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Meterse con la Iglesia

In itinere: Antonio Aradillas
14 sep 2010 - 20:01

Con benevolencia gramatical, “meterse con la Iglesia o con la -su- Jerarquía” quiere decir “criticar”, palabra que solamente en la segunda acepción que ofrece el Diccionario de la R.A.E. expresa la idea de “censurar, notar o vituperar las acciones o conductas de alguno”. En la primera de estas acepciones su sentido es el de “juzgar de las cosas, fundándose en los principios de la ciencia o en las reglas de arte”.

Con el fin de que la expresión de “meterse con la Iglesia o criticarla” aplicada a cualquiera resulte ser una ofensa para aquél a quien va dirigida, o el reconocimiento de una labor constructiva y responsable, creo de interés la lectura atenta y cortés de estas sugerencias. Es posible que con ello se contribuya a que el emisor de determinados juicios (¿?) actúe con mayor y más congruente sentido de la madurez exigida en conformidad con su condición de adulto, se ahorre hacer uso de lugares comunes o tontuelas simplezas, además de dar la insensata impresión de que en algo tan serio como lo religioso levanten la voz con resonancias paradigmáticas y excluyentes los timoratos tragasantos que, tal y como están hoy las cosas, muy menguadamente habrían de ayudar al bien común y al de la Iglesia.

. La Iglesia no es ni sólo ni fundamentalmente identificable con una parte de la misma, como pudiera ser la Jerarquía. Tampoco lo es en exclusiva con el resto del Pueblo de Dios. Resulta tan consuetudinario y común lo primero, que con absoluta normalidad, cuando se habla de la Iglesia, se suele entender que su referente es la Jerarquía…”. Lo ha dicho la Iglesia” equivale a aseverar a lo sumo que, quienes lo han dicho, fueron o son miembros de la Jerarquía.

. La Iglesia ni “es” ni “está” ya hecha. “Es” y “se está” haciendo siempre. Esta condición dinámica por naturaleza reclama por su misma esencia estar sometida humilde y gloriosamente a un proceso orgánico de regeneración y reforma de carácter juvenil y alegre, con visión y proyección de futuro. Toda tarea de purificación con dimensión y espíritu penitencial, le es indispensable, y así es sermoneada en sus fiestas, con mención para los misterios que en ellas renueva la liturgia.

. La Iglesia es algo mucho más sustantivamente serio, importante, y humano y divino a la vez, como para que se nos fosilice, siga datándose a perpetuidad en tiempos pretéritos, domiciliada en lugares y estratos concretos y a la que prevalentemente se afilien personas pertenecientes a ciertas edades y grupos sociales bien definidos.

. Los miembros de la Iglesia han de participar y vivir el convencimiento de que la pervivencia en el tiempo de la misión salvadora de la Iglesia se debe a ser y seguir siendo, pese a sus limitaciones, obra de Dios. Tan colosal y soberano milagro y misterio se debe en proporciones similares lo mismo a la participación de su Jerarquía que a la del resto del Pueblo de Dios. En estas dos esferas, aunque en la segunda más que en la primera, se registró un mayor contingente de profetas y críticos, algunos de los cuales no se ahorraron siquiera haber sido descalificados -y aún condenados- por la misma Jerarquía, si bien en no pocos casos su rehabilitación ante toda la Iglesia rozó la condición de “solemne”.

. Precisamente la capacidad y ejercicio consciente, dolorido, penitencial y, a veces, martirial, de ministros y testigos de la crítica, fue lo que contribuyó de modo efectivo a asentar y reafirmar la fe en la Iglesia y en su perdurabilidad hasta “el fin de los tiempos” y más.

. La Iglesia, -Iglesia de Cristo- es una, pero ni está ni estará jamás uniformada. Ni ricos ni pobres, ni teólogos, ni analfabetos en la doctrina cristiana, ni jerarcas ni súbditos (¿?), ni los anclados en las fórmulas más tradicionales de su fe ni los más avanzados en ellas, ni los curas, ni los obispos… podrán acaparar para sí y los suyos su automática expulsión o confinamiento. La pluralidad es constitutiva de “Nuestra Santa Madre la Iglesia”, tal y como agradece expresar la liturgia.

. La crítica a los obispos, a los curas, y al Papa, siempre que se ejerza en conformidad con el Diccionario, con amor, con sentido de la proporción, sin frivolidad y sin percibir rentabilidades de ninguna clase, es no solamente recomendable sino necesaria. Si se hace desde dentro de la Iglesia será mucho más constructiva y religiosa que la que imposiblemente dimane de los incensarios al uso, por muy escogido que haya sido tan oloroso producto y por mucha plata de ley de la que estén revestidos estos braserillos ceremoniales, con cadenas y tapas.

. Ni es sensato ni honesto descalificar sin más a los ejercientes de la crítica dentro de la Iglesia, sin antes pensar qué es la Iglesia, si todo es Iglesia en la Iglesia, quienes viven “en” ella y cuantos “de” ella, si siempre es o será reconocida y aceptada como tal por su Fundador, si la concepción de Iglesia que tenemos es y responde a la que Cristo fundó y por la que entregó su vida y los sacramentos… Resulta innecesario afirmar que tan sólo a una parte muy exigua de la Iglesia se le confieran título y prerrogativa de dogma. Todo lo demás es santamente opinable.

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