Primero la Curia

In itinere: Antonio Aradillas
16 jun 2013 - 21:29

Ni es una frustración, ni menos, una pataleta. La experiencia y los años no permiten semejantes honores. Ni tampoco las afrentas. Además, ni las frustraciones ni las pataletas pueden calificarse de evangélicas, por mucha capacidad de interpretaciones de literalidad con las que se intente favorecer su lectura. El hecho es que la Curia romana, a lo largo de tiempos y de circunstancias muy favorecedoras, diversas y gravemente perjudiciales para la Iglesia, se constituye en vergonzoso contra-testimonio de la misión encomendada por Cristo Jesús.

. La Curia romana necesita ser renovada en profundidad, y de “de prisa y corriendo”. Aún más, tal y como siempre ha sido su comportamiento, por definición y burocracia, más acentuado, difundido y conocido en los últimos tiempos, es inexplicable que para el Papa Francisco, dotado de toda clase de prudencias, no haya sido ya el primer objetivo pastoral en afrontarla en su programa de resurrección –nueva redención- de la Iglesia.

. Cualquier colectivo, extra o para-eclesiástico, cuyo comportamiento de sus respectivos componentes, o miembros, hubiera tenido alguna similitud con el de la Curia, ya habría sufrido las consecuencias inherentes a penas canónicas de alta consideración y relieve. Es a todas luces inexplicable, también “de tejas abajo”, que la Curia romana llegara a haber sido imagen oficial de la Iglesia, poco, o tan poco, cristiana. Y conste además que tal diagnóstico no se concentra en el puñado de años recientes. Los pasados fueron idénticos, aunque con la connotación de que los medios de comunicación no facilitaron su difusión. Benditos sean estos medios, que ahora han hecho posible la divulgación, aún teniendo en cuenta exageraciones puntuales.

. Capítulos tales como los relacionados con operaciones bancarias, sentimientos o consentimientos, por activa o pasiva, de miembros de la jerarquía en relación con la “vida y milagros” de protagonistas en indomables “sexualerías”, hubieran conducido a otros colectivos a descalificaciones humanas y divinas, con sus respetivas condenaciones, en esferas canónicas y en las judiciales, con concordatos o sin concordatos.

. Pero tal situación no empece seguir escudriñando otros territorios de la administración de la Iglesia, como en el caso de los nombramientos de obispos, beatificaciones y canonizaciones, privilegios, “dignidades” y oficios, cuyo reparto es preferible no mencionar, aunque, en ocasiones nos quede al menos la duda de que su silencio pueda no ser edificante ante propios y extraños.

. Es posible que el aplazamiento de la renovación pontificia de la Curia romana llegue a ser la solución adecuada. Pero la promesa se hizo tan repetidas veces, y con tan reducida e ineficaz dimensión, es más posible que las cosas sigan como están en desprestigio de la Iglesia, y mucho peor cuando de alguna manera se invocan razones canónicas y hasta teológicas, sin primar las graves heridas como las que han afectado a valores sagrados y a personas tan crédulas y desprotegidas. Con tal heredad y patrimonio, es preferible, y de justicia, acabar de una vez con la institución curial, previa la “anatematización” de Congregaciones o Comisiones curiales y no de teólogos y pensadores disconformes con sus declaraciones oficiales, sin posibilidad de defensa, y ni siquiera, de diálogo. Claman al cielo los casos que, con nombres, apellidos y demás circunstancias, se registran, unos con constancia documental y otros, sin ella. Razones de caridad y justicia exigirían pública reparación para quienes fueron ”castigados” disciplinarmente a tener que abandonar sus ministerios, por ejemplo, el de la enseñanza, con grave deterioro para la misma imagen que tenían como cristianos, y con los correspondientes perjuicios aún económicos.

. Son tantos los capítulos curiales necesitados de crítica y revisión que, si no fuera lo más cómodo, habría que optar por ponerle el punto final a la institución. Hay laicos muy preparados, y de plena confianza, que atenderían multitud de funciones con precisión y espíritu cristiano, y sin faltarles la gracia de estado.

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