Cadiñanos: "La preferencia que me gusta es la que no distingue entre hermanos y extranjeros"
El obispo de Mondoñedo-Ferrol, Fernando García Cadiñanos, sale al paso de "una polémica encendida y extendida" sobre la llamada "prioridad nacional", impulsada por Vox, con una carta pastoral titulada "La preferencia evangélica: la otra prioridad".
Asistimos estos días a una polémica encendida y extendida. Y tiene lugar en medio de este tiempo pascual que nos habla de un nuevo nacimiento, de una nueva vida, de la nueva creación, de una luz brillante fruto de la Vida que surge del Resucitado. El cristiano, en la Pascua, renueva su bautismo que le eleva sobre la naturaleza para abrirle a nuevos horizontes más humanos y humanizantes. Se trata de un golpe de vida que nos lleva a apostar por esta, en toda circunstancia y lugar, y por una vida digna siempre.
Este acontecimiento es una llamada permanente a la conversión, a no seguir los criterios del mundo sino a vivir como hijos de la luz y del resucitado, “buscando los bienes de allá arriba”. Como toda conversión, supone un cambio de mentalidad, de manera que la fuerza del Evangelio vaya configurando «los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación” (Pablo VI). El cristiano, por tanto, tiene una manera diferente de mirar los retos que se le presentan para descubrirlos más divinamente y, por ello, profundamente humanos. A ello le convoca la gracia.
Fruto de esta llamada, la Iglesia acoge y se compromete en un proyecto de sociedad posible y real, al hilo de su enseñanza social. Cimentado sobre principios y valores que construyen, que plenifican, que integran y llenan de gozo el corazón humano. Un corazón llamado a la fraternidad. Son principios que nos hablan de otras prioridades y preferencias diferentes de aquellas a las que el mundo nos convoca, y que manifiestan así la belleza de la propuesta y la novedad que significa. Fundamentos que inspiran proyectos políticos y permiten proyectar una política sana que sirva al ser humano sin desencantarlo. Yo los aprendí de pequeño, los he enseñado y hoy me gustaría compartirlos contigo y recordarlos públicamente.
La preferencia que este proyecto, nacido en Jesús, nos propone es siempre para cada persona, por encima de su ciudadanía o de su condición, raza, sexo o posición social. Cada ser humano encierra una dignidad infinita, fundamentada en su propia naturaleza. En ella se enraíza y cimenta la convicción de que cada persona es sujeto de derechos fundamentales y de deberes, por encima de concesiones administrativas o políticas. Una dignidad que el Estado no puede obviar.
La prioridad que me han enseñado en el Evangelio está siempre en la búsqueda del bien común, por encima de cualquier bien particular o interés de bienestar privado. Un bien común que, en las circunstancias actuales, tiene una mirada universal, superando los intereses nacionales. Un bien común que va más allá del bienestar economicista y busca el bien de toda la persona y de todas las personas, en la clave de la ecología y del desarrollo humano integral.
La prioridad por la que opto es aquella que orienta la propiedad en el horizonte de un concepto más amplio que le da anchura y sentido: me refiero al destino universal de los bienes; una visión que, lejos de socializar, insiste en la dimensión social de la propiedad que es capaz de dilatarla y de desactivar el miedo a la escasez provocada por el acaparamiento. De esta manera, los bienes particulares siempre están orientados a un servicio más alto que beneficia a toda la humanidad, para que todos puedan tener los medios necesarios para alcanzar una vida buena.
De esta manera, desde los últimos, se construye una sociedad integrada en la que nadie se descuelga, donde la solidaridad no se queda en una palabra hueca y bonita, sino que duele y edifica
La prioridad en el Evangelio, que es mi guía de camino, la tienen siempre los pobres, los últimos, los que no cuentan, los descartados, los que no se sientan habitualmente a la mesa de nuestro mundo. De esta manera, desde los últimos, se construye una sociedad integrada en la que nadie se descuelga, donde la solidaridad no se queda en una palabra hueca y bonita, sino que duele y edifica. Una solidaridad que me lleva a abajarme para construir un ‘nosotros’ más amplio, donde todos podamos sentarnos a la misma mesa. Quizás la ración sea menor, pero la fiesta es más grande porque estamos todos.
La preferencia que me gusta es la que no distingue entre hermanos y extranjeros, entre propios y extraños, porque en Cristo todos hemos sido hechos hermanos. Ya “no hay judío ni gentil”, sino todos iguales desde la riqueza que otorga la identidad diversa convocada al trabajo en la misma casa común.
Se trata, lo sé, de una prioridad distinta, pero creo que construye y genera esperanza y no división, miedo o rivalidad. Es una preferencia que convoca al trabajo serio y creativo, que ayuda a superar prejuicios e ideologías. No es una preferencia más fácil, ni mucho menos, sino exigente y radical, sustentada en la fuerza de lo comunitario por encima de lo individual y particular. Estoy convencido de que es una prioridad más humana y humanizadora. Por eso la comparto. ¿Con cuál te quedas?
