SE OLVIDÓ EL PADRENUESTRO

En los tiempos en los que nos encontramos y solo con situarnos a orillas de los medios de comunicación, se descubre que van siendo ya muchos quienes en la Iglesia y sus aledaños inspiran y organizan “banderas” de cruzadas en defensa de la institucionalidad religiosa “de toda la vida”, como la única y verdadera relación con Dios. La Iglesia es la que hasta ahora ha sido y es, -heredada de nuestros padres- “santa, perfecta e inmaculada”, en la que en esta vida y en la otra se premia a los buenos -ellos y solamente ellos-, y se castiga a los malos, que son -somos- todos los demás. “Dios está eternamente enojado” y poco o nada dispuesto al perdón.

Y para las ideas conciliares, más si estas son y se nos presentan “franciscanamente” y con fórmulas “sinodales” no valen otras soluciones que las propias o similares de las cruzadas, dado que, al igual que en ellas-con la cruz como distintivo- “se sirvió la Iglesia  para vencer a sus enemigos, salvar a la cristiandad y redimir a la civilización occidental”.

De la Iglesia -“sendero de comunión y diálogo”- nada de nada. Ni lo fue ni será. Jesús y los apóstoles no pensaron ni actuaron como el papa Francisco. Las frases más o menos indulgenciadas que les dedican a este papa, aún procedentes de dicasterios romanos y de sus responsables -o “ex” - supremos, llegan hasta a ser irreverentes con denodada e imbécil frecuencia.

La Iglesia sinodal -no hay otra- precisa de una nueva cruzada, pero en la que sus fundamentos, modos, prédicas testimonios de vida se basen en el evangelio. No valen las “santas” tradiciones de toda la vida, ya que muchas de ellas fueron impuestas al dictado de intereses propios, familiares o de grupos y siempre con el poder como referencia suprema , y no el servicio al prójimo , como fórmula veraz de adoración a la Divinidad.

Con los obispos que mayoritariamente todavía rigen –“tomas de posesión” y “entronización”- las iglesias diocesanas en España, no es posible contar en el planteamiento radical de la sinodalidad. Su nombramiento -que no elección- , o su rechazo o recusación, si procediere, explica su perennidad al frente de “sus” diócesis, con sacrosantas referencias simbólicas de fidelidad para sus respectivos y preciados anillos.

El Código de Derecho Canónico hoy vigente es óbice insalvable para facilitar y aún justificar, la “sinodalidad”. Sus recursos para superar tal contingencia son tanto o más válidos y consistentes que los que definen a los Códigos,, por civiles, militares o penales que sean. No pocos artículos canónicos “claves” son anti-evangélicos. El empeño “oficial” de que en los “currículos” de los episcopables no falten títulos universitarios en Derecho Canónico, contiene una buena dosis de fraude.

Para contribuir a que la Iglesia sea y ejerza de sinodal, la residencia episcopal no será jamás palaciega. Y no solo ni preferentemente por la solidez e inexpugnabilidad de sus muros, escaleras regias, estancias, salas de espera, horas de audiencia, capilla propia y el correspondiente aparato de siervos-siervas -acólitos y acólitas-…Son anti-sinodales de por sí, porque tales condiciones imprimen carácter y exigen y dan por supuestos y efectivos signos tales como las mitras, el báculo, el “NOS por la gracia de Dios” y el AMÉN por ser Vos quien sois”.

La terminología episcopal en Cartas Pastorales, prédicas, y homilías no hay quien la entienda. Ni las personas mayores y ni mucho menos, los jóvenes. Hoy el pueblo-pueblo en todos sus niveles no habla como los obispos. Ni de temas que les sean comunes, ni con palabras pertenecientes a los idiomas de las más recónditas tribus de la Amazonía.

Obispos y jóvenes -y aún mayores- no se entienden entre sí, por lo que la convivencia, la comunión, la sinodalidad y la misma Iglesia no podrá ser compartida por unos y otros. Los obispos hablan sistemáticamente en latín y discurren con mentalidad escolástica. Mirando a la pared, de espaldas al pueblo y ¡sea lo que Dios quiera¡

¿El futuro? Como este no sea el propiamente sinodal, la Iglesia no tiene futuro. Haber perdido aún el recuerdo del padrenuestro, o entenderlo al revés, es una de las más lamentables desgracias acaecidas en la historia de la Iglesia y de la humanidad.

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