POLÍTICOS INDIGNOS E IGNAROS

Sin generalizar, dado que toda generalización es injusta y por sí misma, carente de valor, pero tal y como se están poniendo las cosas y en fiel concordancia con el sentir y el consentir de los ciudadanos, a la clase política y, por tanto, a sus componentes, descalificaciones como las de “indignos” e “ignaros”, no han de extrañarles en demasía. Ricos en palabras certeras para cada tiempo, sector, actividades, comportamientos y silencios para quienes hasta democráticamente  fueron elegidos para ejercer  la función política, los diccionarios disponen de términos precisos, inteligibles y cargados de razón como para poner en su sitio a todos y a cada uno de quienes fueran en su día sus electores.

Bien es verdad que, por aquello de que entre las acepciones de “política”, además de “capacidad de servicio a la “polis”, se registra la de “treta , habilidad y astucia”, los mismos votantes no debieran sorprenderse ante tal comprobación, tanto personal como colectivamente, de la política, de los políticos y de sus acompañantes, por la elocuente razón de que “siempre , o casi siempre, fue así, y así habrá de seguir siendo”, para desgracia de todos.

Desde tan ponderada visión, reconozco que la descalificación de “indignos” e “ignaros”, es lo más compasiva y misericordiosa que les puede ser aplicada y, por tanto, no es de extrañar que sistemáticamente recurran a otras más contundentes, con el riesgo de verse obligados tener que afrontar aún procesos judiciales.

Los políticos -nuestros políticos- , más que servir “al” pueblo, se “del” pueblo para satisfacer los intereses personales y los de su grupo, de manera casi ilimitada y sin fronteras “divinas” o humanas. Privilegios y aún las mismas leyes, constitucionales o no, les sirven de coraza o peana para erigirse a sí mismos y a los suyos los monumentos que precisen, o puedan precisar, para asegurarles tiempos felices en esta vida y también en la otra. Si la misma Constitución, y aún los Mandamientos, disientan y acusan , contarán siempre con  intérpretes -hermeneutas- oficiales u oficiosos, disponibles, para canonizar-legalizar, lo hecho, o mandado hacer y, de paso, obligar al pueblo y a sus profetas, a callarse , o echarán sobre él “el peso de la ley” que será el que ellos quieran o crean disuasorio, en proporciones mayores.

Hay tiempos y ocasiones en la historia civil y eclesiástica en los que los comportamientos “normales” de los políticos, la política y los politicastros, pueden llegar a constituir, y constituyen, un riesgo muy serio para la democracia.

La política, de profesión, es una de las plagas más nocivas que puedan anidar en la sociedad, haciendo inviable cualquier convivencia. De esta plaga y de sus nefastas consecuencias, no se privan ni los más fervorosos adscritos a religiones que, como la “católica, apostólica y romana” y, en general, la cristiana, resulta ser la más numerosa, “civilizada” y civilizadora en el Occidente.. La mayoría de los dirigentes políticos fueron educados en colegios religiosos”, y “en conformidad con el evangelio y con sus principios”, al servicio del pueblo, con santa transparencia y sin corrupciones.

No me resigno a dejar sin transcribir un párrafo del libro “El momento es ahora”, de la monja benedictina ex priora, Joan Chittister:

 “El alma profética sigue los pasos de Jesús, que se enfrentó a los fariseos, acerca de las leyes que violaban las grandes tradiciones de la Torá. Jesús, se opuso al “corbán”, por ejemplo, ofrenda sagrada que servía para liberar a una generación más joven de cuidar de sus padres ancianos, siempre que hicieran donaciones al Templo. Una inteligente artimaña religiosa, que desafiaba el mandamiento “Honrarás a tu padre y a tu madre” y, a cambio, enriquecía los bolsillos de los dirigentes del Templo. Este tipo de lucha entre la Palabra de Dios y la hipocresía de quienes fingen ser justos -pero no lo son- ha sido la base de protestar populares durante siglos…”

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