Modesto comentario de una identidad que no se borra
Bad Bunny: Cuando el imperio escuchó en español
Modesto comentario de una identidad que no se borra
Hubo un instante —trece minutos y algo más— en que el imperio escuchó en otra lengua. En el estadio Levi’s, en California, mientras el mundo miraba la final de la Super Bowl, un hijo del Caribe cantó en español de Puerto Rico sin pedir permiso. Y no pidió perdón por hacerlo .
Bad Bunny —Benito Antonio Martínez Ocasio— no solo ofreció un espectáculo en el intermedio del mayor rito civil de Estados Unidos; abrió una grieta luminosa en la conversación de un país que a veces confunde América con su propio espejo. Cantó en la lengua que aprendió de su madre, en el acento húmedo de las Antillas, con palabras que huelen a barrio, a playa, a resistencia. Y lo hizo ante millones.
Algunos se incomodaron. Otros celebraron. El debate fue inmediato. Trump habló de “aberración”. Hubo quien quiso cambiar de canal. Pero la música —esa extranjera sin papeles que atraviesa muros— ya había entrado en las casas, en los teléfonos, en las gargantas. Y allí donde la política levanta fronteras, el ritmo levantó banderas con un mismo idioma. Tan respetable como cualquier otro, escaso o numeroso. No más, pero tampoco menos
La identidad no se alquila, se defiende
Porque Puerto Rico existe. Existe con sus tres millones en la isla y con los millones que caminan por el continente, entre Nueva York y Orlando, entre Chicago y Houston. Existe con su propio español vivo, mestizo, creador. Existe aunque su voz en el Congreso sea una sombra sin voto. Y cuando Benito decidió suspender su gira por Estados Unidos para cantar treinta y una noches seguidas en su tierra, no estaba solo organizando conciertos: estaba recordando que la identidad no se alquila. Que se defiende.
Hay un cuento mínimo de un emigrante en la aduana que lo explica mejor que mil tratados. “—¿Olvida usted algo? —Ojalá.” El migrante no olvida. No puede. La identidad se le pega a la espalda como mochila de caminante. Puede cruzar mares, quemar las huellas, cambiar de nombre; pero lo que le constituye viaja con él. El emigrante no solo cambia de geografía: cambia de piel, sin dejar de ser el mismo. Vive en esa frontera interior donde ya no es del todo de allí, pero tampoco de aquí.
Eso le ocurre al puertorriqueño que aterriza en el Bronx con la música de su infancia latiendo en los auriculares. Eso le ocurre al que trabaja en silencio mientras aprende a pronunciar la “r” como le dicen que debe pronunciarla. Eso le ocurre al que siente que su acento es sospechoso. Y sin embargo, sigue. Porque la identidad no es una trinchera; es un puente.
El español de la calle. No el castellano marmóreo, sino el que baila. El que se mezcla. El que se arriesga
La Academia Puertorriqueña de la Lengua Española lo ha reconocido oficialmente: la obra de Benito ha difundido el español por el mundo y ha dignificado las hablas populares, urbanas, jóvenes, híbridas. No solo el español de la Academia que cumple su impagable labor de guardarlo, fijarlo y darle esplendor, sino también el español de la calle. No el castellano marmóreo, sino el que baila. El que se mezcla. El que se arriesga.
En un país cuya Constitución no consagra lengua oficial, pero donde el inglés se impone como atmósfera, escuchar un espectáculo completo en español en la Super Bowl fue algo más que un gesto artístico. Fue una pregunta lanzada al aire: ¿quién decide qué idioma merece el centro del escenario? ¿Quién determina qué cultura es “americana”?
La diversidad —lo dijo Amin Maalouf— no es una bendición ni una maldición. Es una realidad. Lo decisivo es cómo vivir juntos. Cómo convertir la diferencia en riqueza y no en sospecha. Y en ese sentido, el fenómeno Bad Bunny no es solo musical: es simbólico. Representa a una generación que no quiere elegir entre raíces y futuro. Que no desea borrarse las huellas para sobrevivir. Que sabe que la mezcla no es traición, sino destino.
Recuerdo que al visitar el cementerio de Tarifa me encontré con tumbas sin nombre. Migrantes que nadie reclamó. Identidades perdidas en el mar. Allí la diversidad no es espectáculo, sino tragedia. Allí la pregunta no es qué idioma se canta, sino quién pronuncia el nombre del muerto. Y sin embargo, también allí late lo que Jon Sobrino llamó “santidad primordial”: la dignidad irreductible de quien resiste.
Entre esas tumbas anónimas y el estadio iluminado hay un hilo invisible. Es el hilo de la dignidad. El que une al que cruza en patera con el que sube a un escenario global sin renunciar a su lengua. Ambos, a su modo, están diciendo: existo. No soy algo; soy alguien.
Cuando Rafael Cadenas recordó las palabras de don Quijote sobre la libertad —ese don precioso que no igualan los tesoros de la tierra ni del mar— estaba hablando también de esto. De la libertad de cantar en tu idioma. De la libertad de no esconder tu acento. De la libertad de no pedir disculpas por tus raíces.
Muchos migrantes viven durante años en una integración incompleta. Trabajan, pagan impuestos, educan a sus hijos; pero sienten que siempre deben demostrar algo. Que su pertenencia es provisional. Que la patria es una pregunta. Tal vez por eso el gesto de cantar en español de Puerto Rico ante 128 millones de espectadores fue leído por tantos como una reivindicación colectiva. No se trataba solo de un artista; era una comunidad entera la que subía al escenario.
El espectáculo terminó. Las luces se apagaron. El debate continúa. Pero algo ha cambiado. Una interrogación se ha instalado en la conversación pública. América ya no puede mirarse sin ver también sus otros rostros. Los de piel morena, los de acento caribeño, los de memoria mestiza.
Reconozco la inmensa belleza de la lengua española, hablada en Castilla , pulida , hablada y/o bien escrita. Me emociona y la intento cultivar . Pero también respeto a las lenguas que se rozan sin anularse. A jóvenes que bailan reguetón en español mientras sueñan en inglés y aman en spanglish
Quizá el futuro no pertenezca a identidades puras, sino a identidades entrelazadas. A ciudadanos que llevan más de una bandera en el corazón. Reconozco la inmensa belleza de la lengua española, hablada en Castilla , pulida , hablada y/o bien escrita. Me emociona y la intento cultivar . Pero también respeto a las lenguas que se rozan sin anularse. A jóvenes que bailan reguetón en español mientras sueñan en inglés y aman en spanglish.
El migrante no olvida. El artista tampoco. Y cuando ambos se encuentran —cuando la biografía herida se convierte en canción— nace algo que desarma prejuicios. La música no resuelve las injusticias coloniales ni cambia las leyes migratorias. Pero puede hacer visible lo que estaba oculto. Puede nombrar lo que era innombrado. Puede recordarnos que la identidad no es un muro, sino una historia compartida.
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