La visita del Papa (I)

El escueto anuncio de la próxima venida del Papa a España está suscitando reacciones merecedoras todas ellas de reflexión y de comentarios, sobre todo después de haberse adelantado la publicación de un listado de firmas de personas conocidas que la avalan, la enaltecen y aplauden con generosidad y pleitesía. Mi intento y propósito se reducen a subrayar algunas sugerencias que pudieran favorecer el bien de la Iglesia y de la comunidad civil con ocasión de esta visita en equilibrado y pacificador beneficio del pueblo.

. Es de urgencia absoluta que la Jerarquía eclesiástica adoctrine e ilustre al pueblo acerca de los fines e intenciones que justifican y explican y, en última instancia, se propone esta visita. La peregrinación con ocasión del Año Santo Compostelano y la consagración del templo de la Sagrada Familia en Barcelona son tan sólo unas circunstancias, cuya noticia no podrá jamás satisfacer a cristianos y a ciudadanos adultos. Precisamente tal condición demanda otro tipo de explicaciones. El Papa, por Papa, no precisa de la “Perdonanza”, aunque a nadie le vienen mal las indulgencias, y ni Gaudí necesita de la pontifical consagración de su templo, aun cuando ésta implicara la beatificación oficial de tan humilde y santo arquitecto, que con gran sentido eclesial de anticipación ha sido ya canonizado por ese mismo pueblo.

. Con el glorioso adelanto de las firmas y adhesiones da la impresión de que absurda e ingenuamente se ha pretendido provocar a los “otros” a que multipliquen por dos, por tres o por más la nómina y la retahíla de firmas en contra de la referida visita. La razón, aún la más simple y aséptica para su calificación, aprecio o menosprecio, puede partir y partirá del hecho de que si el Papa nos visita como Jefe de un Estado cuyo censo es de no más de 1.500 habitantes, la mayoría varones y además célibes, o de Pastor Supremo de la Iglesia católica con millones de fieles y adeptos.

. La distinción de una u otra condición, actividad y ministerio u oficio, resulta extremadamente difícil en la práctica y, por tanto, de por sí misma proclive a la discusión y al conflicto, si éste es de alguna manera apetecido, o no radicalmente excluido por alguna de las partes. Salta a la vista además que, aun cuando los fines o intenciones fueran incuestionablemente religiosos y sobrenaturales, los riesgos de traspasar la raya, o de estimar que ésta haya sido rebasada, siempre estarán bien servidos.

. Tal dificultad, sazonada con otros elementos, preludian un cúmulo de intranquilidades e interpretaciones imprecisas a favor o en contra, siempre fervorosas o fervientes en una u otra dirección, que a la hora del examen y recuento de los beneficios y perjuicios sustantivos, no pocos, desde perspectivas distintas, hubieran preferido no ejerciera su vocación peregrina en España en los tiempos que corren.

. Estoy convencido de que para cuantos interrogantes les suscite al pueblo la visita del Papa, sus jerarcas han de disponer de las respuestas justas y adecuadas y, a ser posible, convincentemente cristianas y cívicas. Tales interrogantes los inspirarán los gastos, las vanidades, actitudes triunfantes, representaciones políticas, el incienso, la liturgia, los comportamientos diplomáticos, la administración de los silencios en los discursos de una parte y de otra, la carencia de signos de humildad protocolizados de siempre por Cristo Jesús…

. Quiero estar convencido de que por encima de todo quedará bien patente que la visita del Papa en España se programó y llevó a cabo con el primordial propósito de consolidar la unidad y el diálogo –común unión- entre los españoles, acogidos a la sombra de unas siglas políticas u otras y, por supuesto, a todas las fórmulas religiosas.

De idéntico índice de convencimiento quiero ser poseedor en orden a comprobar en el Papa y en su cortejo la existencia de un nutrido séquito y acompañamiento de elementos de pobreza, humildad, sencillez, espiritualidad, modestia, valentía, sentido de la oportunidad, naturalidad…, con explícito y contundente rechazo de oropeles, de palabras hueras y suntuosas y de nubes de incienso…

. Pido fervorosamente a Dios que el Papa y su visita jamás sean acaparadas por los miembros de ninguna asociación, o corriente de opinión, dentro de la Iglesia por muy “religiosas” que sean sus siglas y atuendos. El Papa-Papa es de todos en evangélica proporción a como es de sí mismo, es decir, de Aquel a quien representa. El monopolio del Papa y de su visita pervertiría y profanaría sus fines más básicos y avalaría el temor de no pocos de que hubiera sido preferible no venir, dado que los tiempos en la Iglesia y fuera de ella no parecen proclives a esta clase de eventos, y ostentaciones, con especial y esotérico protagonismo para el “Papamóvil”, artefacto del que creo debiera prescindir en España por sus remembranzas a la “silla gestatoria” y por la posibilidad de que en castizo le sea aplicado el término de “horterada”.
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