Sobre las Congregaciones y Órdenes Religiosas

Para que la reforma profunda y urgente de la Iglesia que hoy demandan los tiempos y que el papa Francisco encarna con multitud de dificultades intra-eclesiásticas, la de las Congregaciones y Órdenes ocupará puestos de relevancia singular. Estas- Órdenes y Congregaciones- fueron y son expresión genuina de vivencias religiosas. Sin ellas, no es Iglesia la Iglesia. Por ellas, la Iglesia crece y difunde el evangelio, con garantías de veracidad. De por sí, ellas son evangelio. Tal fue el origen y la inspiración que movió a sus fundadores/as, mediante la misteriosa actividad del Espíritu Santo y en sintonía con las necesidades de las diversas épocas históricas en las que surgieron, en respuesta fiel y salvadora a las mismas. En frecuentes y oportunas proclamas pontificias, el papa Francisco insiste en el tema y de algunas de ellas me hago aquí eco con las reflexiones siguientes:

  • Al igual que la Iglesia en general –y aún bastante más-, la reforma y las reformas jamás dejarán de llamar persistentemente a las puertas de estas sagradas instituciones en solicitud de renovación y de penitencia. La historia así lo testifica, hasta haber consagrado en la denominación oficial de algunas, el calificativo de “reformada” con sus congruentes y decididas acepciones. El “Semper idem” que con denodado fervor le fuera aplicado a la Iglesia en general, y a no pocas de sus parcelas en particular , entraña mayores dosis de rutinas, perezas, pigricias y falta de interés, que fidelidad, constancia y lealtad a sus principios fundacionales.

  • Entre los devotos del “Semper idem” y los del “Semper reformanda”, la elección favorecerá en cristiano, y con el evangelio en la mano, más a los segundos que a los primeros . La reforma es vida. Sin ella, esta es muerte. Difícilmente se hallará otro término distinto al “idem” en el intento de sacralizar la pereza , “con tranquilidad de conciencia “ y “en el nombre de Dios”.

  • En relación con el contexto y la historia de las Órdenes y Congregaciones Religiosas, es obvio el convencimiento de que ninguna de ellas posee la titulación del “in aeternum” de sempiternalidad. Algunas, y más las no “reformables”, que ocuparon un lugar, aún importante, en la historia de la Iglesia, desaparecieron cuando les llegó su hora. Cumplida, o extinta, la misión que inspirara y justificara su existencia, “pasaron a mejor vida” y no pasó nada…

  • Precisamente, y por variedad de razones, vivimos tiempos en los que Órdenes y Congregaciones se hallan en vísperas de dejar de ser y existir. La falta de vocaciones y la desaparición de las necesidades y objetivos que instó a sus fundadores /as a registrar sus nombres y obras en los dicasterios romanos, emergen entre tales causas, motivaciones y argumentos. La subsidiaridad de la Iglesia respecto a la misión del Estado explica no pocas de estas situaciones en las esferas de la docencia, de la sanidad, asistencia y otras.

  • Lo que no parece eclesiásticamente honesto es que todavía sigan perviviendo Órdenes y Congregaciones, con funciones y actividades fundacionales ajenas a las propuestas por sus fundadores y la mayoría de ellas se dediquen a la docencia con la fórmula de los “Colegios Religiosos”, convertidos en otras tantas empresas de las que son y actúan como dueños, al igual que pudieran hacerlo, y lo hacen, los propietarios o los directivos del ramo. Es posible que falten humildad y eclesiología para echarles el cerrojo a “venerables y sagradas instituciones“, a las que hoy no sustentan razones pastorales que pudieran haber sido válidas en tiempos pasados.

  • En el planteamiento y desarrollo del tema, no resulta ser de menor cuantía, ni puramente anecdótico, el dato de las denominaciones “oficiales” con las que fueron, y siguen estando, registradas, Órdenes y Congregaciones en el nomenclátor diocesano o romano, con las “debidas licencias”, bendiciones, beatificaciones y canonizaciones de algunos de sus miembros. Los nombres, en conformidad con las tradiciones bíblicas poseen mayor contenido que los que se reflejan en el resto de los censos vecinales.

  • ¿Para cuando, por ejemplo, el cambio, o la desaparición, de sobrenombres tales como los de “Siervos/as, esclavos/as y otras adjetivaciones sometidos/as, y carentes de libertad, por religiosos/as que sean y así se presenten? ¿Cuándo se licenciarán denominaciones beligerantes como “Órdenes Militares” “Guerrilleros”, Cruzados, Legionarios, Soldados, Compañías…, después de que el papa Francisco haya insistido en que ni siquiera el término “prosélito” se podría emplear en la actividad evangelizadora y misionera de la Iglesia…?

  • ¿Qué es eso de “Obra de Dios”, sin haber pensado antes y ahora, que también los demás son –somos-obra suya, por santos o pecadores que sean, o seamos? ¿No conoceremos el día en el que con humildad, humanidad y evangelio se le solicite a la “Santa Sede” un nuevo bautismo para la “Obra de Dios” por antonomasia? ¿Acaso hay alguna herejía, o desfachatez, en la formulación de un santo deseo de la “franciscana” Iglesia en salida…?
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