Invidia Clericalis

In itinere: Antonio Aradillas
26 nov 2011 - 12:03

Con las reprimendas penitenciales que lleve consigo este comentario, acepto todas y cada una de sus consecuencias, alentado por las esperanzas más o menos remotas de que alguna de ellas haga reflexionar a los censores eclesiásticos, o para-eclesiásticos, y más a quienes los defina su condición jerárquica vinculada a sus cargos, ministerios u oficios. Es, no obstante, posible que en algunos no suscite tantos y tan graves sobresaltos, cuando conozcan que la penúltima reseña que me instó a plantearme el tema proviene de la lectura del libro “Las tinieblas de la luz”, del que es autor el cardenal Carlo María Martín, jesuita, ex arzobispo de Milán (a. 1980-2oo2) y una de las figuras más preclaras, y con mayor autoridad entre creyentes y no creyentes, de la Iglesia católica en los últimos tiempos. En las páginas 115 y ss. Reflexiona acerca de la envidia - “invidia clericales” en la terminología y catequesis eclesiásticas- , previa advertencia y consideración de que este pecado capital “es típico de los ambientes organizados jerárquicamente, que serpentea en “cortes” de todas clases y, en cierto modo, también en nosotros los eclesiásticos”

. La menos abyecta, repugnante e innoble, pero a la vez, equilibrada, certera y popular definición que puede aportarse de la envidia, es la incluida en el diccionario de la RAE y que sus académicos describen como “la tristeza o pesar del bien ajeno”, o “emulación y deseo de algo que no se posee”. Consultados los tratados de moral católica, sus definiciones son totalmente coincidentes.

. Sobrecoge e intimida a cualquiera, eclesiástico o no, constatar que tan aberrante y desactualizado pecado capital, pueda seguir determinando y adjetivando en notoria proporción a parte del clero, hasta hacerlo titular y merecedor del propio atributo de “clericalis”. Huelga relatar que todos –sacerdotes, laicos y obispos en sus diversas escalas – somos pecadores y que unos pecados son más graves que otros, dependiendo en gran parte de circunstancias tales como las de lugar y de tiempo.

. Pero huelga asimismo referir que el pecado de la envidia -“sufrimiento de los bienes ajenos”- no les parecería posible a nuestros lectores, que haya ocupado y ocupe sitiales tan altos en la institución eclesiástica, de tal modo que hasta todo un cardenal de la Iglesia, con reconocida fama de santo, le haya dedicado amplio y pormenorizado capítulo de un libro. Un misterio más entre los que los miembros de la Iglesia han enclaustrado las indigencias y miserias propias de los seres humanos, todos también, y por igual, hijos de Dios.

. Todos somos pecadores, y precisamente esta condición es la que nos hace y facilita ser y ejercitarnos como hijos de Dios. Pero que la envidia se haya arrogado, y se arrogue, el carácter de “clericalis”, se les antoja a muchos una monumental y lamentable excrecencia. Esto no obstante, así se escribe la historia, también la eclesiástica.

. Con sensatez, penitencia y capacidad de reflexión, es imprescindible convencer a muchos de que hoy todo, o casi todo, se sabe, y que grandes y misteriosas zonas de comportamientos y de vida eclesiástica, que antes habrían de permanecer ocultas a perpetuidad, ahora son conocidas. Y conste que tal conocimiento será positivo y provechoso para el pueblo y sus protagonistas, mucho más que lo fue, o lo sería, su encubrimiento.

. A quienes estuvieron, o están, metidos de hoz y coz en asuntos eclesiásticos, sin descartar altos niveles, no les resulta inverosímil la condición de “clericalidad” adjunta a la envidia, aun reconociendo que los “fieles cristianos” consideren tal adjudicación como antesala del anticlericalismo… Los hechos son los hechos por lo que “posiblemente mejor será no meneallos”. El gusto por el poder tiene también denominación de origen eclesiástica.

. Pero, eso sí, lo que jamás podrá consentirse en cristiano es que tal poder, y la más o menos legítima aspiración al mismo, se justifique y presente ante el Pueblo de Dios como sacrificio, objeto de religión y de culto y como llamada personal intransferible y martirial a su ejercicio, que tantas veces no pasa de ser goce o disfrute. Razones de “celo apostólico” suplantan el “placer de mandar” de manera irreverente, insidiosa y solapada. “Hacer carrera en la Iglesia” es, y seguirá siendo, aspiración deleznable, aunque perceptible con facilidad, deseada y ambicionada por muchos.

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