De Internis...
El término “intimidad” se emplea con el significado de “zona espiritual reservada de una persona o un grupo”, e “íntimo” es definido como “lo más interior o interno”. Teniendo presente este concepto, desde la máxima consideración teológica y moral se formuló un principio que en esferas sobre todo intelectuales estuvo vigente y rigió en parte la disciplina eclesiástica. Redactado en latín, el principio es este: “De internis, neque Ecclesia”. Es decir, que acerca de cuanto le afecta, o puede afectarle, a la persona en su intimidad, ni la Iglesia ha de tener abiertas sus puertas para adentrarse en la misma.
Pero este principio, tan nítida y respetuosamente aplicado a veces, otras muchas fue relegado al olvido y aún más, se constituyó en eje, justificación y marco forzado para que en el mismo pudiera “celebrarse” el sacramento de la Penitencia por la confesión oral. Nuevamente a la esquizofrenia ético-moral le fueron prestados argumentos flamantes para acrecentar su vigencia.
Tal y como sigue practicándose en la disciplina eclesiástica casi unánimemente, los cristianos que tomaron conciencia de ello están convencidos de que la mayoría de las confesiones orales rondan los límites de otros tantos atropellos contra la intimidad de los penitentes. Si se aplican las directrices o normas dictadas por la teología moral contenidas en sus manuales e impuestas por los confesores, quienes reciban este sacramento, al referir sus pecados, -objeto de su confesión-, previo el debido acto y actitud de arrepentimiento, se han de ver forzados a una detallada explicación de tales pecados, en cuanto a su número, a su especie y a sus circunstancias. Nada les exime de la obligación de tener que adentrarse en su propia conciencia, desnudarla y ponerla al descubierto hasta en sus minuciosas circunstancias, cómo, cuántas veces, con quién o con quiénes, dónde, de qué forma y manera, con qué intención concreta, por parte de quién y tantos otros pormenores o requisitos que pudieran influir o especificar la calidad del pecado en su gravedad o en su levedad.
Los cristianos, casi de manera unánime, cuestionan en la actualidad no sólo la no necesidad del procedimiento, sino hasta la moralidad del mismo, sobre todo cuanto éste es exigido hasta sus penúltimas consecuencias por los rigoristas confesores de turno. Cuando los pecados se sitúan en la esfera de la sexualidad, -en la que a tenor de la teología moral al uso jamás hay materia leve, sino que todo es grave- y no se escatimen preguntas, datos y detalles, las consecuencias que de modo especial a los penitentes adolescentes o jóvenes les reportan, son ciertamente transcendentes y de enorme importancia Es lógico deducir que tan reconocida e incuestionable importancia les afecta tanto en su consideración relativa a la Iglesia, como en su desarrollo psíquico. La pérdida de la fe y la existencia de obsesiones y neurosis a consecuencia de habérsele resaltado en nombre de Dios y con el temor al infierno la gravedad de su pecado, fueron y siguen siendo frutos concluyentes de no pocas confesiones orales.
Las víctimas de la ya conocida pastoral del miedo, ejercida especialmente en los confesionarios, son muchas. Algunas de ellas, irrecuperables para la Iglesia y, en ocasiones, también para la normalidad de la vida familiar, social o profesional. Datos y estadísticas serias así lo confirman, sin que exista una explicación que pueda ser considerada o etiquetada de antieclesiástica, anticlerical o anticristiana.
Todo cuanto se relaciona con el respeto a la intimidad dentro de la Iglesia reclama con urgencia y en profundidad una revisión profunda y sacramental. La intimidad es como un sacramento Es algo sagrado. Es la Iglesia. Conciencia e intimidad son pilares en su construcción tanto personal como colectivamente. Sin intimidad no hay Iglesia, o ésta no es Iglesia de Cristo .El hombre y la mujer son su intimidad. Se identifican con ella. El cristiano, ante que cristiano, es hombre y mujer. Es persona.
Cualquier falta de respeto a la intimidad, para el hombre, y a veces tal vez más para la mujer, no justifica una práctica que, aunque fuera aceptada o sobrellevada en tiempos pasados, en la actualidad, y con los logros ya conseguidos por las ciencias antropológicas, resulta inaceptable y recusable y menos cuanto esto se hace en nombre de Cristo con argumentos que se dicen ordenados a la salvación eterna.
El mismo Pueblo de Dios parece no urgir la revisión de los procedimientos al uso respecto a la confesión oral, por lo que por sí mismo abandonó su práctica de forma tan considerable. Aunque el número de comuniones en las misas no ha menguado, sino todo lo contrario, las confesiones orales han descendido de modo patente.