Alí: incluso uno solo de estos pequeños
"Quizá la pregunta de este 27 de septiembre, Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado, pueda ser tan sencilla como incómoda: ¿quién es mi uno? ¿Hay algún menor, alguna familia, algún joven recién llegado a nuestro barrio al que podamos acompañar? ¿Podemos hacer algo concreto para que deje de ser simplemente «uno de los menores migrantes» y llegue a sentirse, poco a poco, alguien entre nosotros?"
Hay momentos en los que una palabra del Evangelio parece escrita para la realidad que tenemos delante. «Incluso uno solo de estos pequeños». Este es el lema de la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. Podría parecer demasiado pequeño para una realidad tan grande como la de las migraciones. Uno solo frente a miles; un rostro frente a las estadísticas; una historia frente a la complejidad de las fronteras, las guerras, la pobreza y las políticas migratorias. Y, sin embargo, quizá precisamente ahí esté la fuerza de la propuesta: en recordarnos que las grandes cifras no pueden hacernos perder de vista a la persona concreta.
Este año los obispos españoles, siguiendo el mensaje del papa León XIV, ponen especialmente la mirada en los menores migrantes y refugiados. No es una cuestión abstracta. Basta mirar hacia Ceuta. Desde la entrada masiva de finales de julio, la ciudad autónoma se ha convertido en un enorme espejo de nuestras dificultades para acoger. Más de 2.300 menores han sido identificados y, según los últimos datos comunicados por el Gobierno, entre 500 y 700 siguen viviendo en la calle. Hay familias con niños atrapadas además en un limbo que no encaja bien ni en los recursos destinados a adultos ni en los centros para menores.
Y entonces aparece Alí. No como una cifra, sino como un niño. Alí tiene ocho años. Llegó a Ceuta con sus padres y su hermano pequeño el pasado 30 de julio. En septiembre recibió un disparo de perdigones en la cabeza, cerca de un ojo, y tuvo que recibir siete puntos de sutura. Ahora sigue con su familia en el asentamiento del Tarajal, donde llevan más de cincuenta días durmiendo en una tienda de campaña. A su alrededor están las grandes palabras de la política migratoria, los procedimientos administrativos, las competencias de las instituciones, las discusiones sobre fronteras y los desacuerdos entre gobiernos. Pero Alí no es ninguna de esas cosas. Alí es un niño que necesita protección. Su historia, precisamente por ser una sola, nos obliga a mirar de otra manera.
Quizá eso sea lo que el mensaje de los obispos pretende provocar: que dejemos por un momento de mirar la migración desde la altura de las cifras y descendamos hasta la altura de los ojos. Porque cuando hablamos de «los migrantes» podemos terminar hablando de miles de personas sin estar viendo realmente a ninguna. Una estadística nos ayuda a comprender una realidad; un rostro nos obliga a preguntarnos qué hacemos ante ella.
Un menor no debería tener que demostrar su utilidad para merecer protección. No debería necesitar un buen expediente, una historia suficientemente dramática o unas expectativas de éxito para que reconozcamos su dignidad
La cuestión adquiere todavía más profundidad cuando hablamos de niños. Un menor no debería tener que demostrar su utilidad para merecer protección. No debería necesitar un buen expediente, una historia suficientemente dramática o unas expectativas de éxito para que reconozcamos su dignidad. Para el cristiano, la razón es todavía más profunda: Cristo se identifica precisamente con el pequeño, con el vulnerable, con quien necesita ser recibido. «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí». Para quien no comparte la fe, puede cambiar el fundamento, pero no necesariamente la conclusión: un niño conserva su dignidad y sus derechos cualquiera que sea su origen.
Por eso quizá esta Jornada debería dejarnos una pregunta mucho más concreta de lo habitual. No solamente qué pensamos sobre la inmigración. No solamente qué deberían hacer los gobiernos, aunque esa sea una cuestión legítima y necesaria. La pregunta podría ser: ¿hay uno al que yo pueda acoger?
No se trata de pensar que uno puede resolver el problema de todos. Sería ingenuo. Tampoco de convertir la generosidad privada en sustituto de las obligaciones de las instituciones. Al contrario: la situación de Ceuta demuestra hasta qué punto hacen falta estructuras, recursos, coordinación entre administraciones y procedimientos capaces de proteger a los menores y ofrecerles un futuro. La acogida necesita organización, financiación y responsabilidad pública.
Pero hay algo que ninguna estructura puede hacer por nosotros: mirar a una persona y reconocerla como persona.
Una administración puede conseguir una plaza escolar; una familia puede conseguir que ese niño tenga un lugar donde dormir. Una institución puede garantizar una prestación; un voluntario puede enseñarle cómo funciona el autobús o acompañarle al médico. Una política puede distribuir responsabilidades; una parroquia puede ofrecer una mesa, un grupo de amigos y un lugar donde alguien deje de sentirse completamente solo.
Ahí aparece la palabra «uno». Porque acoger a uno no significa desentenderse de los demás. Significa empezar por uno para aprender a mirar a todos. Quizá sea más fácil hablar de miles que acercarse a uno. Los miles nos permiten sentir compasión a distancia; uno solo nos pregunta por nuestro tiempo, nuestra comodidad, nuestra capacidad de abrir una puerta.
A veces, acoger comienza de una manera casi insignificante: aprender un nombre, ayudar con los deberes, invitar a comer, acompañar a hacer una gestión, presentarle a otros jóvenes, preguntarle cómo le fue el examen, escuchar sin prisa la historia de su familia
Y no hace falta imaginar gestos heroicos. A veces, acoger comienza de una manera casi insignificante: aprender un nombre, ayudar con los deberes, invitar a comer, acompañar a hacer una gestión, presentarle a otros jóvenes, preguntarle cómo le fue el examen, escuchar sin prisa la historia de su familia. Son gestos que parecen pequeños porque nosotros los hacemos desde una vida segura. Pero para quien acaba de llegar pueden ser como una luz encendida en una casa desconocida.
Esto debería interpelarnos especialmente a los cristianos. Nuestra tradición está llena de llamadas a acoger al extranjero y a reconocer en el vulnerable el rostro de Cristo. No podemos convertir esa enseñanza en una hermosa teoría mientras los rostros concretos pasan delante de nosotros sin que levantemos la mirada. Pero la llamada tampoco pertenece exclusivamente a los creyentes. Quien no tiene fe puede encontrar la misma exigencia desde la conciencia, desde la dignidad humana o desde una sencilla convicción: ningún niño debería pagar con su infancia las circunstancias en las que le ha tocado nacer.
Por eso la acogida personal y la acción colectiva no son caminos enfrentados. Se necesitan. Hace falta que las instituciones hagan su parte, que las comunidades autónomas compartan responsabilidades, que existan recursos adecuados y que los menores estén protegidos. Pero hace falta también una sociedad capaz de no delegarlo todo en las instituciones. Porque podemos construir magníficos sistemas de acogida y seguir viviendo completamente de espaldas a quienes esos sistemas protegen.
Quizá la pregunta de este 27 de septiembre pueda ser tan sencilla como incómoda: ¿quién es mi uno? ¿Hay algún menor, alguna familia, algún joven recién llegado a nuestro barrio al que podamos acompañar? ¿Podemos hacer algo concreto para que deje de ser simplemente «uno de los menores migrantes» y llegue a sentirse, poco a poco, alguien entre nosotros?
No para conformarnos con uno. Precisamente para descubrir que detrás de cada número hay uno. Y que detrás de ese uno hay una historia, unos padres, unos miedos, unos sueños y un futuro que todavía está por escribir.
Ceuta nos está poniendo delante una realidad que ya no podemos contemplar desde lejos. Entre tiendas de campaña, centros de acogida, expedientes y traslados hay niños que esperan. Algunos llevan semanas esperando. Y mientras discutimos cómo resolver una cuestión enorme, quizá el Evangelio nos recuerde algo mucho más sencillo: que ninguna solución colectiva debería hacernos olvidar al pequeño que tenemos delante.
Porque una sociedad comienza a cambiar cuando dejamos de decir «los migrantes» y empezamos a conocer nombres. Es decir cuando el problema adquiere un rostro. Cuando la cifra se convierte en una persona. Cuando uno deja de ser «uno de ellos» y empieza a ser, sencillamente, uno de nosotros.
«Incluso uno solo de estos pequeños». Quizá no sea una invitación a hacer poco. Quizá sea la manera más exigente de recordarnos que, si queremos aprender a acoger a todos, tendremos que empezar alguna vez por mirar de verdad a uno.
“Alí, pongamos por caso” .
