"La Misa de las Monjas"
Se llama Consuelo y coincidí con ella en un autobús de línea en dirección al Suroeste de España y cuyo recorrido de 484 kilómetros efectuó con la puntualidad establecida en seis horas y 58 minutos. Pueblos y paisajes inéditos y la posibilidad de establecer comunicación cálida y cercana con viajeros, bolsos y maletas justificaron cumplidamente su ritmo de marcha.
Consuelo pertenece a una de las ramas de religiosas Claretianas, con reciente dedicación catequética por la comarca almeriense de Las Alpujarras. Comentó, entre otras cosas, que la falta de sacerdotes por aquellos lugares es tal que en no pocas parroquias ellas son las organizadoras de lo que en el lenguaje vernáculo suelen llama “misas de las monjas”, otras tantas celebraciones litúrgicas con sus correspondientes lecturas, cantos y distribución de la Sagrada Comunión… Con ponderado y humildoso reconocimiento me aseguraba que en el sentir general de los asistentes dominicales, -hombres, mujeres y niños, por este orden- “las misas de las monjas resultaban ser más simpáticas y provechosas que las de los curas…”
Este es el hecho, datado y confirmado con nombres y anécdotas múltiples, sin concesión alguna para inmoderadas complacencias, y siempre al filo preocupante del doloroso comentario de que la falta de sacerdotes es ya tal, que la Jerarquía eclesiástica debió haber tomado medidas precisas para resolver el problema. Su creciente generalización en el resto de España y la acentuada apatía purpúrea en aportar soluciones le significaba ya a Consuelo un auténtico escándalo, con repercusiones graves en todo el Pueblo de Dios. Faltan curas, faltan misas, estas se celebran dominicalmente con prisas y estrictos rituales administrativos y ordenancistas, siguiendo cánones y rúbricas apenas sin alma y sin contenido pastoral… Es tal la falta de curas dominicales, que a los “Días del Señor” en los pueblos los define fundamentalmente el fútbol, algún que otro programa de televisión y el bar o la taberna en sesión aún más continuada, efluviosa y efusiva.
El problema de la falta de curas sobre todo en el marco dominical de los pueblos, es ciertamente enojoso, aunque bastante menos que lo es el de la falta de previsión por parte de aquellos a quienes corresponde en todos los niveles jerárquicos. Monjas y laicos, casados y solteros, están a la espera de que por fin en la Iglesia se dicten nuevas- y antiguas- ordenanzas que contribuyan eficazmente a su solución perentoria y urgente. No es ni sensato ni prudente, ni por supuesto, de verdad cristiano, alargar aún más los plazos para afrontar y resolver este problema, no atisbándose aún solución alguna en el horizonte de la disciplina eclesiástica, con plena aquiescencia además por parte de todos de los que de alguna manera podrían contribuir a resolver el problema sin comprometer el dogma de ninguna manera. Más aún, si este tangencialmente llegara a afectarse, su gravedad es ya de tal envergadura que por la reflexión y oración habría que hacer esfuerzos mayores por desvelar vías todavía inéditas, pero que la Providencia de Dios pone siempre a disposición y a favor de la salvación humana, con las misteriosas fórmulas de los sacramentos de la Iglesia.
El hecho de que el pueblo-pueblo-Pueblo de Dios-y no pocas de sus monjas estén ya a punto de besar la orla de convencimientos. Antes tan alejados y discrepantes de la “voluntad del Señor” resulta ser señal inequívoca de que los tiempos están inicialmente maduros para cambios quizás insospechados y que estos se hallan a la vuelta de la esquina. Es actual deseo de la mayoría de que los caminos a recorrer sean lo más jerárquicos posibles, si bien no descartan ya aplicar a casos extremos soluciones extremas, que podrían juzgarse algún día también como plenamente legítimas. La historia de la Iglesia es pródiga en ejemplos y es convincente el reconocimiento de que los tiempos en los que vivimos son ciertamente excepcionales e irrepetibles.
Además, y por encima de todo, resulta totalmente absurdo y antievangélico creer y practicar que el estatuto disciplinar del celibato canónico y del exilio ministerial de la mujer en la iglesia este sobre el mandato de cristo de salvación universal mediante la predicación de su palabra y administración de sus sacramentos. Esto es lo que ya acontece en Las Alpujarras almerienses y en tantas otras de España y del extranjero, con probabilidades muy densas de que el problema de las vacaciones sacerdotales se agrave aun más.
También Consuelo- Sor Consuelo- no escatimó comentar lo inexplicable, rarísimo y sorprendente que le resultaba la tan repetida imagen que ofrecían los comulgantes quienes, después de recibir en sus manos o en su boca la Sagrada Forma, procesionaban hacia sus lugares respectivos del templo, con inequívocos signos de tristeza , como si la comunión -con Cristo y con los demás- entrañara la idea de desamparo, pena, pesadumbre y dolor divino y humano. A Consuelo y a mí nos pareció inmensamente pagano este gesto, fruto y consecuencia posibles de redacciones de manuales de catecismos ya periclitados, carentes de sentido y contenido evangélicos acerca del misterio salvador del Cuerpo y la Sangre de Cristo.