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Los santos, ¿negocio santo?

In itinere: Antonio Aradillas
11 jun 2010 - 10:10

Tal y como se están poniendo hoy las cosas, y por lo que respecta a canonizaciones y beatificaciones, no es que nos hagan mucha falta los santos… Los que por su cuenta canoniza el Pueblo de Dios, sin los estatuidos procesos oficiales, con los que familiar o socialmente comparte sus vidas y admira y procura seguir sus ejemplos y a los que se encomienda, o los encomiendan, antes y después de sus muertes, cumplen a la perfección la tarea complementaria de prestarnos su ayuda sobrenatural por la gracia de Dios.

. Pero, de todas maneras, y por ahora, los procesos canónicamente establecidos habrán de ser las fórmulas habituales de las que se servirá la Iglesia para presentarnos intercesores ante Dios y ejemplos de comportamiento cristiano. Por muy sobrenaturales y exigentes que pretendan ser y sean tales procedimientos, jamás a los cristianos les podrá estar vedado pensar acerca de ellos y exponer datos y circunstancias que les resultan extrañas, a veces que trazuman y provocan arqueos de escándalos y cuyos contenidos de ejemplaridad no siempre ni mucho menos se presentan con transparencia y nitidez y a la vista de todos, incluidos los poco o nada formados en estas materias, que son la mayoría.

. Y lo primero que a esta mayoría más les sobrecoge, les asombra y les desconcierta es la cantidad de dinero de la que hay que disponer para que sus potenciales santos puedan escalar “el honor de los altares”. Las explicaciones oficiales que aportan los responsables de estas gestiones canónicas, y aunque matemáticamente las cuentas son siempre las cuentas, y ya está, no siempre son concluyentes como para que pueda y deba desterrarse la idea de que a los ricos les están reservadas, por el hecho de serlo, y para ser invocados como santos, facilidades mayores que a los pobres, que hasta en el listado oficial de la Iglesia han de estar discriminados. La historia antigua y moderna de la Iglesia ofrece casos no ciertamente edificantes.

. Otra consideración tan elemental como la anterior es la de que, si hay que contar con el dinero en beatas, santas y generosas proporciones para hacer pública y oficial la categoría de santo/a, se hace indispensable dedicarle a este capítulo atención especial en la iniciación y seguimiento del correspondiente proceso canónico. En el mismo se hacen cabales estudios de la “vida y milagros” del protagonista aspirante a ser merecedor de culto público en la Iglesia universal. Consta que el examen en la Sagrada Congregación de Ritos es riguroso y en el mismo “los postuladores de las causas” y los “abogados del diablo” intervienen con pulcritud canónica y, aunque ningún dogma de fe pueda correr riesgo de quebrantarse a consecuencia de fallos en las investigaciones, los resultados y las conclusiones suelen ser fiables.

. Pero es precisamente aquí donde en la actualidad el Pueblo de Dios siente la necesidad de advertir que, a tantas y tan exhaustivas investigaciones les falta una de relevancia especial. Su formulación no es otra que la de una auditoría exigente, documentada y veraz mediante la cual se llegara al convencimiento de que ni antes ni después de la muerte, el aspirante a santo/a se convirtió también en fuente de ingresos-riquezas para la Congregación, la Orden o la Cofradía que gestiona, subvenciona y abona los gastos del proceso y sus anejos. Sólo el riesgo o la apariencia de que un santo sea, o lo conviertan, en fuente de ingresos “extra”, es un anti-testimonio eclesial merecedor de censura y reproche. Santo y hontanar-manantial de dinero no matrimonian sacramento alguno. El santo por santo, jamás será negocio en la Iglesia universal, ni tampoco en iglesias, capillas, santuarios o ermitas, aunque sus administradores encuentren razones y argumentos piadosos, pero que no hayan sido antes y con rigor auditados. Con dinero, o por dinero, no es cristiano facilitar el acceso a las páginas del Año Cristiano. La falta de constatación de virtudes y milagros en grado eminente, que hacen santos a los santos, sería más perdonable que la inexistencia de una auditoría que contribuyera a dejar claras las cosas relacionadas con las “causas de los santos”.

. Las Congregaciones religiosas, en su pluralidad de acepciones canónicas, habrán de revisar la rentabilidad pecuniaria de sus santos y, al margen de ella, fomentar la devoción a los “siervos/ as/ de Dios”que de alguna manera también son su patrimonio. Pero que conste que patrimonializar con módulos y tablas de economía a los santos, aporta a sus ejecutores títulos de profanadores y, en ocasiones, hasta de sacrílegos. Negocio, productividad, filón, provecho, carrera, profesión, valor, rentabilidad, ganga y otros términos de la asignatura relacionada con la economía no rimarán canónicamente con “santo/a” en los calendarios, no siempre dignos de apellidarse “franciscanos, jesuitas, agustinos, del Opus, cordimarianos” “et sic de coeteris”, como homenaje y recordación a la ex-litúrgica lengua del Lacio”.

La segura e inquebrantable aplicación a obras de culto, de caridad o de religión de tan ferviente y ubérrimo “capital” difícilmente justificaría en plenitud los procedimientos referidos.

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