia presencia es irrelevante o intercambiable como una pieza, o una mercancía que se transa en el mercado según la ley de la oferta y la demanda. Esto es clave en toda reflexión acerca del trabajo humano. Ello requiere un cambio cultural de largo aliento que, si bien es cierto que lo he visto florecer en muchas empresas y es fuente de esperanza, también se debe reconocer que queda mucho camino por recorrer.
No digo que para ser eficiente baste con ser virtuoso. Sólo digo que una persona eficiente sin virtud puede hacer mucho daño, porque no tendrá puesta la mirada en los ideales que le hacen ser mejor en su humanidad, sino en sus intereses personales. Lamentablemente, una concesión demasiado utilitarista de la vida nos ha llevado a ello. Muchas veces centramos la mirada en cuánto producimos y en cómo hacerlo con más eficiencia, olvidando el para qué lo hacemos, su propósito, y si es –o no– el modo más adecuado desde el punto de vista ético.
-Familia y trabajo, un binomio clave para la cuestión social
Todos estamos de acuerdo en que la familia es el núcleo fundamental de la vida social: es allí donde niños, adolescentes y jóvenes aprenden a conocer y reconocerse como parte de una comunidad. Allí experimentan el error y el perdón, el estímulo y la creatividad, la misericordia, la solidaridad y la justicia. La familia «es el primer entorno en el que cada persona desarrolla su potencial, toma conciencia de su dignidad y aprende las primeras formas de verdad y bondad, interiorizando hábitos que la preparan para la vida en sociedad». Por lo tanto, es un lugar insustituible para la educación de los hijos y para la interiorización de los valores que van conformando el tejido social y cultural. Se ha dicho y es muy verdadero que «la infancia es la residencia donde uno habita toda la vida».
Del binomio familia y trabajo debemos preocuparnos entrañablemente. Dada su importancia, es tarea de todos fortalecer a la familia mediante leyes adecuadas y con políticas públicas que la promuevan. El mundo del trabajo no queda al margen del desafío; más bien, ha de hacerse cargo de considerar las distintas necesidades familiares para que sus trabajadores puedan compatibilizar la vida laboral con la familiar. No es lo mismo llegar a casa cuando los hijos aún están despiertos que hacerlo cuando ya duermen. No es indiferente contar con un horario que permita acompañar a un padre enfermo, asistir a una reunión escolar, compartir la mesa en familia los domingos o en los momentos importantes de la vida de sus miembros.
El trabajo jamás puede competir con la familia, hacerlo sería una contradicción cuyas consecuencias podrían llegar a ser nefastas. Es preocupante que, en general, estos dos aspectos de la vida de los trabajadores no siempre se vivan de modo pacífico. Ello nos duele en demasía. Tenemos claro que la familia es un bien y una prioridad, pero actualmente la sociedad nos impulsa a salir, a producir, a ser «alguien» en la vida, a costa de perjudicar la relación con las personas más cercanas. ¿No les llama la atención que cuando conocemos a alguien, después de preguntarle su nombre, lo primero que hacemos es preguntarle en qué trabaja?
Debemos tomarnos muy en serio las palabras de Juan Pablo II cuando nos advirtió que el futuro de la humanidad se fragua en la familia.
-Mujer, familia y trabajo
El binomio familia y trabajo es especialmente complejo para las mujeres. Muchas son jefas de hogar y no pocas veces se hacen cargo del sostenimiento de la familia de manera heroica y sin mayor apoyo. Están sobre exigidas por cumplir con las obligaciones sociales y las necesidades económicas que enfrentan. Saben que las posibilidades futuras de sus hijos dependen en buena medida de la educación escolar que puedan ofrecerles y no escatiman esfuerzos por llevar a sus hijos al mejor colegio posible. Las exigencias de la cultura imperante también son feroces. Reina una competitividad que muchas veces las obliga a sobrecargarse de trabajo para poder cumplir no sólo con las expectativas materiales, sino también con aquellas sociales, afectivas y espirituales.
En nuestra sociedad se ha enquistado la idea del «cuánto más tienes más vales», dañando profundamente las dinámicas familiares y sociales. Al mismo tiempo, los momentos en familia se han ido pauperizando, lo que va desdibujando la riqueza de ese compartir y de tener una comunidad nuclear como familia. Eso incide en la falta de motivación por hacer familia, lo que se plasma en una ostensible baja de la natalidad, una disminución de los matrimonios, un aumento de las separaciones y un gran sentimiento de soledad de los jóvenes. Estamos en presencia de altos niveles de frustración de muchos jóvenes –incluso profesionales– que no se pueden obviar. Son temas que el mundo empresarial no puede ignorar.
Cada mujer es irremplazable en su hogar, en la sociedad y en el trabajo. Cuando las empresas se ven forzadas a producir al máximo y al menor costo posible, terminan aplicando medidas en las que se impulsan jornadas laborales extensísimas y, en muchos casos, se decide no contratar a mujeres jefas de familia o que se encuentren en edad fértil, por el costo que implica para la empresa asumir su maternidad. Esto constituye una injusta discriminación y una grave amenaza para la sociedad.
Una adecuada síntesis de la acción de la mujer en el mundo del trabajo debe considerar el aporte fundamental e insustituible que ella realiza en los campos de las ciencias y la economía, el arte, la política y las humanidades, así como en el desarrollo de su peculiar y maravillosa condición de mujer y también de esposa y de madre. Eso nos obliga a pensar nuevos modelos para armonizar esas tareas y apoyar la maternidad, de tal forma que el «genio femenino», es decir, esa especial sensibilidad de las mujeres, no sea percibido como una amenaza, sino acogido como un gran don.
También estamos en deuda toda vez que las mujeres reciben menos salario que los hombres haciendo un mismo trabajo. ¡Sin mencionar cuánto falta para su real incorporación en la toma de decisiones de las empresas! La solución exige un profundo discernimiento de las empresas, de cara al bien común y al futuro. La necesidad de una mayor presencia social de la mujer es de suma importancia para contribuir a humanizar los procesos productivos en la perspectiva de la construcción de una civilización del amor, frente a una sociedad organizada, casi exclusivamente, según criterios de eficiencia y productividad.
La Iglesia no tiene soluciones técnicas. Sólo sabe, como madre y maestra, que no se puede discriminar a la mujer en razón de su fertilidad. Ello constituye el mayor de los materialismos y no hace sino configurar una cultura de la muerte, cuyas trágicas consecuencias podemos ver día a día. Con razón, el Papa Francisco invitaba frecuentemente a llevar estilos de vida más austeros y a no caer en la tentación del consumismo, que no es educativo y que no conduce a buen puerto a quienes lo practican.
La invitación más necesaria hoy es el llamado a privilegiar el ser de las personas y los encuentros llenos de gratuidad y afecto en el seno de la familia, en lugar de la carrera desenfrenada por el consumo a la cual nos impulsan muchas veces los medios, asociándolo a un supuesto mejor estatus. Son los valores asociados al ser de las personas los que deben primar a la hora de emprender la vida laboral. Al respecto, lo planteado por el Papa Juan Pablo II sigue siendo una tarea urgente. Él sostiene que la experiencia cotidiana «confirma que hay que esforzarse por la revalorización social de las funciones maternas, de la fatiga unida a ellas y de la necesidad que tienen los hijos de cuidado, de amor y de afecto para poderse desarrollar como personas responsables, moral y religiosamente maduras y sicológicamente equilibradas». En ese sentido, «el abandono obligado de tales tareas, por una ganancia retribuida fuera de casa, es incorrecto desde el punto de vista del bien de la sociedad y de la familia cuando contradice o hace difícil tales cometidos primarios de la misión materna». Estimados empresarios, los invito a reflexionar sobre este tema de manera seria, serena y desapasionada pensando en el futuro de Chile.
-Tecnología y futuro
Vivimos una transformación tecnológica que avanza a una velocidad difícil de imaginar hace apenas algunos años. La inteligencia artificial, la sistematización de datos y funciones automáticas junto con los sistemas capaces de tomar decisiones comienzan a formar parte de nuestra vida cotidiana y el mundo del trabajo tampoco está exento de esta transformación.
Los procesos de automatización del trabajo son indudablemente una de las cuestiones más relevantes de la actualidad. Esto exige una reflexión conjunta entre empresarios, sindicatos, gobierno y academia. Hay que abordarlo atentamente, porque podría suceder que muchas personas, además de quedar desempleadas, queden sin posibilidad de alcanzar las herramientas necesarias para reinsertarse en el mundo laboral en este nuevo contexto. Ello es grave, dado que la tecnología asociada a la inteligencia artificial tiene sesgos que pueden ser fuente de exclusión y generar más brechas. Se requerirá de un discernimiento ético cada vez que estas decisiones afecten a las personas: ¿Qué criterios van a prevalecer a la hora de tomar decisiones que impacten el futuro de las personas? El criterio económico siempre tendrá que ir de la mano del criterio ético y espiritual. Es fundamental dialogar para evitar la precarización del trabajo.
Hay que asumir esta nueva realidad poniendo el énfasis en las oportunidades inmensas que se abren para optimizar procesos, desarrollar nuevos conocimientos y enfrentar desafíos que durante décadas parecían imposibles de resolver, sin dejar de lado las preguntas profundas sobre el lugar que ocupará la persona en medio de ese nuevo escenario.
Toda innovación constituye un medio, pero nunca un fin en sí misma. El verdadero progreso no consiste únicamente en desarrollar herramientas cada vez más sofisticadas, sino en preguntarnos permanentemente para qué las utilizamos y al servicio de quién las ponemos a disposición. Las tecnologías, por sí solas, no garantizan una sociedad más humana, pues eso dependerá de las decisiones éticas que acompañen su desarrollo y de la visión de persona que inspire a quienes las diseñan, las financian y las utilizan.
En ese contexto, resulta especialmente iluminadora la pregunta formulada por León XIV: «¿Cómo asegurar que el desarrollo de la inteligencia artificial sirva verdaderamente al bien común y no sea solo usada para acumular riqueza y poder en manos de unos pocos?». Los empresarios tienen aquí un lugar insustituible. Son ustedes quienes –en gran parte– deciden qué tecnologías incorporar, cómo implementarlas y con qué propósito hacerlo. La eficiencia, la reducción de costos y el aumento de la competitividad son objetivos legítimos, pero nunca pueden alcanzarse sacrificando la dignidad de las personas. Ningún algoritmo puede reemplazar la conciencia moral, la capacidad de escuchar, la creatividad humana o la responsabilidad de cuidar a quienes han sido confiados a nuestro liderazgo.
La Iglesia –y esto siempre es importante recordarlo– no teme al progreso. A lo largo de la historia ha acompañado el desarrollo de la ciencia, del conocimiento y de la técnica, reconociendo en ellos una expresión de la inteligencia que Dios ha regalado al ser humano. Lo que sí le preocupa es cuando el progreso deja de estar al servicio de la persona y comienza a medir el valor de cada individuo únicamente por su utilidad, su rendimiento o su capacidad de producir. Por eso, el Papa León XIV advierte con claridad: «Si la técnica se convierte en el criterio absoluto, la persona corre el riesgo de ser tratada como un dato, un engranaje o una mercancía; si, por el contrario, la técnica se integra con una perspectiva sabia, puede transformarse en instrumento de crecimiento, justicia y fraternidad». No teman realizar un discernimiento ético y espiritual en este nuevo escenario. No teman emprender una clara y decidida opción por los más pobres, como lo enseña la Iglesia en su doctrina social.
Retomar el rumbo
La promoción de la magnífica humanidad y sus desafíos
Los tiempos en que vivimos están llenos de grandes desafíos. En cierto modo, nos recuerdan el momento en el que Jesús dormía mientras la pequeña barca en la que iba estaba siendo azotada por el viento y la tempestad (Cf. Mc 4, 35–41). En ese momento Jesús calma la tormenta y los discípulos pueden retomar el rumbo y avanzar.
Gran parte de los errores o equivocaciones que pueden cometerse en la cultura empresarial son evitables. Para identificarlos, primero se debe observar y escuchar, tal como lo hizo Nehemías en el proceso de reconstrucción de las murallas de Jerusalén. Sólo así podremos enmendar el rumbo y asumir los desafíos de esta apasionante tarea.
¿Qué elementos tener en cuenta como puntos de referencia para construir juntos una sociedad más humana? Me limito a esbozar algunos:
-La promoción del desarrollo humano integral.
Hasta ahora la idea de desarrollo se ha centrado excesivamente en lo económico, entendiéndose casi exclusivamente en términos materiales y no en un sentido que involucre al ser humano considerado integralmente –en su dimensión corporal, anímica y espiritual–, y a todos los hombres y mujeres en su conjunto. Eso debe cambiar.
Si bien el progreso económico es indispensable, debe ir de la mano de la dimensión ética, social y espiritual. Los tiempos para poder dedicarse a contemplar lo realizado son cada vez más escasos. ¿Cuántas veces hemos escuchado o hemos repetido nosotros mismos: «estoy cansado», «no doy más», «no tengo tiempo para nada»?
-La persona al centro de nuestra praxis empresarial.
La razón última de toda la organización económica es que sirva a la persona. Que se ponga a su servicio, en diálogo con el cuidado de lo creado. Un sistema económico y productivo que no tenga ese horizonte ha perdido el norte, carece de propósito y está destinado al fracaso.
Perdemos de vista el sentido, y la humanización y el crecimiento de cada persona cuando la subjetividad y la creatividad del trabajador se ven reducidas o anuladas, convirtiéndose en un mero engranaje dentro del sistema productivo. O cuando el trabajador siente que lo que hace prevalece por sobre el hecho de que es él quien lo hace. Así, la empresa deja de ser una comunidad de personas para convertirse poco a poco en un mero lugar donde se juntan las –a veces disímiles– necesidades de la empresa y las de los trabajadores. Eso constituye un empobrecimiento del valor y de la riqueza del trabajo y de la empresa y es una fuente de conflictos.
-Fomentar el rol del Estado como empresario indirecto.
El Estado no sólo tiene mucho que decir respecto del modo en que se respetan los derechos humanos en los lugares de trabajo, sino que también debe velar por que se privilegien políticas públicas que aseguren la estabilidad laboral y la posibilidad de flexibilizar los horarios, de tal forma que haya mayor vida familiar; eso significa una mayor presencia en casa, tanto del padre como de la madre. Las políticas públicas deberán ocuparse de combatir al mismo tiempo el flagelo de la informalidad en el trabajo. Es un mal que toca a muchas personas y siempre se traduce en empleos de menor calidad y sin una protección social adecuada.
-Cuidar la relación entre tecnologías y dignidad humana.
Ningún dispositivo digital o artificial puede sustituir la calidad moral de quienes lo operan. Los controles solo detectan lo que alguien previó y tipificó. Por más que tengamos la mejor tecnología, la mejor de las organizaciones y la mejor de las contralorías, si no cultivamos en el actuar ético el valor del otro y la virtud, si no lo integramos como parte de la cultura organizacional, jamás llegaremos a las metas a las que todos aspiramos como sociedad: la verdad, la justicia, la solidaridad y la paz. Multiplicar mecanismos sin formar el carácter no produce organizaciones más honestas, sino organizaciones más vigiladas. De ahí que la tarea sea doble e inseparable: diseñar estructuras que hagan razonable y practicable obrar bien, y formar personas capaces de sostenerlas cuando nadie las observa. El criterio que ordena ambas dimensiones es el reconocimiento del otro como alguien que vale por sí mismo y nunca sólo como un recurso.
La meta de cada organización debe ser la construcción de un mundo a la altura de la dignidad del ser humano, en todos los estamentos de la sociedad y de la empresa.
-El trabajo, clave de la cuestión social: el gran desafío que surge para la empresa.
Tal vez no haya mejor política pública que promover la creación de empresas. Es un gran motor, si no el mejor, para el desarrollo del país. La relación entre los empresarios y el futuro de Chile es significativa, pues su acción tiene la capacidad de cambiar la vida de miles de personas, también la de aquellas más vulnerables. El desempleo le duele profundamente a la persona, porque ofusca su dignidad en cuanto no puede procurar el alimento a su familia. Es una forma compleja de exclusión cuya solución depende –en gran medida– de la creación de trabajo, y allí los empresarios, de la mano de buenas políticas públicas, tienen mucho por hacer.
La preocupación por el desempleo adquiere mayor dramatismo cuando se trata de desempleo juvenil. Las cifras son alarmantes y detrás de cada joven desempleado se van acumulando rabias y resentimientos cuyas consecuencias todos conocemos. Algo semejante ocurre con los migrantes que trabajan en empresas chilenas. Ellos cumplen con las leyes laborales del país y aportan al crecimiento de Chile y, sin embargo, no siempre alcanzan una integración plena, también en materia migratoria. También hay mucho por hacer en materia de inclusión laboral para las personas que están privadas de libertad y para aquellas que ya han cumplido su condena y no encuentran espacio en las empresas. Se requiere un claro propósito para reinsertarlas en la vida social, familiar y laboral. Igualmente, las personas con capacidades diferentes necesitan mayor inclusión y posibilidades laborales. Si bien hay una ley de inclusión, aún falta crear la conciencia de que todo ser humano tiene destrezas, dones y habilidades para prestar un servicio a la sociedad y sentirse plenamente parte de la sociedad.
Las acciones en estas líneas enunciadas todavía son tímidas y quienes se encuentran en estas situaciones se sienten poco apoyadas. Generar más trabajo no sólo implica crecimiento económico, sino que también es una acción que genera sentido de pertenencia y es fuente de felicidad para las personas y sus familias. Además, a mayor inserción laboral, menos delincuencia, menos segregación social y más paz.
Conclusión
Continuemos reflexionando acerca de la empresa, el trabajo y la dignidad humana en toda su verdad y significado, como he intentado hacer en esta carta. Eso nos puede llevar a mirar el mundo más allá de nuestros propios horizontes y descubrir que la sociedad no es una máquina compleja e informe que se mueve con independencia de las acciones humanas.
El mundo empresarial también es una creación de la cual cada uno es responsable y se va modelando rápidamente conforme a la acción humana, que es su alfarera. De esa acción y de la visión que el ser humano tenga de sí mismo, depende de que llegue a ser o no un lugar digno de él. De nuestras acciones depende hacerlo un infierno o un lugar donde aflora lo mejor de cada persona.
Hoy, como nunca, el hombre teme al propio hombre. Como nunca ha tenido tanto poder y como nunca ha estado concentrado en tan pocas manos. El futuro no será más humano simplemente porque dispongamos de mejores tecnologías. Será más humano si quienes hoy tenemos la responsabilidad de tomar decisiones somos capaces de actuar con la debida diligencia que la dignidad humana nos reclama y poniendo siempre a la persona en el centro. También en este ámbito, la gran pregunta permanece: ¿qué generación vamos a dejar a la sociedad futura? La respuesta dependerá menos de las máquinas y mucho más de la humanidad que seamos capaces de conservar. Ello requiere generar una cultura empresarial que tenga como norte la confianza, la excelencia, el propósito de integridad, la creación de vínculos al interior y fuera de la empresa.
No quiero finalizar estas líneas sin reconocer lo que muchas empresas realizan por el bien de nuestra patria. Esta carta es también una buena oportunidad para agradecer a aquellos empresarios que, tanto a título personal como desde sus propias empresas, participan de manera activa y generosa en múltiples obras sociales para aliviar el sufrimiento de los más vulnerables de la sociedad y en proyectos educacionales. Muchos de ustedes se desempeñan en directorios de obras sociales para aportar, con su experiencia, a un uso más eficiente de los recursos. He percibido un aumento en el interés por participar y ello es fuente de esperanza. Un sinnúmero de obras educacionales y sociales se han visto beneficiadas por dicha dedicación. Quienes aún no han emprendido el camino de la solidaridad y la filantropía como parte de la vida de la empresa, los animo a que lo hagan porque con su acción mejorarán de manera directa y radical la vida de muchas personas.
Agradezco de corazón a todos quienes se han tomado el tiempo de leer esta carta y ojalá puedan reflexionarla junto con sus equipos de trabajo en la empresa y con sus familias.
No desestimen el don que han recibido; entréguenlo a manos llenas para lograr los cambios urgentes que Chile necesita. Que nadie quede fuera de la mesa del progreso, de la prosperidad y la alegría de ser parte de Chile, un país con una belleza sin igual.
Este año celebramos 100 años de la coronación de la Virgen de Carmen, Reina y Madre de Chile, esta puede ser una gran oportunidad para reflexionar sobre asuntos fundamentales para el futuro de Chile, país que tanto queremos. María es ejemplo de servicio, de humildad, de preocupación por los demás.
