Santas Prostitutas

In itinere: Antonio Aradillas
28 sep 2012 - 21:07

Pecadoras y pecadores hay muchos. El listado de unas y otros es numeroso. En todos los tiempos y lugares los pecadores y las pecadoras ocuparon, y ocupan, cargos, ministerios, profesiones y funciones, en cuyo marco y contexto, a todos los niveles, vivimos y convivimos todos los mortales, sean o no cristianos. Huelga, no obstante, reseñar que el número de pecadores-pecadoras es parejo al de los santos y santas. Aún más, que el pecado, por pecado, hasta llega a convertir a muchos en santos. Son misteriosas e insondables las circunstancias, que de alguna manera, condujeron a algunos al pecado, del que difícilmente consiguieron escapar, obligados de por vida a portar la calificación oficial y social, y el sambenito religioso, de pecador o pecadora, públicos.

En esta ocasión, y por lo que se refiere a la mujer, resalto algunos de los grupos a los que definió el pecado, y en los que también la santidad puede ocultarse, y se oculta, además con el mérito añadido, y la comprensión divinal, de que por parte de la misma Iglesia vivieran condenados en esta vida y también en la otra.

. Según tiempos, categorías, emolumentos o retribuciones, son conocidas como mozas del partido, meretrices, rameras, mujeres públicas, o simplemente, como prostitutas. Los caminos que recorrieron para dedicarse a tal “profesión u oficio”, del que se dice que es el más antiguo de la humanidad, fueron de índole diversa, unos de tipo general, y otros muy particulares, y hasta coyunturales. Si accedieron al mismo, continuaron en él, lo hicieron con la conciencia de que se dedicación es tan digna como podrían serlo las de cualquier otra persona, compañero, compañera o amiga, soltera y también casada.

El solo hecho de sentirse humillada, objeto vulgar de compraventa y de servidumbre machista,- a veces por “hombres hechos y derechos”, con “buena fama, y hasta religiosos”-, ellas sin apenas libertad, infravaloradas sus virtudes y aptitudes propias de las personas, por personas, sometidas a trampas y chanchullos, y proxenetas de turno, convierten sus vidas en aterrador y horripilante infierno, en el que la esperanza de salir de él solo se entreabre cuando tengan que hacerlo por razones de enfermedad, o por la muerte, no pocas veces tan deseada por ellas.

¿Son o no santas , y aún canonizables, cuantas mujeres viven las circunstancias como las anteriormente apuntadas, y las que no fue el vicio, sino la “necesidad “, bajo alguna de sus formas, lo que en realidad las hizo caer en sus redes? Aunque hubiera sido el vicio su única motivación ¿acaso la religión cristiana ha de seguir condenándolas y discriminándolas a perpetuidad, aún el caso de que sus procedimientos pastorales jamás las hubiera tenido presentes, si no era para sobrecargar en sus hombros los pecados de los hombres? ¿Qué ejemplos de vida pudieron percibir estas mujeres, pecadoras por antonomasia, cuando se vieron obligadas a “prestar sus servicios” a hombres conocidos por ellas mismas, como “de orden”, con responsabilidades político- sociales, profesionales de “reconocida solvencia y fama”, “ejemplos” de esposos y padres de familia y pertenecientes o inscritos en estamentos u organizaciones “religiosas”?

¿Es cristiano y humano dictar una y otra sentencia de “pecadora pública”, con su discriminación correspondiente, a las que a veces hasta se les pagó con dinero público, familiar o social? ¿Cómo y por qué no llegó hasta los cubiles en los que ejercen su oficio una palabra de redención y de vida, que les hiciera pensar y cambiar de rumbo? ¿Cómo y por qué no se empeñaron los cristianos, y los agentes de la religión, en salvarlas con soluciones prácticas, con inclusión de trabajos dignos de los seres humanos? ¿Por qué, y hasta cuando, han de sobrellevar el indignante epíteto de “prostitutas”, cuando son lo que son, precisamente porque hombres honorables” –pero no tanto- son tan “prostitutos”, o más, que ellas, y son quienes las definen, y las hacen ser de esta manera, exigiendo la continuidad de este “oficio” por los siglos de lo siglos?

La respuesta, lógica y satisfactoria, a cualquiera de estas preguntas, probablemente les facilitaría a la mayoría de estas mujeres, racimos de esperanza y de luz en la verdad de la religión, a la que les sobran tantos hipócritas, santurrones y farsantes. En el mismo evangelio se relatan escenas y estremecedoras, estampas del comportamiento de Cristo Jesús con las prostitutas. La seguridad de que ellas, precisamente ellas, adelantarán a muchos en el “Reino de los Cielos”,¡ Santa María Magdalena, ruega por ellas y por todos nosotros, Amén¡

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