Comunión por lo Cívil
En tiempos tan fervorosamente religiosos, y a la vez sociales, en los que vive la Iglesia en su diversidad de comunidades parroquiales y de colegios, no está de más meditar acerca de algunas de las circunstancias en las que se enmarcan con todos los honores, las Primeras Comuniones. Son tantas, tan de actualidad y con proyección, amplia y acentuada, que es imprescindible su reflexión.
. La realidad innegable, veraz y efectiva, es la de que el de las Primeras Comuniones es capítulo muy principal en la “vida y milagros” de la formación-educación religiosa que todavía inspiran y hacer recorrer los caminos, en las parroquias y en la mayoría de los colegios de chicos y chicas. En proporciones idénticas, la fiesta social que generan estos actos y celebraciones “religiosas” alcanza grados de entusiasmo paralelos, y aún de superior consideración y “liturgia” cívico- profana.
. El presupuesto medio normal, expresado en euros, establecido para este año, ronda los 2.150 para cada festejo “intra” y “post” eclesiásticos, complementos divinales y laicos, con los debidos recortes a consecuencia de la crisis. Los trajes y los vestidos, añadidos y complementos, álbum de fotos, junto con el festín que sobrepasa con creces –“un día es un día”- a otros son justificaciones “extra” religiosas. Destacan tan exageradamente,
que hasta el mismísimo Papa Benedicto XVI se ha visto obligado a reclamar sensatez y austeridad, que en parte pudieran contribuir a desterrar de la fiesta de las Primeras Comuniones la bien merecida calificación de irreverente, impiadosa y profana, en la que lo auténticamente sacramental se hace presente, como absurda exculpación de tan generoso dispendio propio, y de familiares y amigos.
. Con tan mala prensa meritoriamente adquirida por este tipo de celebraciones , no pocas familias, más o menos descreídas o escépticas de España, y en diversos ambientes sociales, optan ya por las que llaman “Primeras Comuniones por lo civil”, consistentes en la organización e invitación para los festejos estrictamente cívicos y de sociedad en salones y restaurantes. En ellos, niños y niñas son “presentados en sociedad” ante familiares y amigos, con el ritual de vestidos y trajes similares a los que habrían de haber llevado en los templos. La satisfacción de quienes participan en calidad de padres y madres, abuelos, primos y amigos no suele diferenciarse en gran manera de la que hubiera podido suministrarle la sagrada liturgia.
. Por “religiosa” y devota que haya resultado la ceremonia en capillas y templos, con presupuestos tan desorbitados, hay quienes creen y justifican con multitud de argumentos que, con comunión o si ella, los efectos y consecuencias sociales y familiares son equiparables y tan útiles y válidos para los mismos niños. La “fiesta de presentación en sociedad”, con aspiraciones de adolescentes, está convenientemente servida.
. Complementan el rosario y el librito de oraciones, con los que son obsequiados en templos y capillas los comulgantes, una información particular e íntima
Creciente, a medida del paso del tiempo, y que la experiencia asegura garantizar con datos y detalles personales e institucionales. Como la Iglesia oficial y sus sacerdotes han establecidos indignos e imposibilitados para la recepción de la eucaristía-comunión a quienes, separados matrimonialmente y sin “anulación” eclesiástica, viven en “concubinato”, madre o padre de los niños o niñas comulgantes han de resignarse a no acompañar a sus hijos en la ceremonia, aun cuando quisieran hacerlo, al no haber perdido la fe, por el hecho de convivir, aún con toda seriedad y fidelidad, el nuevo proyecto matrimonial por lo civil, y no por lo canónico.
. Para una buena parte de familiares y educadores no es ni sensato ni honesto, sino farisaico e hipócrita, concentrar todo el interés, ilusión y esfuerzo en preparar cuanto se relaciona con la Primera Comunión, sin preocuparse ni ocuparse posteriormente de más. Actitud como esta explica que, para la mayoría de los niños comulgantes, la “Primera” sea también desdichadamente la última, con lo que una vez más el culto y el fingimiento están bien servidos…
. Hombres de la Iglesia, consentidores, y algunos hasta instigadores de estos “gaudeamus”, deberían aprovechar la ocasión para confesarse, con el requerido
arrepentimiento y con el propósito de enmienda.